Ciudad de México, noviembre 27, 2022 23:21
Opinión Revista Digital Junio 2022 Rodrigo Vera

El Galgódromo de la Colonia Del Valle

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… Y a la del Valle llegaba gente de distintos puntos de la ciudad: aficionados a las carreras, apostadores profesionales, curiosos y vendedores ambulantes.

POR RODRIGO VERA

¡Nada!… ningún rastro queda del famoso Galgódromo de la Colonia del Valle que, en los años veinte del siglo pasado, en plena época callista, congregaba a la clase pudiente de la ciudad de México para ver competir a los flaquísimos “greyhounds” que corrían a más de cincuenta kilómetros por hora, persiguiendo a una liebre mecánica hecha de cartón y piel de nutria.

Era entonces un espectáculo muy en boga importado de Inglaterra y Estados Unidos. De ahí que entre su público más asiduo se encontraran miembros de las colonias inglesa y estadunidense radicados en la ciudad de México… pero también diplomáticos, empresarios, encumbrados políticos del callismo y altos mandos del ejército mexicano, según relatan las crónicas periodísticas de la época.

Se encontraba el desaparecido galgódromo en el área donde hoy se cruzan la avenida Coyoacán y la calle Matías Romero. Actualmente, aparte de edificios de departamentos y casas habitación, por ahí hay una tienda de pinturas Comex, el restaurante El Chivito de San Cosme, un comercio de empanadas argentinas, algunos talleres mecánicos y otros restaurantes con servicio a la carta o comida corrida. Un rumbo de calles asfaltadas con semáforos en las esquinas para ordenar el interminable flujo de automóviles.

Muy distinto era el entorno del Galgódromo de la Colonia del Valle, según se aprecia en las viejas fotografías de aquellos años: un horizonte despejado circundaba a la pista de carreras, sin ningún edificio que bloqueara la vista.

Una de las carreras de galgos en la Colonia Del valle. Foto: INAH / Especial

Solo se veían arboledas a lo lejos.

Y sentados en las gradas, los elegantes señores iban de traje y corbata con finos sombreros de ala corta cubriéndoles la cabeza. Los acompañan sus pequeños hijos y sus esposas enjoyadas, luciendo largos vestidos. Se notaba un ambiente familiar.

Otra foto muestra a una joven esbelta y vestida a la moda de entonces. Es una dama rica. Está de pie. Con sus dos manos sujeta las correas que agarran del cuello a cuatro finos galgos que observan la cámara del fotógrafo. Están en medio de una amplia explanada del galgódromo.

Más Fotografías publicadas en los periódicos El Nacional, El Universal y en la revista Fantoche, muestran a los veloces galgos –algunos traídos de Inglaterra— corriendo por la pista de tierra bordeada por vallas de madera y alambre.

Se les mantenía ágiles debido a una dieta de huevos, espinaca y zanahorias, y a que se les sacaba a caminar por la mañana y al caer la tarde. Sus músculos se conservaban “tonificados” debido a friegas de alcohol. Descansaban en compartimentos especiales con acolchonado piso de paja, construidos en un anexo del galgódromo.

El 19 de abril de 1929, El Universal informaba que al día siguiente daría comienzo la nueva temporada de galgos, bajo la tutela de la Compañía Mexicana de Carreras, donde competirían 250 de los “más finos y veloces ejemplares”.  

El público podía apostarle a cualquiera de los ocho lebreles que estarían compitiendo en siete carreras distintas. Carteles pegados en distintas partes de la ciudad de México – en vitrinas y paredes, aquí y allá— o publicados en los diarios capitalinos, invitaban a las carreras en el Galgódromo de la del Valle. “Este nuevo deporte tiene electrizados a los públicos de Europa y de Estados Unidos…

¡En México hará época!”, decían los impresos.

En esas temporadas había carreras todas las noches de entre semana, comenzaban a las 20:30 horas. Y sábados y domingos a las cuatro de la tarde. La “entrada general” costaba dos pesos; un palco con seis lugares, 18 pesos; y un palco para ocho personas, 24 pesos.

… Y a la del Valle llegaba gente de distintos puntos de la ciudad: aficionados a las carreras, apostadores profesionales, curiosos y vendedores ambulantes. Las taquillas de pronto se atiborraban. Los boletos llegaban a agotarse. Hasta se daba el fenómeno de la “reventa”, según cuentan las crónicas.

En el galgódromo había además grandes festejos conmemorativos. El 4 de julio de 1930, por ejemplo, la colonia americana celebró ahí el día de la independencia de Estados Unidos. Asistió el entonces embajador de ese país en México, Dwight Whitney, y el presidente Pascual Ortiz Rubio, quien gobernaba bajo las instrucciones del general Plutarco Elías Calles.

Público en las tribunas del Galgódromo. Foto: INAH / Especial

Pero en diciembre de 1931 una tragedia vino a acabar con el concurrido centro de espectáculos: un fuerte incendio lo consumió en llamas. Acabó con todo. Y durante años sus amplias extensiones estuvieron prácticamente en el abandono, aunque eran muy codiciadas por los desarrolladores inmobiliarios.

Fue hasta 1939 cuando se lotificó el área. Empezaron a venderse los terrenos para levantar ahí el Fraccionamiento Jardín Colonial, con el gancho publicitario de que era un lugar paradisíaco escogido por los conquistadores españoles, además con la ventaja de que “los mejores tranvías” lo conectaban con otros puntos de la capital. Y la mancha urbana comenzó a transformar el lugar.

Ahora, un siglo después de aquellas carreras de “greyhounds”, un deambula por esa zona de nuevos departamentos “en venta” o “en renta”, con ventanales de aluminio, y obviamente no encuentra ningún rastro de aquel galgódromo consumido por las llamas… ¡imposible!

Eso sí, en la esquina que conforman las arboladas calles de Matías Romero y Martín Mendalde, sobre un amplio camellón, se conserva un viejo arco de piedra que dice “Jardín Colonial”; vestigio del fraccionamiento construido en el área del galgódromo. Es todo.

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