Ciudad de México, junio 4, 2026 14:33
Política Política Internacional

Sheinbaum deja atrás un perdón imposible de España

Reconocimiento del rey Felipe VI admite abusos, pero acota la responsabilidad al pasado

Viaje a Barcelona la coloca en foro de gobiernos progresistas, lejos del conflicto histórico.

STAFF / LIBRE EN EL SUR

El diferendo con España, que durante años tensó la relación diplomática con México, entra en una nueva etapa. La presidenta electa Claudia Sheinbaum ha optado por no colocar en el centro de su agenda la exigencia de una disculpa por la Conquista, una demanda que marcó el sexenio de Andrés Manuel López Obrador y que nunca encontró una respuesta en los términos planteados.

No se trata de un reconocimiento explícito de error, ni de un giro discursivo estridente. Es, más bien, una omisión significativa. El tema deja de ser prioridad.

El contexto acompaña. El anuncio de un próximo viaje a Barcelona no es un gesto menor: Sheinbaum participará en un encuentro internacional de gobiernos progresistas, donde se discutirán agendas comunes en materia de desigualdad, transición energética, derechos sociales y modelos de desarrollo. La presencia en ese foro perfila una política exterior más alineada con debates contemporáneos que con disputas históricas.

Durante la administración de López Obrador, la solicitud de una disculpa histórica a la Corona española se convirtió en un eje de su narrativa política. La carta enviada en 2019 al rey Felipe VI abrió un frente diplomático que fue rechazado por Madrid, bajo el argumento de que no corresponde juzgar en el presente hechos ocurridos hace más de cinco siglos.

Sin embargo, la respuesta española tampoco ha sido un silencio absoluto frente al fondo histórico. En marzo de 2026, durante una visita al Museo Arqueológico Nacional en Madrid —en el contexto de la exposición La mitad del mundo. La mujer en el México indígena—, Felipe VI reconoció que durante la conquista de América hubo “mucho abuso” y “controversias éticas”.

El señalamiento no fue menor, aunque sí cuidadosamente acotado. El monarca aludió a la distancia entre el marco jurídico de la época —que en teoría buscaba regular el trato a los pueblos originarios— y lo que efectivamente ocurrió en la práctica, donde se produjeron excesos.

Al mismo tiempo, insistió en un punto clave: la historia no puede leerse en términos simplistas ni juzgarse únicamente con criterios contemporáneos. Reconocer luces y sombras, vino a decir, no equivale a trasladar responsabilidades al presente.

Ahí está el matiz. Un reconocimiento histórico, incluso moral, pero no político ni reparador.

El gesto, captado en video y difundido ampliamente, fue interpretado por algunos sectores como un intento de acercamiento tras años de tensión diplomática. Para otros, en cambio, resulta insuficiente frente a la exigencia de una disculpa formal.

En cualquier caso, delimita el terreno posible de la conversación: España puede admitir excesos; lo que no está dispuesta a hacer es asumirlos como una deuda vigente del Estado contemporáneo.

Desde entonces, la relación bilateral transitó entre la frialdad institucional y los desencuentros retóricos. La exigencia de perdón nunca avanzó más allá del terreno simbólico.

Hay, además, una paradoja que no pasó desapercibida. Como consignó oportunamente Libre en el Sur, Beatriz Gutiérrez Müller, esposa del entonces presidente, solicitó la nacionalidad española al amparo de la ley de memoria democrática. El gesto, más allá de su dimensión personal, evidenció la distancia entre el discurso político y las decisiones individuales dentro del propio círculo presidencial.

Con Sheinbaum, el enfoque parece distinto. Sin romper con el legado político de su antecesor, su posición evita reactivar un conflicto que, en los hechos, resultaba estéril. La relación con España —uno de los principales socios comerciales y culturales de México en Europa— requiere pragmatismo más que confrontación.

Dejar atrás la exigencia no implica cerrar el debate histórico, pero sí reubicarlo fuera de la agenda diplomática inmediata. En ese sentido, la decisión apunta a normalizar una relación que había quedado atrapada en un gesto sin salida.

Porque el perdón, en esos términos, era imposible. No solo por la negativa española, sino por la naturaleza misma del reclamo: un juicio contemporáneo sobre un proceso histórico que no puede trasladarse, sin matices, al presente.

El cambio, entonces, no está en lo que se dice, sino en lo que se deja de decir. Y en política exterior, ese silencio también es una forma de respuesta.

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