Ciudad de México, octubre 1, 2026 08:39
Revista Digital Octubre 2026

Háblame como las avispas en primavera

“Les pedí que llevaran mi mensaje hasta él: que escriba, que hable que no deje que el silencio termine de contar nuestra historia…”

POR NANCY CASTRO

—Háblame como las avispas en primavera. ¡No te vayas, Cacha!, porque si lo haces las confundo con mariposas, luego me da por agarrarlas y me pican.

—¿Ya empezaste con tus cosas?, todo lo que haces para llamar mi atención. No soporto ver tu cara de zapato viejo. Me quedo un rato…nada más un ratito, eh. Así es que tienes treinta minutos para quitar esa cara…

—¡Qué cruel! No quiero disimular estar bien, y contigo no necesito hacerlo.

—Lo sé… solo que no me gusta verte así… Tu cabeza es tan rara, siempre me ha parecido que le falta un cacho…

—Quizá por eso me mordiste cuando era bebé.

—¿Te acuerdas?

—¿Como me voy a acordar, Cacha?, ni tú te acuerdas. Tenías tres años cuando me dejaste tus dientes marcados para siempre en mi frente. ¿Ya viste la marca?

—Sí, que dientes tan inquietos y pequeños tenía.

—¿Qué te hiciste en el pelo?

—Anudármelo.

—¿Por qué o para qué?

—Es un pacto  que hice con las estrellas que siempre vimos juntos, las que quedaron encendidas mientras nosotros dormíamos noche tras noche durante los últimos mil noventa y cinco días. Les pedí que llevaran mi mensaje hasta él: que escriba, que hable que no deje que el silencio termine de contar nuestra historia. Hice ocho nudos por cada mechón para que ninguna palabra se perdiera en el camino. Veinticuatro nudos. Veinticuatro esperanzas colgadas de mi pelo.

—¿Y qué pasó?

—Nada. Solo soñé  con él. Los nudos siguen.

—Lo siento ¿ Y qué soñaste?

—Lo veía cruzar una calle, enfadado con esa cara dura que ponía cuando no lo podía sacar de sus ideas fijas. No me veía, pero cuando por fin nos miramos, cambiaba el rostro, sonreía.

—¿Y qué pasaba?

—Nos abrazamos, nos miramos, por un momento sin decir nada pasamos al pacto de ser amigos.

–¿Eso es lo que quieres tú?

–No sé, Cacha. Por ahora siento rabia. Quiero decirle muchas cosas.

—¿Qué quieres decirle?

—¿Que cómo es posible que viva de hacer interpretaciones?, ¿en qué momento dejamos de escucharnos. Necesito aclarar esto para estar en paz.

—¿Necesitas de sus respuestas para estar en paz?

—Creo que sí, ha hecho una versión de mi, y se ha atrevido a tergiversarlo todo, de una situación mínima ha hecho una monstruosidad, al grado de anularme. Ni siquiera se atrevió a preguntarme si era verdad aquello que le dijeron, dio por hecho cosas. Explotó en un ataque de rabia y no me tomo en cuenta, eso es lo más doloroso.

—Bueno no le cedas el derecho de habitar esa versión, tú mejor que él sabe lo que pasó. Su ceguera y sordera no es tu problema… ven, bichejilla. Siento que estés pasando por esto…

—Háblame como las avispas en primavera. Quiero reír

—Zenziaaamenziiiiaaa.

—Jajajaja pon ojos de borrego a medio morir.

—Meeeeh, zenziaaaamenziiiiaaa. Aunque a ti te salen mejor los ojos.

—Jajajajajaja. ¿Cómo logras hacer caras y sonidos tan diferentes?

—¡Qué ganas de regresar a la casa del caracol!

—Sí, la verdad, sí, Cacha. Jugábamos a cosas imposibles, y ahí estábamos entre barro, hojas resbaladizas… siendo felices.

—No estés triste

—No me cabe otra cosa aquí.

—¿Y si le mientes a la mente?

—No me sale mentirle.

—¡Hazlo!

—Piensa que te ha pasado la cosa más extraordinaria.

—Pero no es verdad. Me ha pasado la cosa más espantosa.

—Pero dile a la mente que estás feliz, ¡miéntele!. Déjate en paz ese pelo.

—Cada nudo es una súplica, para que él llame, cada nudo es un reclamo por no tomarme en cuenta.   Cada nudo representa las veces que me dijo que siempre estaría. ¿Donde está? ¿Qué miras?

—Los nudos. Uno, dos, tres…

—Aquí.

—¿Aquí dónde?

—Está contigo, aquí.

—No es lo mismo.

—Ya sé. ¿Sabes qué pasa con las avispas en primavera?

—¿Qué?

—Que salen cuando todavía hace frío. Se creen que el mundo ya está listo para ellas.

—¿Y no lo está?

—A veces no.

—¿Y qué hacen, Cacha?

—Vuelan de todos modos.

—Jajajaja. Eso no tiene sentido.

—Tú tampoco tienes mucho sentido y mírate cómo estás.

—¡Cacha!

—¿Qué?

—No me hagas reír.

—¿Por qué?

—Porque si me río voy a llorar.

—Entonces ríete.

—No quiero.

—Pues llora.

—Tampoco.

—Pues haz las dos cosas.

—Infla los cachetes, Cacha.

—Levanta una ceja.

—Ahora te toca hacer cara de borrego a medio morir.

—¡Meeeeh!

—¡Zenziaaaamenziiiiaaa!

—Jajajajaja

—Cacha.

—¿Qué?

—¿Tú crees que va a llamar?

—No lo sé.

—Quiero que llame

—Ya sé

—Quiero que me diga que se equivocó.

—Ya sé

—Quiero que me pregunte qué pasó en vez de decidirlo por mí.

—Ya sé

—Quiero que vuelva a ser el de antes.

—Eso no sé si se puede. Un nudo se está aflojando

—¿Y entonces para qué los hice?

—Quizá no eran para que él volviera.

—¿Para qué eran?

—Para que tú pudieras decir todo lo que no dijiste.

—Pero yo quiero que él lo escuche.

—Quizá algún día.

—¿Y si no?

—Entonces tendrás que aprender a escucharte tú.

—Eso suena horrible.

—Un poco.

—No me gusta.

—A mí tampoco.

—Pero mira.

—¿Qué?

—Ya no tienes que pedirle a las estrellas que hagan el trabajo por ti.

—¿Y qué hago con los nudos?

—Los deshaces.

—No puedo.

—Uno por uno.

—Son veinticuatro.

—Entonces a deshacer  veinticuatro.

—¿Y si mientras los deshago me acuerdo de él?

—Te vas a acordar.

—¿Y si me duele?

—Te va a doler.

—No ayudas mucho.

—Nunca dije que fuera buena para esto.Pero puedo quedarme.

—¿Cuánto?

—Lo que quieras.

—¿Treinta minutos más?

—Treinta minutos.

—¿Y luego?

—Luego otros treinta.

—¿Y luego?

—Ya veremos.

—Ay!Despacio.

—No sale.

—Sin forzar que duele

—Él tampoco salía.

—¿Qué quieres decir?

—Que quizá por eso lo até.

—¿Para retenerlo?

—Para que no se fuera.

—Pero se fue.

—Sí.

—Y sigues aquí.

—Sí.

—Entonces quizá eso es lo que tenemos que celebrar.

—¿Qué?

—Que aunque alguien se vaya, tú no te vas con él.

—¡Uno!

—El siguiente, yo.

—Quedan veintitrés. ¡Anda!!

—No sé si voy a poder, Cacha.

—¡Zenziaaaamenziiiiaaa!

Volvimos a reír.

Mientras deshacíamos los nudos, por un instante muy pequeño, casi invisible, sentí que algo se aflojó también dentro de mí. Debía ser  la primavera entrando por alguna parte. Esta vez no traía la incandescencia de los amores que se plantan para florecer, sino la certeza de  que, como las avispas, aún sé volar.

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