Hedor entre la luna llena
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Un sicario de barrio sobrevive a una ejecución y emprende, bajo la luz de la luna llena, una caminata desesperada de regreso a la ciudad. Mientras avanza entre el lodo, el frío y un hedor que no consigue quitarse de la nariz, intenta descubrir quién ordenó la muerte de sus compañeros y por qué ellos terminaron convertidos en víctimas de la misma violencia que ayudaron a ejercer.
POR GUILLERMO FABELA QUIÑONES
Sólo quedo yo de los cuates que empezamos juntos a repartir madrazos, con licencia pa´ matar y protección de mero arriba. Conmigo éramos cuatro, todos del mismo barrio de Iztapalapa, casi de la misma edad y los mismos gustos. Sin ellos me siento como huérfano, sin ganas de salir a la calle ni de buscar una buena nalga que me ayude a olvidarlos. No tiene caso perder el tiempo en mafufadas cuando tengo claro que me partirán el hocico; lo bueno es que mis compas ya no tienen de qué preocuparse. Ahorita me doy cuenta que no tengo a nadie que me eche un puño de tierra, si acaso encontraran mi cadáver tirado en una zanja, en el canal de aguas negras o destripado al fondo de un barranco. Qué bueno que se petatearon juntos, yo me salvé de puro milagro al caer primero, con Fidencio y Gonzalo y su cara de muertos verdaderos encima de mí. A punto estuve de gritar por un fuerte dolor en la sien derecha; me aguanté, consciente de que un simple movimiento me delataría.
Después de los balazos se hizo un silencio que más me aturdió; sólo podía escuchar tamborazos que retumbaban en mi cabeza. Se me hizo eterno el tiempo que se tardaron en arrojarnos como bultos a una camioneta cerrada tipo Suburban. Se puso en marcha, me quedó claro que nos llevaban a tirar a otro lugar. Los cuatro fulanos que nos balacearon, uno de ellos el que nos daba instrucciones de cómo y dónde debíamos sumarnos a las marchas, se aseguraron de que estábamos en el fondo del despeñadero; dieron media vuelta y se alejaron sin prisa. Abordaron la camioneta entre carcajadas por la babosada que dijo uno de ellos, referida a la forma en que quedamos los cuatro al caer en la hondonada, cuyo hedor nauseabundo me hizo vomitar cuando ya se habían marchado. Me quedé pensando si la camioneta era la misma, o igual, a la que usábamos cuando nos llevaban a cumplir nuestra tarea de hacer bulla en las calles del centro.
Luego que mi estómago quedó tan vacío que pensé vomitaría un pedazo de intestino, me incorporé con esfuerzos nunca antes hechos en ninguna circunstancia, llorando como no lo hice ni de niño. Me aseguré de que yo era el único con vida y empecé a trepar por la ladera que me pareció menos lodosa. Dos veces estuve a punto de caer por lo resbaladizo del terraplén, tapizado de guijarros filosos, sintiendo que me desmayaría en cualquier instante, oliendo una fetidez que siguió en mi nariz todo el tiempo. Esa inquietud por salir de lugar tan infernal me dio fuerzas pa´ seguir subiendo, con desgarres por los pedruscos en manos y rodillas. Al llegar al borde, sin aliento y moqueando como escuincle; me sentí aliviado y tan vivo que sentí ganas de gritar, pero me dio un vahído y perdí el conocimiento unos minutos; no creo que fuera más tiempo, al ver el cielo y comprobar que seguía la misma oscuridad, la luna en el mismo sitio que cuando la camioneta se detuvo y miré hacia arriba, seguro de que esa sería la última vez que vería la luna llena, tan brillante como nunca antes la había visto.
Comprobé que estaba fuera de la ciudad, en un lugar desconocido y despoblado. No tenía más opción que caminar en busca de un modo de transportarme a un lugar seguro. Mientras más pronto mejor, antes de que la adrenalina bajara su altísimo nivel. La herida en la cabeza era superficial, apenas un rozón que me sacó mucha sangre. El sangrado se había detenido, aunque las manchas en la ropa hacían suponer que el daño había sido tremendo. Lo bueno era que mi chamarra es de dos vistas, la voltee para evitar sospechas en el caso de que me encontrara con alguien más adelante. A mi derecha pude observar destellos de luz de la ciudad iluminando el horizonte. Me encaminé en esa dirección, con la idea de llegar antes del amanecer.
En la bolsa derecha del pantalón traía mi paliacate, el mismo que siempre usé en mis misiones como 007; me daba buena suerte, por lo mismo nunca lo quise dejar, aunque el jefe me ordenara usar el pasamontañas negro reglamentario. Nunca le hice caso, al fin que ya entrados en los madrazos nadie se ponía a ver detalles; además, todo el tiempo me cubrí la cabeza con mi gorra negra de lana chilena, excelente pa´ cubrirme de algún botellazo mal dirigido por mis propios cuates, como alguna vez sucedió. Pronto me olvidé de mis dolores, con ánimos renovados, al sentir en mis pulmones el viento de la montaña, escuchar claramente aullidos de coyotes, señal de que la ciudad aún estaba lejos. Me sentí obligado a no desfallecer, indagar quién dio la orden de partirnos la madre, la causa de tamaña chingadera, consciente de que no habíamos cometido ninguna pendejada, según nosotros.
La luz de la luna, con el cielo sin nubes, me permitió caminar con soltura en la dirección que me marcaba el destello en el horizonte. Hice un repaso de los acontecimientos del día, desde que nos juntamos en el café de chinos, en la calle Palmas, mientras llegaba la hora de reunirnos con el resto de compas para empezar a repartir cabronazos, ya bien mafufos con el chemo entre sorbos de café. El chino, desde el mostrador, se hacía guaje, a sabiendas de que dejarnos en paz era una garantía para la seguridad de su changarro. La primera vez que nos vio entrados en nuestra labor de aspiradora nos quiso correr, lo encaré y le dije lo que debía decirle: “Tranquilo chinito, no se meta con nosotros, le garantizamos que nadie dañará su negocio, uno de nosotros vendrá a cuidarlo pa´ evitar que lo chinguen”. Refunfuñó unos segundos, alzó los hombros y asintió con movimientos de cabeza. A partir de entonces ya no nos cobró.
Cuando nos presentamos con el jefe, en un edificio destartalado en la calle de Tacuba, a dos cuadras del Zócalo, nos pasó lista y nos señaló el sitio donde debíamos incorporarnos a la marcha. No le noté nada que me hiciera sospechar alguna mala intención. Es un ex policía, ahora con traje de burócrata se siente realizado. No puedo asegurar que él haya dado la orden de jodernos, nunca en un año y meses que lo conocemos le dimos motivo de disgusto. La orden vino de más arriba, pero no puedo atar cabos pa´ decir fue zutano o perengano. Por más que lo pienso, mientras camino, ya sin frío y con más seguridad, no encuentro un indicio que me señale qué clase de pendejada hicimos. Nunca tuvimos secretos Gonzalo y Fidencio; fuimos juntos a la escuela, los tres llegamos de panzazo a sexto año y de allí pal real nos pusimos a chambear. Si a uno lo corrían, era como si nos despidieran a los tres; si alguno cometía una pendejada, los otros dos la asumíamos como uno solo, igual que los famosos tres mosqueteros, apodo que se nos quedó con el tiempo. Ambrosio se nos unió después, apenas hace dos años. Lo aceptamos de común acuerdo, luego de tres meses de prueba, de pura lástima y porque era muy servicial. Además muy fuerte, pero muy babotas, dos cualidades que nos fueron de mucha utilidad.
Ahora recuerdo que hace una semana lo noté algo raro, muy inquieto, cuando siempre fue muy calmado. Lo comentamos Gonzalo, Fidencio y yo, coincidimos en que algo nos estaba ocultando. Lo invitamos a echarnos unas chelas, no aceptó con el pretexto de que su mamá estaba sola; su hermana, con quien vivían, internada en el hospital, muy jodida después de la golpiza que le dio su padrote. Gonzalo fue el de la idea de que fuéramos a partirle su madre al cabrón ese, nomás para confirmar si Ambrosio no nos estaba tomando el pelo. Confirmamos que decía la verdad. Aceptó, le cambió el rostro, se animó y nos dijo “pa´ luego es tarde”. Aceptó la chela y un cristalazo y nos fuimos a vengar a su hermanita, una hembra de buen ver que se enojó la primera y única vez que me quise mandar con ella. Su belleza imponía, pero más aún su mirada, como si odiara a todo mundo. Ahora teníamos chance de ganarnos su confianza, su amistad, y tal vez algo más. Recuerdo que pensar en la oportunidad que se nos presentaba, de tenerla en mis brazos, me dio tal ímpetu que no quise dejar para mañana lo que podíamos hacer de una vez. Ambrosio estaba feliz, nos trepamos a nuestras dos motos y nos fuimos en busca del alevoso, él señalando el rumbo que debíamos seguir.
Nos pasamos tres horas haciendo tiempo, en la casa de Gonzalo viendo en la tele dos películas de luchadores que siempre nos gustaron, cabeceando pero atentos a la hora. El fulano debía salir del restorán-bar en Tacubaya, donde era socio, un antro que a leguas se notaba su verdadero giro comercial, pasadas las tres de la madrugada. Yo creo que a esa hora todos los parroquianos ya habían salido. Llegamos a tiempo, cuando se despedía del guardia y se encaminaba al estacionamiento, a media cuadra del changarro. Antes de que se subiera a su carro le caímos de sorpresa, sin darle tiempo ni de tomar aire. Ambrosio le dio un golpe en la nuca que lo hizo caer como costal; intentó pararse, pero antes le di una patada en el estómago que lo obligó a doblarse, sin poder respirar. Lo seguimos tundiendo hasta que ya no se movió. No transcurrieron ni dos minutos de la patiza; salimos del estacionamiento sin que nadie se interpusiera en nuestro camino, con ganas de haberlo seguido pateando.
Estoy seguro que nadie nos vio, el velador del estacionamiento se acurrucó en la caseta, no quiso meterse en líos con nosotros. El guardia del congal se había metido, como seguramente era su costumbre, confiado en que su jefe tenía palancas que lo protegían, mejor que andar con guaruras. Seguí cavilando sobre el tema, no sólo para espabilar el miedo, sino para convencerme de que Ambrosio no era el culpable de nuestra muerte. No fue nada fácil seguir caminando, ahora por mis cavilaciones, con un frío que agradecí porque me confirmó que no estaba en el infierno. Tres veces estuve a punto de tropezarme y caer como idiota; no sucedió, gracias a mis buenos reflejos, a la fortaleza de mis rodillas y a la convicción de ganar tiempo al tiempo. Me sentía obligado a llegar a la ciudad, no con ánimo de cobrar venganza sino de saber qué habíamos hecho mal, además de la pendejada de Ambrosio. Para el fulano ese no era difícil atar cabos; confirmamos que seguía vivo, en tanto que nosotros ahora estábamos bien fríos en el fondo de un barranco.
Una semana había transcurrido de la patiza que le dimos, lapso en que no nos ocurrió ningún incidente ajeno a nuestras rutinas. Horas antes habíamos participado en una marcha como tantas otras, con la orden de seguir juntos y prepararnos para una misión fuera de la ciudad. Más tarde, cuando nos trepamos a la camioneta, seguros de que haríamos un trabajo más como tantos otros, sin cuestionarnos nada nosotros mismos, no maliciamos que nos llevaban a matar.
En la camioneta nos acompañaban el chofer, de sobra conocido por nosotros, y cuatro desconocidos, todos con facha de cabrones, muy concentrados en su silencio; uno junto al chofer y los otros tres en el asiento trasero, nosotros apeñuscados en los de en medio. Empecé a sentir un vacío en el estómago cuando me di cuenta que salíamos de la ciudad por la carretera vieja a Cuernavaca. Mis compas se habían dejado ganar por el sueño, despertaron cuando la camioneta se detuvo, a fin de tomar por una brecha de terracería. No habían pasado más de diez minutos de tumbos y sobresaltos, frenó de pronto, los tres fulanos de atrás se apearon y nos ordenaron bajar, lo que también hizo el que iba como copiloto. Uno de ellos ordenó que lo siguiéramos, así lo hicimos, yo a punto de orinar, por lo que me detuve con ese propósito. Apenas tuve tiempo de desabrocharme la bragueta, sentí un fuerte dolor en la sien derecha y un hilo de sangre escurrió hasta mis manos. Una negrura total me cegó y abrí los ojos cuando estábamos, mis compas y yo, en el fondo del barranco.
Lo que ahorita me interesa es llegar lo más pronto a la ciudad, si lo logro ya es ganancia. Se me hace muy pesado que, por más que camino, los destellos de luz siguen igual de lejos y de repente como que la visión se me nubla. Sólo quiero que la luz del día me agarre entre calles conocidas, ya veré el modo de llegar a mi cantón. Me bolsearon bien y bonito y no traigo ni pa´ un pesero. Lo que más me disgusta es el hedor en la nariz que se me mete por todos los poros. Gracias a la luna puedo caminar sin toparme con algún agujero en el suelo lodoso, apresurar mis pasos antes de que me tope con gente que me confunda con un vago en busca de alguien a quien chingar. Seguro que la vida ya no será como antes, sin mis compas de siempre se me hace muy cuesta arriba lo que vendrá de aquí en adelante. Pero no tiene caso ponerme a pensar en el futuro, cuando es un hecho que ya estoy viviendo horas extras… ¡Menos con este hedor tan penetrante!
















