Ciudad de México, septiembre 8, 2026 11:12
Nancy Castro

Cuando la pantalla se convierte en arma

“El acoso, la humillación pública, los ataques sobre la apariencia física y los mensajes que incitan a la violencia sexual forman parte de un paisaje que se ha vuelto demasiado cotidiano en la pantalla…”

POR NANCY CASTRO

MADRID. Hay una violencia que no deja moretones, pero puede acompañar a una persona durante años. Llega a través de una notificación. De un comentario. De un meme. De una fotografía compartida para ridiculizar a alguien. De una cuenta anónima que escribe aquello que quizá no se atrevería a decir mirando a los ojos.

Es la violencia que hemos aprendido a normalizar detrás de una pantalla. Los discursos de odio pueden dirigirse contra una persona o un grupo por factores de identidad reales o percibidos: religión, etnia, nacionalidad, raza, color de piel, ascendencia, género, idioma, origen económico o social, discapacidad, estado de salud u orientación sexual. El problema comienza cuando dejamos de reconocerlos como violencia.

Cuando llamamos broma al racismo. Cuando llamamos opinión a la discriminación.

Cuando llamamos libertad de expresión a la humillación. Y cuando, finalmente, llamamos sensibilidad excesiva al dolor de quien ha sido convertido en blanco.

Las redes sociales han transformado radicalmente nuestra manera de relacionarnos. A partir de la pandemia, internet dejó de ser solamente una herramienta complementaria para convertirse en uno de los principales espacios de convivencia, información y comunicación. Allí trabajamos, discutimos, nos enamoramos, nos informamos y construimos una parte de nuestra identidad. Pero también allí se nos insulta. Se nos juzga. Se nos amenaza. Se nos reduce a una fotografía, a un cuerpo, a un color de piel, a una nacionalidad o a una opinión.

Y lo verdaderamente preocupante es que quienes están creciendo dentro de esta nueva forma de convivencia son los adolescentes. Junto con las mujeres, las adolescencias son hoy uno de los grupos más expuestos a distintas formas de violencia digital. El acoso, la humillación pública, los ataques sobre la apariencia física y los mensajes que incitan a la violencia sexual forman parte de un paisaje que se ha vuelto demasiado cotidiano.

Lo cotidiano, sin embargo, no debería confundirse con lo normal.

Enmascararse detrás de una pantalla para propagar odio se ha convertido en una práctica habitual...”

Enmascararse detrás de una pantalla para propagar odio se ha convertido en una práctica habitual. El anonimato ofrece una sensación de impunidad: perfiles falsos, nombres inventados y cuentas creadas exclusivamente para atacar. Desde ahí se disparan palabras como si no tuvieran consecuencias.

Pero las tienen.

A propósito del Día Internacional para la Prevención del Suicidio, resulta inevitable preguntarnos qué estamos haciendo con las nuevas generaciones. ¿Qué ocurre cuando un adolescente recibe durante semanas o meses mensajes que ridiculizan su cuerpo, su identidad, su orientación sexual o su origen?

¿Qué ocurre cuando abrir una aplicación significa exponerse nuevamente al juicio de cientos de desconocidos?

La violencia digital no desaparece cuando se apaga el teléfono. Permanece en la memoria. Se instala en la autoestima. Modifica la percepción que una persona tiene de sí misma.

Y, en algunos casos, el silencio se vuelve insoportable.

No todos los adolescentes expresan lo que les ocurre. Algunos aprenden a convivir con la violencia porque no conocen otra forma de relacionarse.

Otros la minimizan. Otros sienten vergüenza. Otros creen que el problema son ellos. Hasta que la agresión se normaliza. Hasta que pedir ayuda parece imposible. Hasta que nadie se da cuenta de la dimensión del daño.

En México, las cifras del ciberacoso deberían obligarnos a mirar el problema con mayor seriedad. Según datos del INEGI, tan solo en 2025, 19.4 millones de personas mayores de 12 años sufrieron alguna forma de violencia cibernética.

No estamos hablando de casos aislados. Estamos hablando de millones de personas.

Mientras tanto, se discute la posibilidad de limitar o prohibir el uso de dispositivos electrónicos en las escuelas. La medida puede tener sentido, pero plantea una contradicción: ¿cómo pretendemos regular en el aula aquello que, en muchos hogares, está permitido sin límites?

El problema no es únicamente cuánto tiempo pasan los jóvenes frente a una pantalla.

El problema es qué encuentran cuando están allí.

Y, sobre todo, qué herramientas les hemos dado para enfrentarlo.

No podemos pedirles que abandonen un mundo digital que los adultos construimos sin enseñarles a reconocer la manipulación, la violencia, el discurso de odio y la desinformación.

Tampoco podemos exigirles responsabilidad mientras las propias generaciones adultas convierten las redes sociales en campos de batalla.

Porque el odio no es patrimonio de los adolescentes. Lo aprenden observándonos.

Lo reproducen después.

En México existe, además, una violencia particularmente arraigada: el racismo que ejercemos entre nosotros mismos.

La obsesión por el color de piel, la valoración de los rasgos europeos sobre los indígenas y la idea absurda de que una piel más clara representa una forma de superioridad siguen profundamente instaladas en nuestra cultura.

“Hay que mejorar la raza”.

“No tiene la culpa el indio…”.

La utilización de la palabra indio como insulto.

Miles de memes que convierten el color de piel en motivo de burla.

Nos reímos. Compartimos. Repetimos.

Y así perpetuamos una violencia que después fingimos no comprender.

Las redes sociales no inventaron el racismo, la misoginia ni la xenofobia. Lo que hicieron fue proporcionarles un altavoz.

Un prejuicio que antes podía quedarse en una conversación privada ahora puede alcanzar a miles de personas en cuestión de minutos.

Una mentira puede viralizarse. Una humillación puede multiplicarse.

Una fotografía puede perseguir a alguien durante años.

Las grandes empresas tecnológicas han desarrollado mecanismos para denunciar contenidos y combatir determinadas expresiones de odio. Pero las plataformas no pueden resolver por sí solas un problema que pertenece también a la sociedad.

Porque detrás de cada algoritmo hay personas que consumen, comparten y celebran esos contenidos.

Detrás de cada mensaje viral hay alguien que decidió escribirlo.

Y detrás de cada ataque hay una persona que puede resultar profundamente herida.

Quizá hemos olvidado algo elemental: la pantalla no elimina la responsabilidad.

Que no veamos el rostro de quien recibe nuestras palabras no significa que esas palabras no lleguen. Llegan. Y lo hacen para quedarse

El debate sobre las redes sociales no debería limitarse a prohibir teléfonos en las escuelas o a contar las horas que pasamos conectados. Necesitamos hablar de educación digital. De empatía. De responsabilidad. De los límites entre la libertad de expresión y la violencia.

Necesitamos enseñar a las nuevas generaciones que no todo lo que puede decirse debe decirse. Que una opinión no justifica la humillación. Que una broma deja de serlo cuando degrada a alguien. Que un meme también puede ser violencia.

Y, sobre todo, necesitamos recordar que detrás de cada perfil hay una vida, una historia. Una vulnerabilidad que desconocemos. La libertad de expresión es un derecho fundamental que no debería convertirse en la excusa perfecta para destruir al otro.

Quizá el mayor desafío de nuestro tiempo no sea aprender a desconectarnos de las pantallas.

Tal vez sea aprender a no convertirlas en armas.

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