Ciudad de México, octubre 1, 2026 09:40
Revista Digital Octubre 2026

Del silencio al olvido

“Toda pérdida apela a una voz que en ocasiones se calla y conlleva a su vez un silencio que resuena en lo más profundo…”

POR OSWALDO BARRERA FRANCO

Hay voces que ante la ausencia guardan silencio y silencios que gritan por un olvido. En ellos hay un denominador común: la pérdida. Ésta tiene multitud de rostros y a cada quien le presenta una faz distinta, pero que todos reconocemos.

Toda pérdida apela a una voz que en ocasiones se calla y conlleva a su vez un silencio que resuena en lo más profundo.

Por ello, quiero compartirles un par de miradas que el duelo y su inmanencia me han inspirado en los últimos años, las cuales tienen que ver con la merma de la vitalidad o de aquella parte de nosotros que, ante el vacío del abandono, nos va dejando a merced de una memoria que también terminará por dejarnos, como una tenue voz que se pierde en el silencio.

MI AUSENCIA

Me miro con apremio al espejo, pero no me distingo. Aquel rostro, alguna vez cercano aunque no siempre reconfortante, ya no se encuentra ahí. Pero no dejo de buscarlo, a pesar de todo. Me busco obsesivamente en un reflejo apagado que no se manifiesta o que ese espejo taciturno me niega, pero no puedo culparlo, porque frente a él no queda nada que pueda reflejar ya.

Según yo, me encuentro de pie en aquel baño inmaculado, libre del olor a humedad e impregnado de un silencio que aturde, de paredes claras y glaciales que encierran el vacío contenido en aquel espacio al que alguna vez fui tan asiduo, donde me refugiaba cada vez que lo necesitaba, para pensar, para sentir, para únicamente existir.

Y pienso que siento, y entonces siento que existo, pero el reflejo de aquella nada constante donde ahora busco percibirme me indica lo contrario, y a la vez me señala que, hasta hace poco, la verdad a la que me aferraba ha sido tan sólo una feroz mentira.

Concluyo por ello, y muy a mi pesar, que he dejado de ser yo, que he perdido una imagen que me reconozca, o en la que pueda reconocerme, y que me mostraba imperturbable las arrugas tenaces que llegaron de la nada, así como mis párpados caídos alrededor de aquellos ojos de mirada afligida y fugitiva, bajo las cejas con canas, a juego con el resto de mi cabello, cada vez más ligero, más opaco y escaso.

Era la imagen del trayecto final que lleva hasta este momento de contundente inexistencia.

Y así, por más que permanezca frente a él, sin que importe cuánto lo mire y quiera que note mi presencia, que me responda si acaso con una distorsión de lo que fui, ese espejo tan solo me regresa lo que ahora, resignado al fin, ya puedo identificar como la definición final de mi persona: mi ausencia.

LOS SILENCIOS

Aníbal quiere oírla de nuevo, recuperar sus palabras, las que alguna vez le permitieron escuchar sin remordimientos, sin giros bruscos en trayectos a oscuras por una vida cada vez más efímera, cuando solía decirle, con aquella voz cadenciosa y paciente, que sin importar el cómo ni el dónde ella siempre estaría a su lado.

Aquella esperanza se mantuvo por un tiempo, hasta que la palabra final que salió de sus labios fue un adiós y las demás palabras callaron, se quedaron mudas, inconclusas, mientras el rostro de ella comenzaba a difuminarse en medio de la neblina que trajo consigo la distancia cada vez mayor entre ambos.

Hoy, Aníbal tan sólo conserva, para no perderla otra vez luego del silencio abrupto de su partida, un par de audífonos que conecta en su celular y con los que, a través de esa neblina cada vez más espesa de su memoria fugitiva, rememora sus susurros transparentes, sus risas extensas, los lamentos de una prolongada despedida, así como las promesas que le hizo y que quedaron a la espera de un reencuentro que nunca les sería suficiente.

Aníbal se quedó solo en aquella casa enmudecida y de paredes huecas, aferrado a ese par de audífonos que cuelgan de sus apagados oídos, cada vez más secos, más marchitos, para tratar de asir su voz que, vocablo a vocablo, se apagaba en su cabeza.

Un día, su memoria evasiva lo traicionó, una vez más, y Aníbal perdió la ubicación de los audífonos. Quizá quedaron olvidados al fondo de un cajón con otros recuerdos, junto a los lentes que ella usaba para leer, la cartera con fotos de ambos y un viejo boleto del metro, la raída chalina que él le regaló por su cumpleaños y que siempre se ponía para acompañarlo al cine.

Los buscó sin éxito, debajo de la cama, en el buró junto a ésta, en el mueble bajo el lavabo y en los rincones grises de su mente, que lo abandonaba sin reparo y se negaba a confesarle dónde los había guardado.

Insistió en su búsqueda hasta que un día el celular no prendió más, con la batería descargada y abandonado, como él, en cualquier recoveco. Así, Aníbal olvidó qué y a quién buscaba, y la voz de ella se fue para siempre, desterrada, extinta, forastera en una tierra alguna vez cercana. Las palabras se quedaron extraviadas, en un páramo que dejó a Aníbal taciturno y vacío.

Ahora, en esa casa sin su recuerdo, sin aquella voz que, a veces con apremio, otras dulcemente, lo llamaba por su nombre para no olvidarlo, sus únicos compañeros son los lastimeros silencios a su alrededor y en los confines cada vez más ajenos, más remotos, de su percepción agonizante.

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