Ciudad de México, julio 18, 2026 19:22
Revista Digital Abril 2026

Un cuartucho de aromas hipnóticos donde el amor echó raíces

“Donde comen cinco, comen diez. Donde comen diez, comen cincuenta. Así eran las matemáticas en este espacio. Así era y es la lógica hasta estos días”.

POR RIVELINO RUEDA

Puede que las raíces del inmenso árbol lechoso, ese que creció descomunal en la esquina del pequeño patio de la casa, le haya dado un cierto aire de camaradería al cuartucho de vapores impávidos que yacía a sus pies. Quizá su sombra morada y los insípidos halos solares que se colaban en el verano inspiró las recetas espirituosas de mamá.

Pero también puede que haya sido el puntual graznido de los trenes que iban y venían de Buenavista los que amalgamaron el amor que emanaba de ese sitio de aromas hipnóticos, de charlas punzantes, de sangre y sal gratinadas por las melodías que se sintonizaban en ese radio destartalado, carcomido de voces y de carraspeos hertzianos.

Afuera el chasquido de la lluvia, el rumor del caracol que brota de la tierra, el petricor que estremece y zarandea las telarañas en el techo. Adentro el arrullo de la olla humeante, del comal tiznado, del guiño cómplice entre hermanos, entre Dolores y Mónico, entre los que se suman al ritual del reparto entre iguales.

El comedor vacío, intacto. El cuartucho con ventanales de vahos eternos apapachando a todos. Donde comen cinco, comen diez. Donde comen diez, comen cincuenta. Así eran las matemáticas en este espacio. Así era y es la lógica hasta estos días.

Era el sitio donde se revisaban los mapas para la batalla cotidiana. Ahí se planeaba la estrategia para la ofensiva del día a día, entre el insufrible huevo tibio, la hechura de la trenza, el retiro de la lagaña nocturna, la boleada del zapato, el aplacamiento del cabello necio…

Y de fondo la estación de radio que anunciaba la hora minuto a minuto… “Chocolates Turín, ricos de principio a fin”… “Carlos Cerro, El Hombre Bomba no tiene sucursales”… “Haste Haste. La Hora Haste… Son las siete de la mañana con cuarenta y cuatro minutos”… “Chocolates Turín, ricos de principio a fin”…

Los ruidos que se suceden a lo largo del día desde esa caverna de confidencias, de sinceramientos, de acompañamientos perpetuos. Huele a tortuga vieja y a perico rezongón. A semilla de girasol y a alga marina. Huele al perro que dormía debajo del coche de papá y que entraba a casa todas las mañanas para pasar ahí el resto del día.

Huele a fruta madura, a café sanador. Ronronea esa uña luminosa que es la luna. Ronronea el gato vagabundo en el crepúsculo naranja y violeta. Ronronea el pocillo que acurruca al volcán en ebullición. 

Huele al cigarro de mamá y al tufillo de almendras que se desprendía de la piel de papá. Huele a la sonrisa de Marifer y a la travesura de Beto. Huele a cosmos. Ese arroz con un huevo estrellado huele y sabe a cosmos. Esa salsa verde y ese pan con mantequilla son el mismísimo cosmos.

La madera de la mesa cruje. La radio da la hora. El amor se ensancha. La cocina no cierra. Nunca cierra. Es el cosmos. Es nosotros. Es todos…

***

Ocurrió lo mismo años más tarde. Los niños crecieron y el cuartucho que despedía aromas celestiales se transformó en el vórtice de un huracán de dudas, de incertidumbre, de miedos y frustraciones de adolescencia.

Pero también de alegrías, de certezas, de amor y de escucha, harta escucha. Por el salitre de las paredes y por las rendijas de la herrería longeva brotaban pequeñas florecillas rojas. Había vida. Había un largo camino para plantarle cara. La cocina palpitaba con nosotros, con los nuestros.

Por esas finas grietas se colaron los nuevos tiempos. Por ahí, por los poros de los ventanales se iluminó el cielo de anaranjado en noviembre de 1984 con la explosión de San Juan Ixhuatepec. La raquítica radio de mamá nos llevó de la mano en esos años inciertos.

Por ahí las paredes y los cimientos crujieron violentos en septiembre de 1985 por los terremotos. Por ahí también se metieron los tiempos de cambio en el país, el implacable estremecimiento que provocaron esos elepés que emanaban los acordes de las bandas del rock mexicano; el enamoramiento entre los tendederos y el árbol lechoso; el ron, la cerveza, la marihuana; los cigarros robados a mamá.

Un diluvio de agosto en horas de la madrugada dio el primer y último aviso. La savia y la resina del gigante de leche en el patio ya había tapado coladeras y drenajes. Las partículas suspendidas por toda la casa en la transición entre la primavera y el invierno agravaba, año tras año, la fiebre de heno de Beto.

Las raíces del Goliat de hojas cuasi púrpuras y flores de sangre estaban triturando los cimientos de ese hogar que fue de los abuelos.

La tormenta bíblica arrasó con libros, muebles, fotografías, ropa, zapatos, pero también sacó a flote objetos que se creyeron perdidos para siempre. Una tortuga que desapareció años atrás flotaba a sus anchas en medio de los remolinos de la tragedia.

El bardo comenzó temprano. El serrucho lacerante, el pico y la pala punzantes. Las raíces que truenan allá abajo, lastimeras, impávidas. Las puntas de maguey en las pupilas, en los pesados párpados; en las manos indefensas.

Las filosas espinas que penetran hondo, que ponen fin a una época. No puedo con esto. Abrazo por última vez al gigante. Me voy. No vuelvo en tres días.

***

Las vértebras de mi columna encajan a la perfección en el quicio de la puerta. Ahí me sostengo. En una mano, un vaso de ron casi vacío. Entre los dedos de la otra mano, el cuarto cigarro de la segunda cajetilla. Otro café negro. Otra aspirina. Otro murmullo en el subsuelo.

Es mediodía. El azul metálico del cielo es cegador. La cocina está vacía. No tengo hambre. El ron sana un poco la ausencia del gigante lechoso. Ahí está su huella. Ahí está la herida abierta. Las volutas de humo ascienden con pereza. Todo brilla en este cuartucho. Hoy no hay nadie con quien platicar. El oleaje en este muelle apabulla.

La sombra morada se acabó en este sitio y ahora la luminosidad lo devora todo. Descienden lágrimas. El trino fugaz de un ave perdida. Huele a nostalgia. Pesa el recuerdo. Duele. La radio que nos acompañó en esta ruta, la cochambrosa, la sin antena, la que ya sólo carraspeaba, fue desplazada por ‘Alexa’, el aparatito con la voz dulce de una mujer que luego se pelea con mamá.

Pero ahí queda esa voz, revoloteando entre estas viejas paredes. Y quedan los miles de ecos que aquí reposaron el alma, la sed y el hambre. El accidente de Marifer en la mesa que la llevó al hospital y la devolvió con doce puntos de sutura en el mentón.

Queda el abrazo y el apapacho de todos los que cruzaron este umbral. Quedan todas las predicciones exactas de mamá, en ese sitio, sobre el estado de gravidez de su hija y sus nueras, antes que lo confirmara la prueba del embarazo. Ahí, cocinando alguna de sus exquisiteces, detectó en el rostro de esas mujeres que dentro de ellas se gestaba una vida, una nieta o un nieto.

Apuro el ron y el ronquido etéreo del árbol lechoso me inquieta. La sal y el ajo de otros tiempos pican profundo en las fosas nasales. La naranja partida en dos y el chocolate espeso se derraman…

En aquel rincón donde creció caprichoso el gigante de las sombras violáceas se sentó papá dos días antes de morir. Ahí estaban los dos, imponentes, amorosos, únicos, sanadores. Y desde acá adentro, desde la cocina, los observamos y escuchamos las notas que salen de una radio destartalada.

@RivelinoRueda

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