Muere Cuauhtémoc Cárdenas, protagonista de la ruptura histórica con el PRI
Foto: Cuartoscuro
La Corriente Democrática que encabezó en 1987 quebró la hegemonía priista.
Nacionalista revolucionario, se definía como progresista y fue candidato presidencial en tres ocasiones.
Mantuvo diferencias con Andrés Manuel López Obrador y cuestionó la falta de diálogo de los gobiernos de Morena.
STAFF / LIBRE EN EL SUR
Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, protagonista de la ruptura histórica con el PRI que contribuyó a cambiar el rumbo de la política mexicana durante la segunda mitad del siglo XX, murió a los 92 años, de acuerdo con la información cuya confirmación está pendiente de verificación independiente.
Su trayectoria quedó ligada a uno de los momentos decisivos de la transición política mexicana: la elección presidencial de 1988, las denuncias de irregularidades en el cómputo de los votos y la movilización opositora que desembocó en la fundación del Partido de la Revolución Democrática (PRD).
Hijo del general Lázaro Cárdenas del Río, el presidente que nacionalizó la industria petrolera en 1938, Cuauhtémoc Cárdenas heredó un apellido central en la historia política del país. Sin embargo, su lugar en ella no se explica únicamente por esa filiación. Fue el dirigente que desafió desde dentro al partido que había gobernado México durante décadas y que, después de abandonar sus filas, encabezó una de las principales fuerzas de oposición al régimen priista.
El ingeniero y el peso del apellido
Cuauhtémoc Cárdenas nació en la Ciudad de México el 1 de mayo de 1934. Hijo de Lázaro Cárdenas del Río y de Amalia Solórzano, estudió Ingeniería Civil en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Durante sus primeros años profesionales trabajó en proyectos de desarrollo regional y aprovechamiento de los recursos naturales, entre ellos la construcción de la presa La Villita, sobre el río Balsas, y las actividades vinculadas con el complejo siderúrgico que después llevaría el nombre de Lázaro Cárdenas-Las Truchas.
Su formación política ocurrió en el entorno del nacionalismo revolucionario y dentro del Partido Revolucionario Institucional (PRI), organización que concentraba el poder político y que había hecho de la disciplina interna uno de sus principales mecanismos de control.
En 1976 fue elegido senador por Michoacán. Posteriormente ocupó una subsecretaría en la Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos y, en 1980, asumió la gubernatura de ese estado, cargo que desempeñó hasta 1986.
Su carrera parecía seguir el cauce tradicional de los cuadros priistas. La ruptura llegó cuando cuestionó los mecanismos mediante los cuales la dirigencia y la Presidencia de la República decidían la sucesión presidencial.
La Corriente Democrática: una rebelión desde dentro del PRI
En 1987, Cárdenas se convirtió en uno de los principales dirigentes de la Corriente Democrática del PRI, junto con Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez, entre otros políticos que exigían democratizar los procedimientos internos del partido y abrir la selección de la candidatura presidencial.
El conflicto se agudizó ante la designación de Carlos Salinas de Gortari como candidato del PRI para las elecciones de 1988. La decisión representaba la continuidad de un sistema en el que el presidente en funciones conservaba una influencia determinante sobre quién lo sucedería, una práctica conocida como el dedazo.
La disidencia cuestionó también el rumbo económico del gobierno de Miguel de la Madrid, marcado por las políticas de ajuste, la apertura económica y el desplazamiento de algunas de las prioridades sociales asociadas al nacionalismo revolucionario.
La Corriente Democrática terminó por abandonar el PRI. Cárdenas fue postulado a la Presidencia por una coalición de fuerzas políticas que se amplió hasta constituir el Frente Democrático Nacional (FDN). Su candidatura reunió a sectores de la izquierda, organizaciones sociales y grupos inconformes con el partido gobernante.
La campaña adquirió una dimensión que rebasó las estructuras partidistas. En distintas regiones del país, la candidatura de Cárdenas movilizó a ciudadanos que veían en ella una posibilidad de alternancia después de décadas de predominio priista.
La protesta pacífica y la paradoja de Bartlett
La elección del 6 de julio de 1988 marcó un parteaguas. Durante el cómputo, cuando los resultados preliminares mostraban una competencia cerrada y la oposición denunciaba que Cárdenas llevaba ventaja, se produjo la llamada caída del sistema. Días después, las autoridades electorales declararon ganador a Salinas de Gortari.
La oposición denunció fraude y exigió que se reconociera el resultado que consideraba legítimo. Las irregularidades del proceso y la interrupción del cómputo quedaron como uno de los episodios más controvertidos de la historia electoral mexicana.
En ese momento, Manuel Bartlett era secretario de Gobernación y encabezaba la Comisión Federal Electoral. Su papel en el proceso quedó sujeto a controversia durante décadas. Bartlett ha rechazado las acusaciones de haber organizado un fraude.
Cárdenas encabezó movilizaciones para defender el voto, pero mantuvo la estrategia dentro de los cauces de la protesta política y la organización ciudadana. La decisión de no conducir el descontento hacia una confrontación violenta fue una característica de su actuación en aquellos días, cuando la desconfianza en las instituciones electorales amenazaba con profundizar la crisis política.
La paradoja histórica llegaría años después: Bartlett fue nombrado director de la Comisión Federal de Electricidad durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, quien salió públicamente en su defensa ante los cuestionamientos sobre su trayectoria y las denuncias periodísticas relacionadas con su patrimonio y su pasado político.
Las controversias que rodearon a Bartlett, incluidas las referencias periodísticas a documentos e investigaciones estadounidenses sobre el asesinato del agente de la DEA Enrique “Kiki” Camarena, deben distinguirse de cualquier determinación judicial concluyente. No corresponde presentar señalamientos o versiones de investigación como hechos probados.
La elección de 1988 no llevó a Cárdenas a la Presidencia, pero contribuyó a fracturar el sistema de partido hegemónico y abrió una etapa de reorganización de la oposición.
Del Frente Democrático Nacional al PRD
En 1989, Cárdenas participó en la fundación del Partido de la Revolución Democrática, junto con dirigentes como Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez, además de antiguos militantes de la izquierda y organizaciones políticas y sociales.
El PRD buscó articular una oposición nacional capaz de competir electoralmente con el PRI y representar a sectores que reclamaban una democratización efectiva, mejores condiciones sociales y una defensa de la soberanía económica.
Cárdenas encabezó el partido durante sus primeros años y volvió a competir por la Presidencia en 1994. La elección se celebró en un contexto marcado por el levantamiento zapatista, el asesinato de Luis Donaldo Colosio y la crisis política de aquel año. El triunfo correspondió a Ernesto Zedillo.
En 1997 volvió a presentarse como candidato, esta vez a la jefatura de Gobierno del Distrito Federal, y ganó la primera elección por voto popular para ese cargo. La victoria tuvo una importancia simbólica y política: por primera vez, los habitantes de la capital eligieron directamente a quien gobernaría la ciudad, hasta entonces administrada mediante un esquema en el que el presidente designaba a su titular.
Cárdenas fue candidato presidencial por tercera ocasión en 2000. La elección terminó con la victoria de Vicente Fox, del Partido Acción Nacional (PAN), y puso fin a más de siete décadas de gobiernos presidenciales priistas.
La derrota también evidenció los límites de una izquierda que, pese a su crecimiento, no logró reunir en torno a Cárdenas una mayoría nacional. Andrés Manuel López Obrador, entonces jefe de Gobierno capitalino, comenzaría a ocupar progresivamente el espacio central de esa corriente política.
El gobierno de la capital
Cárdenas asumió la jefatura de Gobierno del Distrito Federal el 5 de diciembre de 1997. Su administración inauguró una etapa de gobiernos de izquierda en la capital y se convirtió en referencia para la construcción de una alternativa política al PRI y al PAN.
El nuevo gobierno enfrentó problemas estructurales: inseguridad, desigualdad, transporte, contaminación y servicios públicos insuficientes. También tuvo que desarrollar una administración elegida democráticamente en una ciudad cuya autonomía política era todavía limitada.
En 1999 dejó el cargo para concentrarse en su tercera candidatura presidencial. Rosario Robles, entonces integrante de su equipo político y figura destacada del PRD, lo sucedió al frente del gobierno capitalino.
La experiencia de Cárdenas en la ciudad contribuyó a consolidar una base electoral de izquierda que permanecería durante años como uno de los principales bastiones de esa corriente. La capital se convirtió en un espacio desde el cual el PRD construyó estructura territorial, cuadros políticos y una identidad de gobierno.
Sin embargo, el liderazgo de Cárdenas empezó a compartir espacio con el de López Obrador, cuya capacidad de movilización y comunicación política terminaría por transformar la relación entre las distintas corrientes de la izquierda mexicana.
Las distancias con Muñoz Ledo y López Obrador
La historia de la izquierda mexicana no estuvo exenta de rupturas. Porfirio Muñoz Ledo, uno de los principales compañeros de Cárdenas en la Corriente Democrática y en la fundación del PRD, también se distanció de distintos dirigentes y proyectos políticos a lo largo de su trayectoria.
Las diferencias entre las figuras que impulsaron la democratización del país reflejaron, en parte, la dificultad de mantener una organización plural una vez que dejó de tener como principal objetivo la oposición al PRI. La disputa por el liderazgo, las estrategias electorales y las alianzas fueron factores recurrentes de división.
Con López Obrador, la distancia se hizo más visible conforme este último consolidó su liderazgo nacional y construyó Morena, organización fundada después de su salida del PRD.
Cárdenas mantuvo una posición propia, vinculada con el nacionalismo revolucionario, la defensa de los recursos energéticos y la necesidad de fortalecer las instituciones democráticas. No se incorporó al proyecto de Morena como una figura subordinada ni abandonó sus diferencias con el estilo de conducción política de López Obrador.
La relación entre ambos tuvo momentos de cercanía y coincidencias, pero también desencuentros públicos. La divergencia no se reducía a una rivalidad personal: expresaba dos maneras de entender la organización de la izquierda, la relación entre el liderazgo y las instituciones y el papel de la crítica dentro de un movimiento político.
Las críticas a Morena y a la Cuarta Transformación
Cárdenas respaldó históricamente políticas asociadas con la soberanía nacional y la defensa de los recursos energéticos, banderas que también ocuparon un lugar central en el discurso de López Obrador. Esa coincidencia no significó una adhesión incondicional a los gobiernos de Morena.
Su visión política se había formado en una tradición que reivindicaba la intervención del Estado en la economía, la justicia social y el nacionalismo revolucionario, pero también en una experiencia de confrontación con el autoritarismo del sistema priista.
Por eso, las diferencias con la llamada Cuarta Transformación adquirieron un significado particular. Cárdenas sostuvo la importancia de la deliberación pública, el intercambio de argumentos y la construcción de acuerdos. Desde esa perspectiva, el diálogo entre las fuerzas políticas y la existencia de una oposición con capacidad de interlocución son componentes indispensables de la vida democrática.
Su trayectoria también recordaba una contradicción que atraviesa la política mexicana: los movimientos que llegan al poder después de denunciar la concentración de las decisiones pueden reproducir prácticas de conducción vertical cuando se convierten en gobierno.
La relación entre Cárdenas y López Obrador fue así una disputa por la interpretación de la izquierda y su herencia histórica. Ambos reivindicaron la soberanía nacional y la justicia social, pero sus diferencias dejaron al descubierto que compartir algunas banderas no implica coincidir en la forma de ejercer el poder.
Rosario Robles: de sucesora a crítica de López Obrador
Rosario Robles fue una figura relevante en la historia política de Cárdenas. Militante del PRD y parte de su equipo en el gobierno capitalino, lo sucedió como jefa de Gobierno en 1999, cuando él dejó el cargo para contender por la Presidencia.
Años después, Robles se distanció de la izquierda partidista y ocupó cargos en gobiernos federales de distinto signo político. Su trayectoria terminó enfrentada con López Obrador, quien la convirtió en blanco de críticas por su participación en administraciones anteriores.
En 2019, Robles fue encarcelada preventivamente por un caso relacionado con el ejercicio de sus funciones públicas. Permaneció en prisión hasta 2022 y, al año siguiente, obtuvo una resolución que puso fin al proceso penal que enfrentaba por ejercicio indebido del servicio público.
En 2023, cuando López Obrador se refirió a Cárdenas como adversario político, Robles salió en defensa del ingeniero. Calificó las expresiones presidenciales como una muestra de desmemoria y deslealtad, y reivindicó la trayectoria del hombre que había contribuido a abrir espacios para la izquierda mexicana.
El episodio mostró que el legado de Cárdenas no pertenecía exclusivamente a una organización ni podía reducirse a las fronteras de Morena. Su papel histórico se había construido antes de la llegada de López Obrador a la Presidencia y se extendía más allá de las disputas contemporáneas.
Un legado que excede a los partidos
Cuauhtémoc Cárdenas fue una figura central de la transición democrática mexicana. No llegó a la Presidencia, pero su candidatura de 1988 contribuyó a romper la idea de que el PRI podía conservar indefinidamente el poder mediante el control de la sucesión y de las instituciones electorales.
Su participación en la fundación del PRD permitió organizar una parte sustancial de la oposición de izquierda y construir una alternativa que, con el paso de los años, gobernaría la capital y distintas entidades del país. También abrió una ruta para que nuevos liderazgos llegaran a la competencia nacional.
Su legado, sin embargo, no está libre de contradicciones. El PRD que ayudó a fundar terminó fragmentado y perdió buena parte de su fuerza frente a Morena. La izquierda que alguna vez se articuló alrededor de su liderazgo quedó reconfigurada por un movimiento que desarrolló sus propias estructuras, símbolos y formas de ejercer el poder.
Cárdenas mantuvo hasta sus últimos años una identidad política propia, marcada por la defensa de la soberanía, la justicia social y la democracia. Su figura remite a una etapa en la que la oposición al régimen priista exigía construir organizaciones, movilizar ciudadanos y sostener durante años una lucha electoral en condiciones desiguales.
La ruptura de 1987 y la elección de 1988 fueron decisivas porque demostraron que la hegemonía del PRI podía ser desafiada desde dentro y desde fuera. La alternancia presidencial de 2000 llegaría doce años después, tras una transformación política en la que Cárdenas tuvo un papel determinante.
Más allá de los partidos y de las diferencias que lo separaron de algunos de sus antiguos compañeros, su nombre quedó ligado a la apertura democrática de México y a la posibilidad de disputar el poder mediante la organización política y el voto.
















