Ciudad de México, febrero 3, 2023 23:37
Francisco Ortiz Pardo Opinión

EN AMORES CON LA MORENA / Un Belén como Cuetzalan

Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores.

Cuando ponía mi Belén y me emocionaba tanto con los de mis abuelas, no sabía que la vida me iba a ubicar tan cerca de la historia de la bellísima tradición incorporada a México por los frailes franciscanos que llegaron a Mixcoac.

POR FRANCISCO ORTIZ PARDO

El recuerdo más lejano que tengo de la Navidad huele a musgo mojado. En realidad era la tierra mojada de un bosque lo que desprendía el aroma, según pude constatar el otro día en los Viveros de Coyoacán, bajo una llovizna, momento que de inmediato se convirtió en una evocación. El musgo, ahora defendido con justicia por los mabientalistas de la sobre explotación, lo compraba en el mercadito de Villa Coapa cuando todavía era un niño, después de que abruptamente mi mamá dejó de poner el Nacimiento navideño, con piezas que habría ido coleccionando en la medida en que mi papá iba consiguiendo en sus viajes por el país los adornos muy mexicanos para el pino natural que también poníamos cada año: Cabecitas de barro pintadas a mano, pajaritos de pajita, estrellas de latón, juegos tradicionales como la pelea de gallos con plumitas de verdad, una cornetita, trompos de madera o aquél acróbata que daba vueltas al ser presionadas las dos varitas que lo flanqueaban. Todo iba sobrepuesto en las aromáticas ramas o con hilitos o clips incrustados en ellas, las luces ocultas y las esferas de vidrio doradas que, aunque ligeras, daban el peso necesario para darle al ejemplar su auténtica grandeza. En mi casa crecí con un privilegiado rechazo a las cosas plásticas y el merry christmas, si acaso un poquito de escarcha; Santa Clós era un personaje relegado a los servilleteros al que no le era permitido intervenir en nuestras autentiquísimas tradiciones.

Eran los tiempos del Nacionalismo Revolucionario, nefasto por cierto, y no era esa la razón por supuesto de nuestras celosas costumbres. Pero sí manteníamos en mi familia una extraña resistencia cultural que asocio a la forma en la que nos educaron, tal vez fundada en aquel cristianismo que se apostó en la defensa de los desposeídos y el gusto por el color de nuestros indígenas. Eran los mismos tiempos del Partido Mexicano de los Trabajadores, fundado por Heberto Castillo, que pregonaba “un socialismo más cercano a Jesucristo que a Marx”. Luego todo cambió. Pero no la mística. De mi papá guardo como uno de los tesoros más preciados una carta de una Navidad que no la iba a pasar con nosotros y que estoy seguro marcó el significado que tienen para mí estas fiestas pero también mucho de la esencia humanista de la vida y el compromiso por los demás: Mi vacuna ante el anticlericalismo pero también contra los excesos del clero. La palabra de amor de Jesús en la forma en que intento interpretar lo que soy.

Como no entraban a casa, los regalos navideños de la Coca-Cola y la versión moderna del Santa Clós con abrigo y gorro rojos, regordete, no son para mí la típica y choteada representación del consumismo criticado por la progresía… consumista. Así que Santa siempre me fue simpático en la Alameda Central, donde todos los niños menos yo se querían tomar la foto con él. Y también en la representación de aquel muñeco con movimiento, inolvidable, del aparador del Sears de Insurgentes, que mis propios padres nos llevaban a ver y escuchar sus risotadas. Eso sí: siempre le pusimos un límite, sobre todo ante los Reyes Magos, una tradición venida de España, más mestiza y por tanto más mexicana.    

Y el pesebre, la escena principal en todo lo alto, sin el Niño en tanto no llegara el día 25 pero con los infaltables animalitos y las pacas de pastura para alimentarlos. En algún rincón enterraba una pequeña macetita de la que solo se podía ver en la superficie la tierra de un sembradío de trigo o alpiste que iba creciendo con los días. Por allá venían los Reyes…

Tengo entonces para mí el recuerdo de que, una vez que mi madre no ponía más los “belenes”, me dio por rescatarlos de sus cajas cada principio de diciembre y diseñar un paisaje propio que se parecía más a Cuetzalan que a Belén, por supuesto. O a la Huasteca o a la Sierra Gorda de Querétaro. Lo primero era sortear las tres veces en que mi mamá se negaría a que lo pusiera, dado el “regadero” provocado, lo que ya era parte del ritual. Luego, construir el cerrito que iba formando con las mismas cajas, forrado con papel café y luego estilizado con el musgo, del que surgía un manantial que desembocaba en un laguito que tenía patos. Todas las figuras eran de barro, por supuesto, ya dije aquí que desde entonces fui alérgico al plástico. El leñador y los campesinos, la vendedora con su charola en la cabeza, cual malabarista; los pastorcitos con decenas de borregos de diferentes tamaños, unos echados, otros caminando sobre el musgo, enterradas sus patitas de alambre para que no fuesen descubiertas.  Y el pesebre, la escena principal en todo lo alto, sin el Niño en tanto no llegara el día 25 pero con los infaltables animalitos y las pacas de pastura para alimentarlos. En algún rincón enterraba una pequeña macetita de la que solo se podía ver en la superficie la tierra de un sembradío de trigo o alpiste que iba creciendo con los días. Por allá venían los Reyes…

La tradición, que conservo solo en mi mente de no ser porque invariablemente pongo en la mesa de mi sala un diminuto y hermoso Nacimiento cuyas figuras fueron elaboradas por artesanos guatemaltecos, de barro envueltas con bordados coloridos, está asociada a los montajes que hacían en las casas de mis abuelas materna y paterna. El primero, enorme, fue promovido hace medio siglo por Rafael, el hermano de mi abuelo, y heredado el gusto de ponerlo a Ricardo, hermano de mi madre, que llegó a hacer correr por su río agua natural. Dos o tres años, ante lo que siempre parecía complicado sobre todo por su dimensión, lo puse yo para desafiar la inminente desaparición. Finalmente fue también demasiado para mí, aplastado por la vorágine de las fechas. El segundo Belén, en casa de mi abuela Emily Pinchetti, aunque más pequeño tenía unas figuras de cerámica italiana de un valor excepcional; no tengo claro si ella misma las heredó de su padre suizo-italiano pero sí sé que Yolanda, la hermana de mi papá, conserva algunas piezas maravillosas que aún deja lucir cada temporada decembrina.

Cuando ponía mi Belén y me emocionaba tanto con los de mis abuelitas, no sabía que la vida me iba a ubicar tan cerca de la historia de la bellísima tradición incorporada a México por los frailes franciscanos que llegaron a Mixcoac. Así, publicamos los pormenores de las tres principales puestas, en pocos años extinguidas: La asombrosa de Bartolache, en la colonia Actipan (Del Valle), que exponía toda la Biblia. Todos los pasajes: Desde el Génesis hasta la Crucifixión de Jesús; el de la colonia Independencia –en el mero centro geográfico de la capital mexicana— que contaba con un equipo de luz y sonido y una narración, al que un día se puso fin por los costos elevados de la luz, impagables. Y una simpática invención de un matrimonio de adultos mayores, en Narvarte, que consistía en una suerte de “Nacimiento de Nacimientos”, donde podíamos ver unos grandes y otros pequeños, incluso de miniatura; a la usanza europea y de estilo mexicano. Y hasta una colección única de los regalitos navideños de la Coca-Cola. Todo el garaje de la casa, el recibidor, la sala, el comedor y hasta el corredor de un segundo piso eran retacados de figurillas y aldeas, campiñas, trenecitos… lo que les llevaba tres meses de cada año de sus vidas lograr.

Y ahora,  simplemente no puedo entender por qué los legados más bellos son los primeros en desaparecer. 

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