Ciudad de México, agosto 30, 2026 21:43
Ana Cecilia Terrazas Opinión

DAR LA VUELTA / De perros y correas

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La Ley de Cultura Cívica y los reglamentos de protección animal estipulan con claridad que todo animal de compañía debe transitar por el espacio público debidamente sujeto.

POR ANA CECILIA TERRAZAS

Algo ilegal en la Ciudad de México, pero impensable y prácticamente imposible, es no soltar al perro por lo menos en breves y esporádicas ocasiones. Una especie de compañía, como lo es la canina no puede estar de tiempo completo amarrada a una correa. Si bien en las casas, departamentos o estancias especializadas, las y los perritos andan sueltos (o suelen hacerlo), su vida exterior se vive atada a una correa que lleva un amo, una persona cuidadora o, en los peores casos, un poste o jaulita. 

Parece extremo pensarlo pero, ¿podríamos vivir de la mano de alguien eternamente salvo cuando estuviésemos en nuestras casas? Los perros y perras, esas entrañables especies de compañía que han transformado la dinámica, los corazones, la vida cotidiana de tantos hogares, si bien dictan hoy el ritmo de muchos de nuestros paseos y formas de salir a la calle, nunca pueden en sentido estricto, dar la vuelta sin correa, andar sueltos.

El marco legal de la Ciudad de México es tajante al respecto; la Ley de Cultura Cívica y los reglamentos de protección animal estipulan con claridad que todo animal de compañía debe transitar por el espacio público debidamente sujeto. La norma busca, con justa razón, prevenir accidentes, evitar altercados entre los propios canes y garantizar la seguridad de los peatones.

Por ello, desatar al compañero peludo en una acera se convierte de inmediato en un acto de infracción civil. Existen, es cierto, pequeños oasis diseñados para el desparpajo canino; zonas acotadas y corrales específicos (en parques emblemáticos como Tlacoquemécatl o el Parque Hundido), donde las rejas permiten, por fin, el ansiado desprendimiento. Sin embargo, los corrales pronto se vuelven territorio a dominar y resultan a veces más peligrosos que los caminos alternos en los propios parques.

La vida paradojal de los perros incluye que, para pasear, no puedan vivir desprendidos de nosotros, literalmente, atados por una correa a nuestros cuerpos ambulantes. Su naturaleza, a cambio, pareciera que dicta que corran y sean libres por jardines, bosques y praderas. Ni modo. Estos adorados seres, diseñados por la naturaleza para el trote libre, la exploración olfativa y el esparcimiento, pasan, casi toda su existencia, amarrados a la muñeca de su tutor.

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