COSECHA ROJA / El reloj y la amante infiel
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Un encuentro prohibido en una pensión de mala muerte, un amante despechado y la promesa de separarse al alba. Todo parece bajo control hasta que un bolero marca el ritmo de una tragedia que aguarda afuera, donde el tiempo no perdona a los amantes.
POR GUILLERMO FABELA QUIÑONES
El tic tac del reloj en el buró machacaba lo inexorable del tiempo con más intensidad al igual que mi zozobra. Deseaba no escucharlo, pero allí seguía con su taladrante sonido, yo dando vueltas en la cama imposibilitado de conciliar el sueño. El cansancio de varias horas de interminable jadeo era reconfortante; ahora ella dormía. Por la ventana que daba a un patio interior del hotel penetraban las voces del trío Los Caballeros recordándome gratos días infantiles, interpretando su canción más famosa. Era imposible no escucharla, ni aun dormido cuando parecía compuesta especialmente para nosotros, porque las palabras se me habían metido en el cerebro y las repetía incesantemente: “Reloj no marques las horas, porque voy a enloquecer/ Ella se irá para siempre cuando amanezca otra vez…” Agradecí a quien escuchaba ese viejo bolero, alguien seguramente embriagado de amor en un cuarto aledaño.
Tendría que amanecer y ella se iría, quizá para siempre; nada garantizaba su regreso a una realidad incierta, sin futuro. ¿Qué futuro había en un amor surgido al calor de la soledad? Lo sabía, por eso deseaba que la noche se prolongara. Al despertar se levantaría de la cama para marcharse; así lo habíamos acordado al entrar en el hotel, luego de salir huyendo de la casa de huéspedes donde nos habíamos conocido. Ni ella ni yo habíamos pagado a la casera, en mi caso durante los últimos tres meses. Ella seguramente desde un mes antes, cuando su amante nos encontró juntos en la calle, besándonos apasionadamente.
La escena no terminó en tragedia gracias a que no era un hombre violento; no obstante, obligado por su orgullo herido se abalanzó contra mí, sin lograr su objetivo de golpearme al poderlo eludir con un movimiento de cintura. Me puse en guardia, desistió en su intención al verme decidido a enfrentarlo. Era un hombre ya maduro, corpulento pero sin vigor, yo en plena juventud lleno de fortaleza. La escena era humillante, grotesca; agachó la cabeza, se estrujó las manos y dio media vuelta sin decir palabra, ni siquiera una maldición por la vergüenza sufrida. A partir de entonces no hubo necesidad de vernos a escondidas, en las horas más inciertas de la noche, cuando la casa de huéspedes se sumía en el silencio y las sombras danzaban por las paredes descascaradas.
Desde el día que la conocí supe que tendría que amarla, sin saber aún que no vivía sola. Apenas al cruzarse nuestras miradas, mientras yo subía la escalera y ella la bajaba, un sobresaltó mutuo nos hizo sonreír y decirnos con los ojos la intención oculta de nuestros sexos palpitantes. Más tarde, durante la cena, me enteré que sería imposible hacer realidad la vorágine mental que me impedía concentrarme. Vivía con un hombre que la vigilaba constantemente, conforme al derecho que suponía tener por mantenerla. No había nada que esperar de allí en adelante.
Las semanas transcurrieron con la monotonía surgida de los hábitos y el sentido del deber. Seguí con mi rutina de diseñador en una agencia de publicidad, donde ganaba lo indispensable para sufragar mis gastos, con la expectativa de mejorar mi sueldo con base en los resultados. Salía muy temprano a la calle, así evitaba un encuentro que sería molesto para ambos. Regresaba en la noche, sin dar oportunidad a interrogantes sin respuesta. Lo malo es que a esa hora, en el cuarto aledaño al mío, una pareja daba rienda suelta a sus amoríos recién inaugurados, motivando mis ganas de verla, sin pensar en las consecuencias. Debía masturbarme mientras escuchaba los elocuentes gemidos a través de la pared, para poder dormir y olvidar mis insanas intenciones.
Todo cambió la noche de Navidad de ese mismo año. Sentirme tan solo contribuyó a que se rompieran las barreras del raciocinio. Llegué pasada la media noche, después de haber convivido ese día con varios compañeros del trabajo, igual de solos que yo. Cada quien había tomado su rumbo, después de beber las últimas cervezas mientras comentábamos las incidencias del partido de futbol de esa tarde. No había manera de alargar las horas y evitar un regreso doloroso. Sólo pensar en el cuarto con fuerte olor a humedad, incluso más frío que la calle, me hacía sentir un vacío en el estómago, situación absurda después de haber comido y bebido de manera pantagruélica. La dueña de la casa, junto a su esposo, terminaba de limpiar en el comedor las huellas de la cena navideña. Subí a toda prisa la escalera para evitar saludarlos y tener que dar explicaciones por el incumplimiento del pago. El aguinaldo lo había gastado ya.
Me acosté a toda prisa, en una cama que me parecía odiosa por lo incómoda y por el olor a rancio que despedía, olor al que pronto me acostumbré, dormitando con un libro en las manos. Esa noche, seguramente la pareja vecina había salido. No escuché los jadeos intermitentes de todas las noches, que hacían volar mi imaginación enervando mis sentidos. Pronto me dispuse a dormir en espera de un nuevo día en el que pensaba salir muy temprano, escapar con mis escasas pertenencias. Sólo así podría evitar un desembolso que me dejaría sin dinero para pagar el costo del taxi y una noche en un hotel.
Cuando empezaba a conciliar el sueño, escuché leves golpes en la puerta. Me levanté con ánimo de sacar mi frustración con la casera. Tenía la certeza de que sería ella en busca del pago de mi deuda. Días atrás se me había insinuado coquetamente; quizás había decidido que si no le pagaba el alquiler con dinero, podría hacerlo con caricias que al parecer le negaba su marido. Yo no estaba dispuesto a sacrificarme así, aunque el arreglo habría sido provechoso. La mujer, cincuentona de cuerpo aún voluptuoso, piernas sensuales y grandes senos, me parecía demasiado vieja. En la empresa donde trabajaba me sobraban muchachas para retozar, sin complicaciones, cuando la oportunidad se presentaba. La mayoría eran jóvenes, como la inalcanzable y hermosísima vecina, “propiedad” de un hombre celoso y amargado.
Cuando abrí, la sorpresa me dejó paralizado. Era ella, cuya silueta se desprendía de la luz mortecina que entraba por la ventana. Sin esperar que le franqueara el paso me hizo a un lado y entró. Cerró la puerta, me abrazó y besó con una ansiedad que la hacía temblar y emitir suspiros. Estaba vestida con un corto negligé que mostraba en toda su belleza un macizo cuerpo escultural. De inmediato sentí una erección firme y respondí sus caricias con igual deseo. Nos acostamos en la cama y comenzamos una lucha sin tregua por espacio de varias horas. Sólo cuando nos dimos cuenta que la luz del día anunciaba el amanecer nos separamos y pudimos decir algunas palabras. Miré el reloj en mi muñeca izquierda y confirmé que las horas se nos habían ido sin sentir. Estábamos embarrados de sudor y fluidos seminales por todo el cuerpo. No nos habíamos levantado de la cama ni para ir a orinar. Me di cuenta que tenía ganas de hacerlo y me incorporé de un salto. Me puse una vieja bata encima y salí del cuarto para ir al baño, al fondo del corredor.
Cuando regresé, unos cuantos minutos después, ya no estaba. No quise seguirla, no tenía caso. Nos habíamos dado gusto, bebiendo de nuestros cuerpos un deseo acumulado largo tiempo. Eso era más que suficiente. Desistí de la idea de huir, no podía hacerlo después de haberla conocido plenamente, aunque ni siquiera sabía su nombre. Era tal mi cansancio que me quedé profundamente dormido y desperté hasta el medio día. Me bañé, sintiendo en mi cuerpo la emoción de sus caricias, así que tuve la necesidad de masturbarme. Salí de la casa con intensas ganas de verla, charlar con ella lo indispensable y saber si podríamos vernos nuevamente. Antes de salir a la calle me había detenido enfrente de su cuarto fingiendo abrocharme la cinta del zapato, atento a los ruidos del interior. No escuché más que los murmullos del silencio.
Pasaron varios días, lentos y pesarosos por la temporada navideña. Aunque yo seguía trabajando, el ambiente relajante hacía más parsimonioso el transcurrir de las horas. Llegó la noche de fin de año, regresé a la casa con el ánimo por los suelos luego de haber disfrutado de una tarde inolvidable en compañía de mis amigos, algunos paisanos de Yucatán que nos reuníamos en torno al más famoso de ellos: Rodrigo de la Cadena, quien nos ilustraba sobre la trascendencia del bolero mexicano, investido como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Ellos debían regresar a sus hogares a compartir la alegría de la cena familiar. Yo en cambio, un provinciano sin familia en la capital, debía aceptar mis circunstancias, so pena de caer en depresión, como me ocurría las últimas semanas. Apenas al entrar me dieron “ganas inmensas de llorar”, como dice una vieja canción. Me sobrepuse al pensar, con mi irremediable optimismo, que las cosas tendrían que ser mejores en los días y semanas por venir. Siempre me había ido bien cuando lograba superar los acosos de la melancolía.
Al pasar por enfrente del cuarto de mi amada misteriosa, no resistí las ganas de tocar la puerta, sin importarme las consecuencias. Pensé incluso que podría estar allí su amante, quien abriría la puerta pistola en mano y me daría de balazos. “Mejor, así me evitaría la pena de seguir en este mundo miserable”, pensé mientras tocaba. Cuando creí que no habría nadie y me disponía a caminar hacia mi cuarto, la puerta se abrió y apareció ella, vestida con una bata transparente que dibujó su cuerpo en el trasluz de la ventana. Ahora fui yo el que se abalanzó sobre ella con una avidez irrefrenable. Otra vez nos amamos hasta el amanecer, como dos seres que se están despidiendo de la vida y quieren aprovechar hasta el último segundo.
Verme en ese momento había sido un alivio para ella. Su amante la había dejado sola, obligado a estar con su esposa y sus hijos. Lo vería cuatro días después, cuando regresara de sus vacaciones en compañía de su familia. Dormimos hasta después del mediodía, satisfechos de haber juntado nuestra soledad, olvidados del mundo y sus mezquindades.
Ese día salimos como dos novios que se les hace corto el tiempo para acariciarse sin descanso. Quizá era un acto inconsciente, al saber en nuestro fuero interno que tendríamos que separarnos. Su amante volvería, seguramente con un sentimiento de culpa, y no la dejaría sola unos días. Así se terminaría nuestra loca aventura. Confirmaríamos que el signo distintivo de nuestras vidas era estar solos.
Su amante, un médico que viajó a la ciudad provinciana en que ella nació, un alto funcionario de la Secretaría del Bienestar de visita oficial en esa localidad, la observó mientras caminaba por una calle rumbo al hotel, ella a su casa. Su belleza lo hizo olvidar su responsabilidad profesional. La abordó para preguntarle el nombre de una calle (me lo comentó ella cuando le pedí me dijera cómo lo había conocido), continuaron caminando con él embelesado por su belleza. La invitó a tomar un helado y aceptó, al fin que tiempo le sobraba; además, nunca había conocido a un fuereño con su porte de hombre maduro. Ella, sin darse cuenta, acabó platicándole su vida, sin futuro ni perspectivas de cambio favorable, acompañando a su madre, viuda con dos hijas más, radicadas en Estados Unidos. Se habían marchado de su casa en busca de una vida mejor, ruta que seguramente ella debía seguir, mientras más pronto mejor.
Al día siguiente, él se propuso hablar con la madre de la muchacha. Su hija menor era ya una mujer que merecía mejor suerte. Él podía ofrecerle un futuro más promisorio, le dijo a la viuda, a quien conquistó con halagos y regalos durante dos semanas, lapso en que permaneció allí, un vez que su jefa lo autorizó a tomar unas vacaciones. No le fue difícil convencerla de que velaría por su hija, la ayudaría a mejorar su calidad de vida gracias a su posición en el gobierno; debía confiar en él, a lo que asintió al recibir un fajo de billetes de alta denominación. La muchacha, con tal de salir de una ciudad tan aburrida, aceptó la propuesta del licenciado, independientemente de todo razonamiento que se hizo.
Les dijo a las dos que la alojaría en casa de una tía, mientras buscaba un alojamiento adecuado para los dos; comentó que sería una acompañante ideal para mitigar la soledad de su pariente, quien cuidaría de ella como si fuera su hija. La mamá de la muchacha no se quedaría sola: una hermana le hacía compañía. El licenciado se comprometió a enviarle una mensualidad, argumento que acabó convenciendo a la viuda.
La llevó a casa de su tía, efectivamente; la convenció de alojarla en su casa mientras conseguía un sitio adecuado para verla sin restricciones; también la retribuyó con una suma satisfactoria. Allí permaneció dos meses, que se le fueron rápidamente, con la tía del hombre muy solícita con ella por ser viuda y por el abandono en que la tenían sus hijos. Pero para él era muy mortificante tener que verla en un hotel de paso, en el poco tiempo que tenía después de las horas laborales. Como debía ser muy discreto, aceptó el ofrecimiento de su viejo compañero de estudios; necesitado de dinero, con su mujer habían abierto una casa de huéspedes Desde entonces la hermosa muchacha debió permanecer en una pensión que la hacía sentir prisionera.
Lo odiaba en silencio, me lo confesó, por haberla sacado de su casa y usarla como un mueble que sólo se aprecia cuando es útil. Nada le faltaba, podía comprar todo lo que se le antojara, en compañía de la dueña de la pensión, a quien soportaba por ser una guía insustituible en una ciudad tan grande y complicada. Ahora me había conocido y sentía una emoción avasalladora. No quería separarse de mi lado; pero era imposible, ambos lo sabíamos. La casera sospechó de nuestro romance al ver nuestras miradas cuando nos encontrábamos en el comedor, para comer o cenar. Su desaprobación era por dos motivos: su coraje por mis rechazos a sus coqueteos, y por mi incumplimiento en el pago de la pensión puntualmente.
Pasamos días inolvidables, como una insospechada “luna de miel” que deseábamos no terminara nunca. Cuando regresó a su esclavitud dorada seguimos viéndonos a escondidas, aunque llegó el momento en que la casera nos vio amándonos, sin que nos diéramos cuenta. Ella, mujer despechada, debió haberle dicho al licenciado la realidad de la situación. Pronto sucedió lo que tenía que pasar. Nos espió y encontró en pleno romance, cuando regresábamos de cenar unos tacos. Yo no tenía idea de que la casera, al sentirse menospreciada, logró su objetivo de enardecer el orgullo del hombre maduro, quien le pagaba a tiempo el alquiler del cuarto con alimentos, además de buenas propinas por su papel de informante.
Una vez que confirmó la versión de la casera, al encontrarnos en la calle como dos novios encendidos por el contacto físico, y sufrir la humillación de su derrota como amante, no volvió a verla ni siquiera para darle un poco de dinero. Tal parecía que sólo esperaba un pretexto para deshacerse de ella. La casera se cuidó de cobrar por adelantado un mes de renta del cuarto de la muchacha. Lo único favorable es que ya no debimos cuidarnos de nadie, aunque no me permitió mudarme al cuarto de mi amada, hasta que no le pagara los dos meses que yo le debía. Pronto nos enfrentamos a la realidad: mi escaso salario no alcanzaba para los gastos de los dos. Se acabó imponiendo la agrietada contextura de lo cotidiano y nos obligó, sobre todo a ella, a despertar de un sueño color de rosa. Mientras mejoraba mi situación, lo mejor era que regresara al lado de su madre, no había otra salida.
Esa noche de nuestra despedida, a través de la ventana del hotel escuché, con un nudo en la garganta, el viejo y nostálgico bolero que remarcaba mi desgracia. Agradecí en silencio a quien tanto le gustaba y mucho encomiaba, Rodrigo de la Cadena, de ahí mi gusto inicial al escucharlo; no tenía empacho en oírlo como disco rayado, como si alguien adivinara mis pensamientos y quisiera compartir conmigo el dolor de saber que mi amada misteriosa se iría al despuntar el día. Así lo habíamos acordado; ninguno de los dos quisimos alargar nuestro adiós. Se opuso a que la llevara a la Central de Autobuses del Norte, no quise imponer mi voluntad, era mejor así. Aunque aceptó que le consiguiera un taxi, nos despediríamos antes de abordarlo.
Salimos del hotel, con los primeros destellos de luz del nuevo día. Estábamos esperando el Uber que llamé, cuando de improviso apareció una motocicleta con dos sujetos que no identifiqué. El que iba en la parte trasera disparó tres tiros con una pistola que ya llevaba en la mano y continuaron su veloz huida. Perdí el conocimiento sin saber que estaba herido, implorando a Dios que a ella no la hubieran dañado. Volví a tener conciencia de la realidad un día después; lo supe cuando una enfermera entró al cuarto donde estaba siendo atendido, en el Hospital Rubén Leñero. Le caí bien, me informó de mi situación; evadió mi pregunta sobre lo ocurrido a mi acompañante, no le insistí. Mi herida no era grave, la bala había entrado por el omóplato derecho y salido sin dañar huesos ni tejidos; aunque había perdido sangre, podría recuperarme en dos o tres semanas, gracias a la pronta atención recibida. Se prestó a darme apoyo al saber que yo no tenía familia en la capital. El recuerdo de mi amada desconocida me hizo rechazar su ofrecimiento; sólo le pedí que llamara a mi amigo más cercano en mi trabajo, lo cual cumplió ese mismo día. Como vivía solo en su departamento de dos recámaras, me dijo que podía estar con él mientras me curaba de mis heridas. Así lo hicimos, con el apoyo de la vecina que lo atendía, quien resultó ser yucateca.
Una semana después me sentí con fuerzas y ánimo para preguntar qué había sido de “mi esposa”, como le dije a mi paisana. Mi amigo ya la había informado de lo acontecido, no tuvo empacho en decirme que había muerto en el atentado. Un repentino piquete en el estómago y un nudo en la garganta me inmovilizaron; mi vida en la situación en que me hallaba no tenía sentido. Le pedí me dejara solo, debía reflexionar qué camino tomar; me sentía culpable de su muerte. Por la noche, platicando con mi amigo, me informó que había sabido que mi amada estaba en el Semefo, en calidad de desconocida.
Luego de trámites desgastantes y costosos, logré que me entregaran su cuerpo. El apoyo de mis compañeros de trabajo apuntaló mi fortaleza. La intervención de Rodrigo, mi paisano, fue determinante: el ministerio público que llevó el caso era un fanático del bolero, al verlo cambió su actitud y nos facilitó los engorrosos trámites. Tomé la decisión más sensata al no saber el nombre de mi futura suegra: incinerar a mi amada para entregarle, llegado el caso, las cenizas de su hija. Tenía la esperanza de que se comunicara conmigo, gracias al anuncio que pagué en un diario de Parral, ciudad donde había nacido.
Dejé pasar dos semanas, lapso suficiente para que se hubiera enterado del anuncio. Su imagen no se borraba de mi mente, mi tristeza era más notoria cada día, así como mi rendimiento en el trabajo. No tenía un mínimo interés en indagar los móviles del crimen, nada ganaría con saberlo. Tomé la decisión de regresar a Mérida, no por temor a otro atentado, sino para arrojar las cenizas al Mar Caribe, que ella quería conocer cuando nos volviéramos a juntar, una vez que mi situación cambiara y pudiera ir a buscarla para vivir sin sobresaltos.

















