Ciudad de México, julio 14, 2026 14:47
País Sociedad Viajes

Copan ambulantes el corazón patrimonial de Puebla

Puestos semifijos invaden banquetas, fachadas históricas y corredores peatonales desde el templo del Señor de las Maravillas hasta el Zócalo.

Mientras el ayuntamiento presume a Puebla como Capital Americana de la Cultura 2026, el patrimonio barroco y la imagen turística de la ciudad quedan ocultos.

STAFF / LIBRE EN EL SUR

La mañana de un sábado de mayo todavía parecía tranquila bajo la bóveda vegetal de los laureles de la 5 de Mayo. Entre las raíces que levantan el adoquín y las fachadas virreinales cubiertas de azulejo poblano, una mujer acomodaba bolsas de regalo de colores fosforescentes mientras, detrás de ella, vendedores de globos, ropa, juguetes y baratijas comenzaban a tragarse el paso peatonal. Los bancos públicos ya no eran para sentarse sino para almacenar mercancía. Las jardineras funcionaban como bodegas improvisadas. Y la fila de puestos semifijos avanzaba calle abajo, desde el templo del Señor de las Maravillas hasta el Zócalo, como una marea lenta que, en pleno corazón patrimonial de Puebla, parece haber dejado de encontrar límite alguno.

La escena ocurre en una de las zonas más emblemáticas del Centro Histórico de Puebla, declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO desde 1987 por su “valor universal excepcional”. Pero las imágenes muestran un paisaje urbano cada vez más cercano al desbordamiento. En varias calles del primer cuadro, el comercio ambulante y semifijo ocupa banquetas, corredores peatonales, mobiliario urbano y hasta la base de árboles históricos.

Las fotografías documentan cómo los puestos se han multiplicado prácticamente sobre todo espacio disponible. En una de las imágenes, la fachada colonial de un inmueble de dos niveles —con balcones de herrería y ventanas de madera oscura— queda completamente anulada por una pared improvisada de sandalias, vestidos y maniquíes. El patrimonio arquitectónico se convierte apenas en fondo decorativo de un mercado callejero permanente.

La imagen más brutal quizá sea esa: tres balcones antiguos sobreviven arriba, silenciosos, mientras abajo una muralla de sandalias pirata, vestidos colgados y maniquíes sin cabeza bloquea por completo la lectura del inmueble histórico. La arquitectura virreinal queda reducida a soporte visual de mercancía barata. No hay transición entre patrimonio y comercio informal: uno devora al otro.

Y eso ocurre precisamente en una ciudad que la UNESCO considera excepcional por haber conservado grandes edificios religiosos, bibliotecas históricas, palacios y cientos de casas cubiertas de azulejos. Puebla fue inscrita en la Lista del Patrimonio Mundial porque representa una síntesis única entre influencias europeas e indígenas plasmadas en su urbanismo barroco, sus templos y sus fachadas de talavera.

La UNESCO reconoce particularmente la conservación de edificios como la Catedral de Puebla, la Biblioteca Palafoxiana —considerada la primera biblioteca pública de América—, la Capilla del Rosario, Santo Domingo y centenares de inmuebles históricos distribuidos en casi 400 manzanas del Centro Histórico.

Puebla no fue reconocida únicamente por la belleza aislada de algunos edificios, sino por el conjunto urbano completo: calles, plazas, patios, corredores, balcones y perspectivas arquitectónicas que sobrevivieron durante casi cinco siglos. La propia UNESCO destaca el valor de la mezcla estética entre tradiciones europeas e indígenas que dio origen a uno de los barrocos más importantes de América Latina.

Ese patrimonio arquitectónico está íntimamente ligado a la identidad cultural que Puebla ha vendido al mundo durante décadas. La ciudad se promociona internacionalmente como “la ciudad de los azulejos”, un escaparate de barroco novohispano al pie del Popocatépetl. Sus templos y casonas forman parte del imaginario turístico mexicano, junto con una gastronomía que ha dado fama internacional a platillos como el mole poblano, los chiles en nogada, las cemitas, las chalupas y la repostería conventual.

Y justamente esa narrativa turística es la que hoy entra en contradicción con lo que ocurre calle abajo sobre la 5 de Mayo. El corredor peatonal que conecta al templo del Señor de las Maravillas con el Zócalo —uno de los trayectos más transitados por visitantes nacionales y extranjeros— aparece convertido en una extensión continua de comercio semifijo.

La contradicción alcanza incluso al discurso oficial del ayuntamiento encabezado por José “Pepe” Chedraui, emanado de la alianza de Morena_PT-Verde, que este año ha celebrado internacionalmente el nombramiento de Puebla como Capital Americana de la Cultura 2026, distinción con la que el gobierno municipal presume la riqueza histórica, gastronómica y patrimonial de la ciudad.

En los comunicados oficiales difundidos por el propio ayuntamiento, el gobierno de Chedraui asegura que Puebla es referente cultural continental por su patrimonio, arquitectura, tradiciones y vida cultural. Sin embargo, las imágenes tomadas en pleno corazón del Centro Histórico muestran banquetas invadidas, saturación visual, mobiliario urbano ocupado y fachadas históricas prácticamente desaparecidas detrás de mercancía y estructuras improvisadas.

Y esto poco tiene que ver con expresiones tradicionales del comercio popular poblano, como el histórico Bazar de los Sapos, integrado desde hace generaciones al paisaje cultural del Centro Histórico y asociado al comercio de antigüedades, artesanías y arte popular. Lo que muestran las imágenes es otra cosa: saturación comercial, ocupación irregular del espacio público y una creciente anulación visual del patrimonio urbano.

Otra de las escenas muestra el corredor arbolado saturado de mercancía, peatones y estructuras móviles. Carteras, ropa, juguetes, comida, globos metálicos y accesorios invaden los laterales del andador mientras familias enteras deben caminar entre puestos improvisados, carriolas y mesas colocadas sobre el paso peatonal. La línea podotáctil para personas con discapacidad visual apenas logra distinguirse entre la aglomeración.

La ocupación alcanza incluso elementos urbanos esenciales. Bancas públicas son utilizadas como extensión comercial; jardineras y troncos sirven de respaldo para mercancías; y algunos puestos se instalan prácticamente pegados a fachadas históricas y accesos de negocios establecidos. En otra fotografía, un vendedor exhibe carteras y accesorios junto a una caseta urbana vandalizada y cubierta de grafiti, reflejo de un deterioro visual que parece normalizado por las autoridades.

La gravedad no radica únicamente en la presencia histórica del ambulantaje —presente en muchos centros urbanos mexicanos— sino en el nivel de expansión y permisividad observable en una zona monumental protegida internacionalmente. Las imágenes muestran corredores donde el peatón debe literalmente serpentear entre mercancías para avanzar, mientras el paisaje histórico queda oculto tras lonas, racks metálicos y acumulación comercial.

El contraste es todavía más evidente bajo los túneles naturales formados por enormes laureles y ficus centenarios. Ahí, la imagen urbana mezcla edificios históricos con puestos improvisados, conexiones eléctricas precarias, estructuras móviles y saturación peatonal. El resultado es una ocupación visual permanente que transforma el espacio patrimonial en una gigantesca extensión comercial informal.

Mientras el gobierno municipal promociona internacionalmente a Puebla como capital cultural, las imágenes exhiben otra realidad: banquetas invadidas, deterioro visual, competencia desordenada para comercios establecidos y una creciente privatización informal del espacio público en el núcleo patrimonial más importante de la ciudad.

El fenómeno además plantea riesgos de protección civil y movilidad. La saturación dificulta el tránsito de adultos mayores, personas con discapacidad, familias con carriolas e incluso el eventual paso de servicios de emergencia. En varias imágenes apenas queda libre una franja estrecha para caminar.

Pero quizá la afectación más profunda sea simbólica. Puebla conserva uno de los conjuntos históricos más importantes de América Latina: fachadas barrocas, balcones decimonónicos, templos coloniales, bibliotecas históricas y corredores urbanos diseñados hace siglos. Sin embargo, la ocupación descontrolada del espacio termina por diluir la lectura misma de la ciudad histórica. El patrimonio deja de contemplarse; apenas sobrevive detrás de la mercancía.

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