Ciudad de México, junio 24, 2024 06:33
Gerardo Galarza Opinión Revista Digital Febrero 2023

SALDOS Y NOVEDADES / La vida es causa de muerte

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El escribidor echó cuentas, hizo sumas y pensó: 12 años y cinco más de colchón -que se inventó para soñar- son buenos y dictaminó: ‘Cuando cumpla 60 años volveré a fumar’ y lo prometió con la solemnidad del caso a su mujer y a las hijas de ambos.

POR GERARDO GALARZA

Este escribidor es un exfumador convicto y sentenciado.

Dejó el placer/vicio de fumar hace ya 23 años, tres meses y algunos días, luego de 30 años de, ni modo, ser fumador empedernido. Pero, la adicción al tabaco no se supera, ahí está como cualquier otra.

Abandonar los cigarros no fue una decisión voluntaria. Los médicos le dijeron textualmente que si volvía a fumar un cigarro se moriría.

Soberbio y petulante el escribidor retó al médico sacando de sus bolsillos todavía, en vísperas de una intervención quirúrgica mayor a corazón abierto, una cajetilla de cigarros a medio usar que puso sobre el escritorio y dijo: ¿Cuánto quiere perder? Le apuesto lo que quiera a que, frente a usted, me fumo todos los cigarros que están ahí dentro y no me muero.

Sonia Elizabet, la mujer del escribidor que es visitante frecuente de estas páginas, puso ojos de pistola y cara de absoluto enojo. El médico advirtió que él pasaría un informe porque si no dejaba de fumar la intervención quirúrgica iba a ser un desperdicio y recomendaría que no se efectuara. La advertencia no era falsa porque el IMSS podía decidir que no hubiera operación por falta de colaboración del paciente.

Así, el escribidor se comprometió a no fumar en el futuro para controlar -sólo eso- la ateroesclerosis.

Luego de aquella cita, el escribidor y Sonia Elizabet caminaron por los pasillos del Centro Médico Nacional Siglo XXI y terminaron en el Sanborns de Cuauhtémoc, que hoy ya no existe, entonces a la altura del Hospital General.

La Sonia, como toda buena mujer que se respete, mantenía sus ojos de pistola y el silencio encabritado.

Ya en la mesa del café espetó: “¡No tienes madre!”, y el escribidor calló porque ella sabía que sí había tenido madre; ya no, pero sí la había tenido, y guardó un prudente silencio, como se aconseja y es conveniente en estos casos. Luego, ella soltó una carcajada: ¡No tienes madre!, reiteró. ¿Viste la cara del doctor cuando le hiciste tu apuesta? ¡No tienes madre! ¿Cómo se te ocurrió, cómo te atreviste?

Pues, nada más porque no soy tan pendejo, dije o algo así. Pero, ¿vas a dejar de fumar? Lo intentaré. ¿Cómo que lo intentarás? Sí. No, tienes que dejar de fumar.

Y ustedes ya saben que con las mujeres, sobre todo cuando es la de uno, no se discute. Se acata y ya.

En medio de consultas y terapias, el escribidor y su –sí, suya, de su propiedad, es un decir-  mujer supieron que la intervención quirúrgica que se efectuaría en su corazón prometía un promedio de sobrevida de 12 años. Eran muy buenos, frente a un muy poco e indeterminado tiempo.

El escribidor echó cuentas, hizo sumas y pensó: 12 años y cinco más de “colchón” -que se inventó para soñar- son buenos y dictaminó: “Cuando cumpla 60 años volveré a fumar” y lo prometió con la solemnidad del caso a su mujer y a las hijas de ambos. Ellas también, muy solemnes, lo aceptaron. Qué les quedaba. Y bueno, ese cumpleaños estaba muy lejano y era poco probable según la ciencia médica que llegara.

Pero esos 60 años llegaron, quién lo iba decir, y entonces su Sonia Elizabet, preguntó sin más: ¿Vas volver a fumar? Ya cumpliste tu promesa. La respuesta fue un sí dubitativo, si es que esto existe: como un ya veremos.

Y no, hasta hoy después de casi seis años y medio de aquella fecha cumplida.

Foto: Daniel Augisto / Cuartoscuro

Pero en estas recientes semanas el escribidor se ha planteado la posibilidad, que no es probabilidad, de volver a fumar nada más para desafiar la nueva ley que prohíbe y sanciona fumar en cualquier lugar público, incluso al aire libre, y en los privados (el hogar o el auto y supongo que la oficina también) donde haya otras personas en el momento del “delito”.

Aunque debe confesar que luego de casi un cuarto de siglo de haber abandonado el tabaco lo sigue extrañando, la posibilidad abierta sería sólo para desafiar la tan absurda, discriminatoria, producto del autoritarismo y sin duda draconiana ley contra los fumadores mexicanos.

Que nadie se alebreste.

No hay ninguna duda de los daños a la salud y al medio ambiente que provoca el consumo de cigarrillos. Eso –nuevamente- no está en duda.

Lo grave es esa “política pública” (sólo una ley autoritaria y el aumento de impuestos a los cigarrillos) para atacar ese severo problema social.

El problema empieza cuando hay unos “más iguales” que otros frente a la ley. O al revés: “menos iguales”. Y hoy es el caso de los fumadores. La lógica simple se revierte contra los nuevos inquisidores.

A quienes tienen menos de 50 años y, sobre todo a los jóvenes políticamente correctos, hay que contarles que en 1968 en el París del movimiento estudiantil francés se puso en boga (no se podía hacer viral porque no había redes sociales, vamos ni siquiera internet) una frase inscrita en las paredes de la Ciudad Lux, que también inspiró a otros movimientos estudiantes y de protesta civil en el mundo de entonces: “Prohibido prohibir”.

El mundo sabe o debería saber por sus propias experiencias que ninguna prohibición conduce a mejores lugares o situaciones. Un ejemplo claro y más o menos comparable es la prohibición del alcohol en Estados Unidos en los años veinte del siglo pasado: no acabó con la bebida, pero sí creó mafias (cárteles, diríamos hoy) que al perder el negocio del alcohol clandestino por el levantamiento de la prohibición siguieron haciendo y hacen negocios clandestinos e ilegales de todo tipo.

Ahora mismo en la distribución de tabaco ya hay mafias que trafican con cigarrillos piratas al amparo de cajetillas con marcas legales. El siguiente paso será el  simple tráfico del tabaco.

Los juristas y los filósofos del derecho y antes hasta algunos legisladores reconocen que por definición cualquier ley, norma, reglamento, estatuto, bueno hasta los Mandamientos, son esencialmente una limitación a las libertades individuales y colectivas de los seres humanos.

El escribidor en sus andanzas reporteriles en el Congreso de la Unión y en su única materia de Introducción al Derecho, en la preparatoria,  supo que las leyes, normas, reglamentos y hasta las costumbres son necesarias para coexistencia y convivencia de los seres humanos, desde que el hombre o dos o más hombres decidieron vivir en comunidad. Ni modo, unos y otros, todos, tuvieron que ceder parte de su libertad para convivir en el respeto mutuo. Eso que, mucho más complicado que lo que aquí se dice, Juan Jacobo Rousseau denominó “el contrato social”.

 Sin mucho o nada de bagaje teórico de lo que se trata es que las leyes, normas, reglamentos o estatutos igualen a los desiguales frente a ellas. No está a discusión, por ejemplo, que todos tengan derecho a la vida y todos tengan los derechos que de ahí se derivan; o a la libertad de expresión, que algunos consideran que las madre de todos las libertades y de todos los derechos humanos. Esto es lo básico para el cumplimiento del contrato social que nos hace iguales frente a la ley.

El problema empieza cuando hay unos “más iguales” que otros frente a la ley. O al revés: “menos iguales”. Y hoy es el caso de los fumadores. La lógica simple se revierte contra los nuevos inquisidores.

Es cierto que los fumadores contaminan con su humo y sus colillas que tiran, por ejemplo, en las playas y en los parques públicos, aunque hay quienes fuman sin filtro. Y no tienen perdón ni de Dios, según las nuevas buenas costumbres de lo políticamente correcto.

Ok. Todo bien.

Pero, ¿los conciudadanos que consumen cervezas, refrescos enlatados o en frascos de cristal que producen males en su propia salud y sus residuos –botes de lata o de vidrio- y contaminan el medio ambiente en las playas, en los llanos, en los altos, en los cerros, y en las puertas hogareñas donde se depositan las bolsas de basura para que las recoja, previo revoltijo de los perros callejeros, el servicio municipal  de recolección?  ¿Y que consumen alimentos enlatados o envueltos en plásticos, tampoco muy amigables con el medio ambiente? ¿Se prohibirá su consumo también? ¿O los automovilistas que producen muchas más contaminación con el humo de motores en espacios públicos al aire libre y donde transitan niños y adultos? ¿Habrá pronto una ley que ordene no encender un auto donde no haya noventa metros de distancia con un ser humano?

Foto: Mario Jasso / Cuartoscuro

Otro “argumento” que se utiliza contra los fumadores es que su adicción les causa enfermedades que deben ser atendidas por los servicios públicos de salud y que los impuestos de sus conciudadanos (y también de ellos) no deben utilizarse para combatirlas porque su libre decisión de fumar fue la que las causó. Parece lógico, pero…

¿Los servicios públicos de salud deben asumir los costos de los abortos de quienes (mujeres y sus parejas hombes) no recurrieron a los métodos para evitar el embarazo? O ¿los hospitales públicos no deben atender a quienes llegan heridos de bala (muchos hoy en este país) porque decidieron participar en una balacera o en hechos ilícitos; o a quien tuvo un accidente automovilístico en estado de ebriedad porque él fue quien decidió beber alcohol; o resultó herido en un “incidente”  en el Metro de la CDMX y él fue quien decidió utilizar el servicio? Entre muchos otros ejemplos.

No, no se trata de defender a los fumadores de tabaco, quienes ahora podrán optar por la mariguana para fumar en lugares públicos porque esa sustancia no está incluida en la ley. ¡Faltaba más! Sería una legislación represiva y los “colectivos” harían bloques, marchas y vandalizarían paredes y lu que se les ponga enfrente.

Tampoco se trata de boicotear a esa norma, sino que sea una ley que proteja a todos, inclusive a aquellos que decidieron y deciden fumar tabaco.

Acabar con el tabaquismo es un problema de salud pública y, si se quiere, ecológico, y se combate con educación de salud, de ecología. Es un problema de cultura.

En nuestro mundo políticamente correcto, las prohibiciones y las leyes que las protegen avanzan rápidamente.

Un mal de día de éstos se prohibirá legalmente los nacimientos, porque alguien “demostrará” que los humanos son contaminantes naturales, desde los tiempos de Adán y Eva. Pero antes, es muy probable que a los niños que nazcan se les ponga un tatuaje visible que advierta que es producto nocivo para la salud pública. El debate real será dónde colocar esa advertencia.

En resumen: la vida es la principal causa de muerte de los humanos, fumadores o no.

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