Ciudad de México, septiembre 1, 2026 11:02
Revista Digital Septiembre 2026

SALDOS Y NOVEDADES/ Turismo de emergencia

“No se trata de presumir. Todo lo hicimos porque lo quisimos. Fueron viajes prácticamente íntimos…”

POR GERARDO GALARZA

¿Alguien conoce la Puerta de Madrid?

Sí, la de Madrid, no la de Alcalá, mundialmente conocida por la canción de Ana Belén y Víctor Manuel. Pues yo sí, gracias a la terquedad de la Sonia Elizabet Morales, mi –sí de mi propiedad– mujer, por los asuntos culturales.

Creo que fue la primera vez que estuvimos juntos en España. Y así como era, de repente dijo: vamos a Alcalá de Henares. Y… ¿a qué chingaos vamos? Ahí está –respondió molesta— la universidad que otorga el Premio Cervantes y la quiero conocer. Ah, vale.

Nos trepamos al tren de Cercanías y ahí vamos. Y sí, visitamos la universidad y la población, ambas hermosas, y a la hora de la comida pensamos que era mejor hacerlo ahí que regresar a Madrid. Preguntamos y fuimos al restaurante recomendado, que estaba a unos metros de la Puerta de Madrid.

Un amable mesero nos explicó, –luego de haber consumido una botella ¿o dos? de Marqués de Cáceres, mucho más barato que en la Ciudad de México– que aquella era la contraparte de la Puerta de Alcalá en Madrid. Es decir, de esa puerta salían y en la otra llegaban o viceversa; las dos puntas del camino. Y claro, salimos conocer la Puerta de Madrid en Alcalá de Henares; no, no supimos componerle una canción.

Debo decir de entrada que hay muchos lugares, ciudades, museos, ríos, puentes, barrios, calles y demás que me he quedado con las ganas, y todavía las tengo, de conocer. Confío que haya tiempo y dinero para hacerlo.

Uno de los privilegios de la vida de reportero es la posibilidad de conocer muchos lugares en una ciudad o un país cualquiera… en la calidad de enviado especial. Y Sonia y este escribidor tuvimos ese privilegio.

Claro, siempre vas a trabajar, pero confieso que en los tiempos muertos aprovechaba para conocer, aunque fuera corriendo, un museo, una plaza, una iglesia, una universidad (puedo presumir que soy “egresado” tanto de las Stanford como de Berkeley; es más entré y salí dos veces de ambas), un monumento, una estatua, una calle, un bar… algo así como turismo de emergencia.

Y eso también lo hacia mi Sonia Elizabet y al regresar nos lo contábamos y prometíamos viajar juntos para que cada uno mostrara lo que había visto o la playa disfrutada, aunque haya sido por unos cuantos minutos.

No pudimos ir a todos esos lugares, cierto. Pero, juntos fuimos al Museo Británico, a Buckingham, la Torre de Londres, a algún pub a emborracharnos; ella me descubrió París y su Louvre, Notre Dame, el Museo de Orsay,  y el Palacio de Versalles;  juntos recorrimos Madrid, el País Vasco, Pamplona en plenos San Fermines, Buenos Aires, San Francisco, Córdoba y su catedral-mezquita, Segovia, Toledo, Lisboa de la mano de Pessoa y el Pereira de Tabucchi, La Habana, Niágara, Ottawa y Toronto… siempre aprovechando cualquier minuto (creo ninguno de nuestros viajes pagados por nosotros duró más de una semana), y estirando la última moneda.

Hubo lugares que sólo nos platicamos y no pudimos ir juntos. A mi faltó Roma, Venecia, Ámsterdam, Berlín y su muro, Viena, Barcelona, Montreal, y ella no fue a Moscú y su Kremlin y su teatro del Bolshói ni San Petersburgo y su inconmensurable Hermitage y su Palacio de Invierno, pero como si hubiéramos ido… nos los platicamos y los compartimos bajo palabra. Los gozamos de igual manera.

Los dos disfrutamos, juntos y separados, de ver y tocar –cuando todavía era posible, aunque ahora no se crea– la Piedra de Rosetta en el Museo Británico, la estación 9 y medio de Harry Potter; el Palacio de Aranjuez, el Mueso de las Barajas y la plaza mayor de Vitoria, donde encontramos a un tabernero vasco que le iba al Irapuato y tenía su banderín y todo y nos puso tapas, aunque no era hora y ya se había negado a servirnos, al saber que éramos guanajuatenses; o Aratxbaleta, la tierra original de los Galarza y su anteiglesia donde el primero de los míos se atrincheró hace más de 500 años para defender su tierras de un tal señor de Oñate, ahí en lo que sería el pleno territorio de la ETA y en donde sus habitantes comenzaba a hablar en vasco en cuanto nos oían, pero no se negaron a servirnos un buen vino de la casa, del pueblo y, como siempre, cambiaban cuando les decíamos que éramos mexicanos.

Nos quedamos con las ganas de Sevilla y no, no iré; no soportaría ir solo.

No se trata de presumir. Todo lo hicimos porque lo quisimos. Fueron viajes prácticamente íntimos.

Y no todo fue el glamur del extranjero ni tampoco presunción. Así fue la vida. Hago cuentas y no encuentro playa mexicana del Pacífico, Golfo de México y El Caribe que no hayamos cuando menos pisado, sí a veces de pisa y corre, pero Sonia me enseñó a ver, oír, pensar, hablar, soñar y dormir con el mar y a caminar por sus orillas… contándole los secretos que no compartimos con nadie, tal vez ni entre nosotros.

Todo lo anterior se lee como muy cosmopolita, pero Sonia y el escribidor nunca de olvidaron de las raíces. Supieron que la ciudad de Guanajuato, con sus museos, calles, cantinas, comidas, especialmente las enchiladas mineras, es la mejor del universo, simplemente porque es la capital de su estado y por lo tanto la capital del mundo, y porque siempre tiene un rincón que descubrir o, en el peor de los casos de redescubrir.

Y, por supuesto, volver y llevar a las hijas y a los nietos a Acámbaro y su presa Solís, junto con su comunidad, que cubre con su agua los vestigios de la primera cultura mexicana de la que se tienen testigos: la de Chupícuaro; o Apaseo el Grande y su Casa de los Perros y su Villita de Guadalupe con su Virgen de la Piedrita o las capillas de Ixtla y sus haciendas, para fortalecer el origen.

Al final, nuestros Apaseo el Grande y Acámbaro fueron, son, nuestras propias puertas de Alcalá y de Madrid, sin el arco de sus postales, pero sí con sus “vaquitas” y su pan.

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