Ciudad de México, agosto 18, 2026 21:11
Francisco Ortiz Pardo Opinión

Malasaña, donde Madrid aprendió a desobedecer

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Pocos barrios europeos poseen un nombre tan hermoso como éste. Malasaña no recuerda a un rey ni a un aristócrata, sino a una muchacha de 17 años.

POR FRANCISCO ORTIZ PARDO

Deliberando sobre la portada de mi novela con mi fino editor-artesano, Alejandro Cabello —quien me concedió el privilegio de construir este libro a su lado en un proceso largamente conversado—, Mariana Leñero me hizo una pregunta que terminó cambiándolo todo.

—¿No tendrás, entre las fotografías que tomaste en tu viaje por Europa con tu padre, alguna que envuelva la historia?

No tuve que pensarlo. La recordé de inmediato.

Habían pasado apenas un par de meses desde aquel viaje que mi padre y yo hicimos por España, Francia y Portugal. De todas las ciudades que recorrimos, hubo una mañana en Madrid que quedó suspendida en mi memoria con una nitidez inexplicable: la de Malasaña. Lo digo sin pudor: fue una de las mañanas más felices de mi vida. No ocurrió nada extraordinario. Precisamente por eso fue perfecta. Y había un detalle que descubriría después: era el 2 de mayo, el Día de Madrid, la misma fecha que explica el nombre del barrio.

Llegamos caminando temprano, cuando los comercios apenas levantaban sus cortinas metálicas y los vecinos paseaban a sus perros entre calles todavía silenciosas. Malasaña tiene esa rara virtud de parecer íntima aun estando en el corazón de una gran capital. Uno no siente que atraviesa un barrio turístico, sino una ciudad que sigue perteneciendo a quienes la habitan.

Antes del mediodía nos sentamos a almorzar en la plaza de San Ildefonso, una plazoleta rodeada de edificios centenarios donde las terrazas acompañan el espacio en lugar de invadirlo. Pedimos una tortilla de patatas para compartir, unas tostadas con tomate y dos cafés largos. Fue un almuerzo sencillo, de esos que saben mejor porque no tienen prisa. Dejamos pasar el tiempo observando a los vecinos, a los estudiantes y a los ancianos que saludaban por su nombre al camarero. Hay lugares donde uno conoce una ciudad por sus monumentos; en esa plaza tuve la impresión de estar conociéndola por su respiración.

Cuando salimos comenzó a llover.

No era un aguacero, sino esa lluvia madrileña, fina y persistente, que va oscureciendo lentamente la piedra hasta volverla un espejo. En lugar de refugiarnos, seguimos caminando. Yo llevaba la cámara en la mano y empecé a detenerme en los detalles que hacían de Malasaña un barrio irrepetible: los grafitis que sobreviven donde la gentrificación todavía no consigue domesticar la rebeldía, los árboles pequeños atrapados entre banquetas estrechas, las bicicletas apoyadas sobre fachadas centenarias y los balcones de hierro que parecen asomarse a la calle desde hace más de un siglo.

En una de esas calles quedó la fotografía.

Los adoquines mojados reflejan las fachadas color miel y las luces tibias de los comercios; una joven cruza el primer plano bajo un paraguas negro mientras, al fondo, otros paraguas se diluyen en la perspectiva. Nadie mira a la cámara. Todo sucede con la naturalidad de una tarde cualquiera. Quizá por eso la imagen posee algo que las fotografías demasiado buscadas casi nunca consiguen: la sensación de que la ciudad seguía viviendo aunque alguien, por un instante, lograra detener un pedazo de tiempo.

Elegida la imagen comprendí que Mariana había visto antes que yo lo que esa fotografía escondía. No era solamente una calle de Malasaña después de la lluvia. Era la atmósfera de Honrar nuestro amor: la belleza de lo cotidiano, la memoria compartida con mi padre y esa melancolía luminosa que sólo poseen los instantes destinados a quedarse. Entonces dejé de buscar una portada. Descubrí que ya la había tomado aquella tarde, sin saberlo.

Pocos barrios europeos poseen un nombre tan hermoso como éste. Malasaña no recuerda a un rey ni a un aristócrata, sino a una muchacha de diecisiete años.

Manuela Malasaña era una joven bordadora del entonces llamado barrio de Maravillas cuando Madrid se levantó contra las tropas napoleónicas el 2 de mayo de 1808. Murió durante la brutal represión que siguió al levantamiento popular y terminó convirtiéndose en uno de los grandes símbolos civiles de aquella jornada. Durante más de siglo y medio el vecindario siguió llamándose Maravillas, pero la memoria popular acabó imponiendo el apellido de aquella joven hasta bautizar definitivamente al barrio. Me parece uno de los homenajes urbanos más bellos de Europa: una ciudad recordando a una mujer anónima en lugar de a un conquistador. Y hubo algo casi literario en mi propia historia: sin planearlo, recorrí Malasaña exactamente un 2 de mayo, doscientos dieciocho años después de la jornada que le dio nombre y sentido a esas mismas calles.

Caminar hoy por Malasaña es hacerlo sobre varias capas de historia. Bajo los cafés de especialidad y las tiendas de vinilos siguen latiendo las viejas corralas, los talleres artesanales, las tabernas centenarias y las imprentas que hicieron de esta zona uno de los barrios más populares del Madrid del siglo XIX. Sus edificios fueron levantados, en su mayoría, entre 1870 y los primeros años del siglo XX: fincas de cuatro y cinco plantas con fachadas de ladrillo revocado, balcones franceses, portones de madera y patios interiores donde la vida todavía parece suceder hacia adentro. No poseen la solemnidad del Barrio de Salamanca; poseen algo mucho más difícil de conseguir: una escala humana.

Para un chilango resulta inevitable buscar una referencia. Malasaña podría entenderse como la colonia Roma de la Ciudad de México, mientras Chamberí guardaría cierto parentesco con la Condesa, por tratar de ilustrarlo con ejemplos necesariamente imperfectos.

Chamberí conserva ese aire más señorial, con avenidas elegantes, edificios magníficamente restaurados y una vocación residencial que recuerda a la Condesa de las casonas porfirianas, los parques arbolados y las cafeterías donde la conversación parece tener siempre una mesa reservada. Malasaña, en cambio, comparte con la Roma una personalidad mucho más indómita: calles estrechas, una arquitectura libre y mezclada, donde conviven fachadas restauradas, viejas corralas, grafitis, librerías independientes, galerías, pequeños teatros y bares donde todavía se discute de cine. Es un barrio cuya verdadera arquitectura no está sólo en los edificios, sino en la manera en que la gente ocupa la calle.

Pero la mayor equivalencia no está en la estética, sino en la historia reciente. Igual que la Roma y la Condesa, Malasaña conoció primero el abandono, después la llegada de artistas atraídos por las rentas baratas, más tarde el esplendor cultural y, finalmente, una gentrificación feroz que elevó el precio de la belleza hasta volverla casi inaccesible para quienes la hicieron posible. Es un ciclo que parece repetirse en todas las grandes ciudades: los creadores rescatan un barrio y el mercado termina descubriendo su valor.

Mientras caminaba con mi padre fotografiaba precisamente esos contrastes: un árbol diminuto peleando por crecer entre la piedra; un grafiti monumental ocupando la medianera de un edificio centenario; una bicicleta recargada contra una fachada; los balcones de hierro cargados de macetas y la lluvia haciendo brillar los adoquines. Pensaba, inevitablemente, en la Roma Norte, donde la belleza también suele aparecer en esa mezcla espontánea entre lo antiguo, lo popular y lo contemporáneo.

Hoy resulta fácil enamorarse de Malasaña, pero durante los años setenta era cualquier cosa menos un barrio de moda. Muchos edificios presentaban un deterioro evidente, abundaban los locales vacíos y las rentas eran sorprendentemente bajas. Aquello, sin saberlo, creó el ecosistema perfecto para una revolución cultural.

Los primeros en llegar fueron los artistas porque podían pagar el alquiler.

Después llegaron los fotógrafos, los diseñadores, los estudiantes de Bellas Artes, los dibujantes de cómic, los poetas y los músicos. Los talleres se convirtieron en estudios; las tabernas comenzaron a programar conciertos; las viejas bodegas alojaron exposiciones improvisadas. Nadie hablaba todavía de distritos culturales ni de economía creativa. Era, simplemente, una generación inventándose una vida nueva.

España acababa de salir de cuarenta años de censura.

Y cuando una sociedad recupera de golpe la libertad, casi nunca lo hace con moderación.

Aquello terminó llamándose la Movida madrileña, aunque en realidad fue menos un movimiento que un estado de ánimo. La libertad adquirió forma de peinados imposibles, chamarras de cuero, sintetizadores, fanzines, fotografía experimental y una ruptura frontal con la moral franquista. Malasaña dejó de ser un barrio para convertirse en el laboratorio donde Madrid ensayaba su nueva identidad.

Bares como La Vía Láctea, El Penta, La Ardosa o TupperWare eran mucho más que lugares para beber. Allí se conocían músicos, pintores, periodistas y actores; allí nacían revistas, bandas de rock y amistades que terminarían cambiando la cultura española. Las noches parecían no terminar nunca y había quien salía de un concierto para terminar discutiendo literatura en una barra hasta las seis de la mañana.

Resulta imposible recorrer estas calles sin pensar en Pedro Almodóvar. Antes de convertirse en el cineasta más influyente de España desde Luis Buñuel, trabajaba en Telefónica mientras rodaba películas casi domésticas con amigos, actrices desconocidas, travestis y cantantes que encontraba precisamente en este barrio. Pepi, Luci, Bom y Laberinto de pasiones respiran el mismo aire insolente que todavía parece escapar de algunas esquinas de Malasaña.

Al mismo tiempo irrumpía Alaska, una muchacha de estética deliberadamente andrógina que convirtió la diferencia en una declaración de principios. Cuando cantó ¿A quién le importa lo que yo haga? Yo soy así y así seguiré; nunca cambiaré, no estaba interpretando únicamente una canción: estaba poniendo voz a una generación que había decidido dejar de pedir permiso.

Junto a ella aparecieron Radio Futura, Nacha Pop, Los Secretos, Gabinete Caligari, Parálisis Permanente, Burning, Loquillo y Hombres G, grupos que reinventaron el rock y el pop en español y demostraron que Madrid también podía dialogar de tú a tú con Londres o Nueva York. Muy cerca de ellos, aunque con una voz distinta, desvelaba la ciudad un joven Joaquín Sabina, quizá el gran cronista sentimental de Madrid, escribiendo versos empapados de humo, alcohol y amaneceres mientras descubría que los bares también podían ser literatura.

Pero sería deshonesto romantizar la Movida. La misma libertad que abrió las puertas a una creatividad desbordante convivió con una epidemia de heroína que devastó a miles de jóvenes. Muchas esquinas de Malasaña fueron, al mismo tiempo, escenarios de conciertos y puntos de consumo. El desmadre creativo dejó una generación brillante, pero también profundamente herida. El destape fue tan luminoso como costoso, y quizá esa contradicción explique la autenticidad del barrio: nunca fue un decorado bohemio construido para turistas, sino un lugar donde la belleza y el dolor compartieron las mismas banquetas.

Hoy la historia vuelve a escribirse bajo otro lenguaje: el de la gentrificación. Los artistas llegaron porque el barrio era barato; después aparecieron las galerías, las librerías, los cafés y los restaurantes; finalmente desembarcaron los fondos inmobiliarios, los departamentos turísticos y las rentas prohibitivas. Es exactamente el ciclo que hemos visto repetirse en la Roma y la Condesa: el éxito termina expulsando a quienes hicieron posible el milagro. Los vecinos llevan años advirtiendo que el mayor peligro para Malasaña ya no es la decadencia, sino convertirse en un escenario donde cada vez resulte más difícil vivir.

Y, sin embargo, el barrio conserva algo irreductible. Los grafitis siguen dialogando con las fachadas centenarias; las plazas continúan siendo lugares de encuentro más que escenarios; los libreros todavía recomiendan novelas como si conocieran a todos sus clientes. Malasaña se resiste, de alguna manera, a convertirse por completo en mercancía.

He vuelto decenas de veces a aquella fotografía.

Ya no veo únicamente a la joven del paraguas ni el brillo de los adoquines. Veo una conversación silenciosa con mi padre mientras caminábamos bajo la lluvia, escucho el rumor de las terrazas de San Ildefonso y entiendo por qué Mariana Leñero me hizo aquella pregunta. Hay imágenes que ilustran un libro y otras que lo escriben en silencio.

La portada de Honrar nuestro amor ya existía desde aquella tarde en Malasaña. Yo simplemente tardé unos meses en descubrirla.

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