Ciudad de México, julio 19, 2026 17:20
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Santuarios del café: el La Habana y otros recintos donde la historia se funde en cada taza

El café de la calle Bucareli es el epicentro de una memoria que resguarda planes y tertulias.

Desde las reuniones de Fidel Castro hasta los encuentros de Octavio Paz, sitios como el Habana son memoria.

STAFF/LIBRE EN EL SUR

El café La Habana, ubicado en la emblemática esquina de Morelos y Bucareli, en la colonia Juárez, es mucho más que un simple expendio de café; es un testigo silencioso de la historia política y literaria de México desde su fundación en 1952.

Fundado por el inmigrante español Apolinar Rodríguez, este espacio se convirtió rápidamente en un punto de referencia para la comunidad cubana residente en la capital, debido a la cercanía de fábricas de hilados y puros donde laboraban muchos de sus paisanos.

No es una leyenda urbana que en sus gabinetes de madera, Fidel Castro y Ernesto Che Guevara sostuvieron reuniones fundamentales para planear la expedición del yate Granma y el inicio de la Revolución Cubana en 1954, aprovechando que el lugar funcionaba como el contacto seguro para los exiliados que llegaban a México. En aquellos años, el aroma del café se mezclaba con el diseño de estrategias militares en un entorno que, curiosamente, pasaba desapercibido para las autoridades locales en sus inicios, a pesar de estar a unas cuantas calles de las sedes del poder político.

Eran otros tiempos, claro.

La relevancia de este café trasciende la política para instalarse en el corazón de la creación literaria del siglo XX en nuestro país. Respecto a Octavio Paz, su presencia en el Habana está documentada con rigor durante los años cincuenta y sesenta. Es un dato verificado que Paz frecuentaba el establecimiento para participar en tertulias con figuras como el poeta nicaragüense Ernesto Mejía Sánchez y otros colaboradores fundamentales de la Revista Mexicana de Literatura.

En esas mesas se discutía el rumbo de las letras hispánicas mientras el sonido de las tazas y el bullicio de la calle Bucareli servían de fondo ambiental. Más tarde, aunque sus centros de reunión se desplazaron hacia otras zonas de la ciudad, el Habana permaneció en la geografía sentimental del Nobel como un sitio donde la inteligencia y la bohemia se daban cita sin las jerarquías de la academia. Asimismo, se sabe que Gabriel García Márquez fue un cliente asiduo en sus primeros años en México; se cuenta que en sus gabinetes repasó textos fundamentales, atraído por el ambiente de nostalgia y el grano tostado en casa que aún hoy caracteriza al lugar.

El Café de Tacuba. Tradición. Foto: especial.

El Café La Habana también fue la cuna espiritual de movimientos poéticos disruptivos como el infrarrealismo, encabezado por Roberto Bolaño y Mario Santiago Papasquiaro. Bolaño, en su monumental novela Los detectives salvajes, así como en Amuleto, ficcionalizó el sitio bajo el nombre de café Quito, convirtiéndolo en un lugar de peregrinación para lectores de todo el mundo que buscan rastrear los pasos de sus personajes. En aquella época de los años setenta, el establecimiento no era un simple refugio de poetas, sino un centro de intensa actividad periodística y vigilancia política.

Debido a su cercanía estratégica con la Secretaría de Gobernación y las antiguas sedes de los principales diarios del país, como El Universal o Excélsior, no era raro que agentes de seguridad nacional y de la CIA compartieran el espacio con reporteros que buscaban la nota del día o filtraciones de pasillo. La atmósfera saturada de humo de tabaco y conversaciones trascendentales en voz baja cimentó su fama como una cápsula del tiempo que preserva la esencia de los antiguos cafés latinoamericanos, donde el periodismo se hacía en las mesas y no solo en las redacciones.

Hay tras instituciones de la capital que comparten esta estirpe de tradición y han servido como pilares de la identidad urbana. El Café de Tacuba, fundado en 1912 en una antigua casona que fue parte del Hospital del Divino Salvador, ha albergado a personajes de la talla de Agustín Lara y Diego Rivera. Sus salones, decorados con mosaicos poblanos y pinturas virreinales, fueron testigos incluso de tragedias históricas que marcaron la vida pública, como el asesinato del político sonorense Manlio Fabio Altamirano en 1936 mientras cenaba con su esposa.

Este tipo de eventos subrayan que los cafés en México nunca han sido espacios neutrales, sino escenarios donde la vida nacional palpita con una intensidad a veces dramática. Por su parte, la Casa de los Azulejos, que desde 1919 funciona como sede de los hermanos Sanborns, representa el lujo novohispano convertido en punto de reunión popular.

Fue ahí donde, en diciembre de 1914, los caudillos Emiliano Zapata y Pancho Villa entraron con sus tropas para desayunar, dejando una imagen icónica del encuentro entre el México rural de la Revolución y la sofisticación urbana del centro histórico.

A diferencia de las modernas barras de café de especialidad que proliferan hoy en día, estos recintos mantienen rituales que se niegan a desaparecer y que otorgan sentido de pertenencia a los capitalinos. En el Habana, el café bombón sigue siendo la especialidad que atrae a nuevas generaciones que buscan algo más que una bebida rápida para llevar.

La arquitectura de estos lugares, con sus techos altos, ventiladores antiguos y un mobiliario que parece detenido en los años cincuenta, permite que el visitante se sienta parte de una crónica viva que se escribe todos los días. Son espacios donde el tiempo transcurre de otra manera, donde el ruido de la calle se amortigua tras los grandes ventanales y donde una taza de café es, en última instancia, el pretexto perfecto para mantener viva la memoria histórica de una ciudad que se transforma sin pausa pero que se resiste a olvidar sus santuarios de convivencia. Estos cafés son los verdaderos archivos de la vida pública y privada de México, donde cada mesa guarda el eco de una frase que pudo haber cambiado el destino de una nación o el rumbo de un poema inolvidable.

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