Ciudad de México, junio 21, 2026 08:41
Insólito Vestigios

El búnker del “Vampiro de la Roma”: realidad de un refugio atómico

Bajo el concreto de la avenida Álvaro Obregón, en la colonia Roma norte, sobrevive una estructura única en la capital: el refugio antiaéreo construido por un ingeniero húngaro que temía el fin del mundo.

STAFF / LIBRE EN EL SUR

En el número 114 de la avenida Álvaro Obregón, en el corazón de la colonia Roma Norte, se alza un edificio que resguarda una de las piezas de arqueología urbana más extrañas y menos comprendidas de la Ciudad de México.

No se trata de una leyenda urbana ni de una invención de café: en sus cimientos existe un búnker diseñado originalmente para resistir un ataque nuclear o bombardeos aéreos de gran escala, construido en el año de 1942 por el ingeniero de origen húngaro Ladislao Vadas.

Vadas, un hombre cuya biografía está marcada por la huida y el exilio, llegó a México escapando de la creciente inestabilidad y el horror que se gestaba en Europa antes del estallido formal de la Segunda Guerra Mundial.

Al establecerse en la capital mexicana, volcó toda su paranoia, sus conocimientos técnicos y una fortuna considerable en la cimentación de su propia residencia. El refugio no fue una adición posterior, sino el núcleo sobre el cual se proyectó toda la edificación.

El búnker fue construido con muros de concreto armado de un grosor que desafiaba cualquier norma constructiva de la época en la zona. Mientras que los edificios vecinos se conformaban con cimentaciones estándar, la propiedad de Vadas contaba con una losa de cimentación y paredes reforzadas con acero de alta resistencia, capaces de soportar el colapso total de la estructura superior sin que el refugio sufriera fisuras.

Además, el ingeniero mandó instalar un sistema de filtración de aire de tecnología suiza, el cual estaba diseñado para neutralizar gases tóxicos y evitar el paso de partículas radiactivas en caso de una deflagración atómica.

El mito del “Vampiro de la Roma” nació y creció entre los vecinos de la antigua avenida Jalisco —hoy Álvaro Obregón— debido a las peculiares costumbres de su propietario. Ladislao Vadas sufría de una severa condición de fotofobia, una sensibilidad extrema a la luz solar que lo obligaba a permanecer recluido durante las horas del día.

Los trabajadores que participaron en la titánica obra y los empleados domésticos que pasaron por la casa alimentaron las crónicas locales con relatos sobre puertas herméticas de acero, pesadas y ruidosas, similares a las de un submarino o una bóveda bancaria.

Los pasillos subterráneos que conectaban las distintas áreas del sótano, junto con la ausencia total de ventanas en el nivel inferior, cimentaron la fantasía popular de que en aquel sitio se realizaban ritos oscuros o actividades fuera de la ley.

Sin embargo, el rigor de la investigación histórica muestra un motivo mucho más humano y pragmático: el miedo absoluto. Vadas vivía bajo la convicción de que la guerra alcanzaría inevitablemente el suelo mexicano y que la neutralidad del país no sería garantía suficiente para proteger a su familia.

El interior del refugio era una réplica funcional de una vivienda de superficie, pero blindada. Incluía dormitorios con sistemas de ventilación independientes, una cocina equipada con despensas para almacenamiento de larga duración y una vasta biblioteca que servía como centro de control y estudio para el ingeniero.

A diferencia de otros sótanos o cavas de la zona, este espacio fue concebido como una unidad de supervivencia autónoma, contando incluso con su propio generador eléctrico de combustión interna y depósitos de agua potable sellados al vacío.

Tras la muerte de Vadas a finales de la década de los 60, el inmueble pasó por diversas etapas de abandono y cambios de uso. Durante los años 70 y 80, fue sede de grupos de estudios gnósticos y esotéricos, quienes aprovecharon la atmósfera hermética y aislada del búnker para sus sesiones, lo que contribuyó a mantener viva la mística y el misterio sobre el lugar. En la actualidad, aunque el edificio ha sido remodelado en sus niveles superiores para albergar locales comerciales y oficinas de diseño, la estructura base del búnker permanece intacta, aunque el acceso es sumamente restringido por razones de seguridad estructural y por ser propiedad privada.

El búnker de Ladislao Vadas no es solo una curiosidad inmobiliaria en una de las colonias más cotizadas de la capital; es el testimonio material y tangible de la angustia existencial que marcó a la generación de la posguerra. Representa una de las poquísimas estructuras de defensa civil privada que quedan en pie en la Ciudad de México, recordándonos que la colonia Roma, detrás de su fachada de elegancia y modernidad, guarda rincones diseñados específicamente para el aislamiento, el silencio y la supervivencia ante el fin de la civilización.

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