La muerte en vida
Ilustración. Creada con IA.
“En esa memoria donde habitan, les damos vida y hasta se vierten momentáneamente instantes de felicidad a la vez que en su paso mojan la tristeza y la nostalgia…”
POR ALEJANDRO ORDORICA SAAVEDRA
Palabras más, palabras menos dicen que Rulfo decía que nosotros éramos de donde están enterrados nuestros muertos.
Le doy la razón, y en mi caso lo mismo soy de Teocaltiche que de Toluca y la Ciudad de México, tierras donde fueron sepultados mis antepasados, cuando la incineración era cosa del diablo.
De niño, en compañía de mi madre, fui casi cada año a inicios de noviembre a visitar a sus padres, que yacían en el Panteón Civil de Toluca. Me impresionaron mucho los ángeles de granito que no habían alcanzado a volar. No existía todavía la autopista y transitábamos por la sinuosa y accidentada carretera vieja México-Toluca, como se le llama. De ahí, en un ritual inalterable, saltábamos directo a los portales de la ciudad para deglutir las legendarias, tortas de chorizo y luego caminar por los alrededores para sorprendernos con la colorida e imaginativa artesanía de alfeñique que trastocaba mágicamente el azúcar en esqueletos, ataúdes o en una fauna y flora surrealistas. En el caso de nuestra ciudad capital el acceso fue más cercano, así se ubicara en el manto extenso de la ZMVM. Y por lo que toca al mapa Jalisciense, la distancia en kilómetros se opuso a visitar con frecuencia a los que duermen por allá, pero siempre presentes en los sentimientos, emociones, anécdotas y orgullo de la familia
Vendría después la oferta con su sonsonete tétrico de “pague ahora y muera después”, a cambio de fosas verticales augurando la codicia inmobiliaria, además de que la ciudad empezó a crecer hacia arriba, y al parecer, se dejó cavar a la muerte hacia abajo, como si fuera una plomada irreversible y fatal. Igual, cuando empezaron a saturarse los espacios, la mercadotecnia funeraria fue venciendo a las creencias religiosas e inventó el derrame de las cenizas en una urna, sin que el muertito se apretujara en un cajón de madera. De paso, se acortó la duración del velorio, así como los pesares, lágrimas e incomodidades de los vivos, no exento del humor negro que exigía dejar descansar a los muertos.
En esa misma vía, lejos de distanciarse de las tradiciones ancestrales, subsisten festejos donde a la muerte se le trata como un huésped distinguido, lo que me remite a Tláhuac, donde como Delegado Político tuve la responsabilidad de apoyar las fiestas del Día de los Muertos. Una experiencia que me marcó, porque se da prioridad a la alegría por el regreso de los seres queridos que ya murieron, con un banquete de bienvenida y abundante comida y bebida de su preferencia, en tanto se prenden miles de velas para alumbrarles el camino a la Tierra. Otras vivencias, por igual permanecen vivas en recuerdo, como es la partida de nuestros padres, e inmersas en una mezcla de dolor, extrañeza y consuelo feliz por tanto que los disfrutamos en vida. En esa memoria donde habitan, les damos vida y hasta se vierten momentáneamente instantes de felicidad a la vez que en su paso mojan la tristeza y la nostalgia. Sentimiento que va en paralelo al amor con sus enigmas y misterios, que igual se expresa con felicidad, sonrisa y fiesta, o en contrapartida con frustración, soledad y duelo. Recuerdo, por ejemplo, que cuando estudiaba apenas la preprimaria me gustó una niña y en el recreo la abracé, y llegada la ceremonia de fin de cursos, muy ufano se la presenté a mi madre como mi novia, quien de entrada quedó estupefacta y enseguida, supongo o sospecho que río a carcajadas hacia sus adentros. Nunca más volví a verla porque cambié de escuela y no dejé un tiempo de sentir tristeza por su ausencia y cierta ansiedad por verla. Si bien, al paso de los años, tuve relaciones afortunadas con las mujeres, no faltó así sea por excepción el mal acompañante del desamor y la sana obligación de trascenderlo.
En mi haber conyugal, hay un divorcio, una viudez y en los días actuales, la unión libre. En cada etapa del pasado, hubo amor, crecimiento y momentos de felicidad, aunque siempre nos los regala a cuenta gotas. De la primera vez que me casé quiero decir que nos enamoramos siendo muy jóvenes y que más allá de la separación. siempre dolorosas, generamos felizmente una espléndida cosecha: tres hijas y un hijo maravillosos.
Me casaría por segunda vez, y ya con 15 años de estar unidos, me dolió enormemente la muerte prematura de Rosalía de apenas 49 años de edad, aunque sigue entre nosotros, juntó a una hija y un hijo, frutos maravillosos de esa unión
convencido de que tras una esperanzada espera se dará el reencuentro en la dimensión extraterrenal. Y en los días actuales, tengo por igual el privilegio de tener una compañera espléndida, desde hace ya 24 años, a Martha Chapa, una mujer bellísima, artista sensible, talentosa, sabia, alegre… y feminista.
En cambio, en estos mismos días actuales, mucho me preocupa y duele que en nuestra tierra la democracia agonice, la educación, la salud y la economía sean un desastre, o que el autoritarismo se afiance como una especie de desamor social y hiera nuestras entrañas libertarias, además de que la muerte persista con un ánimo masivo acumulando tantos crímenes, personas desaparecidas y fosas clandestinas.

















