Ciudad de México, diciembre 4, 2020 05:13
Mariana Leñero Opinión

Traté de suavizar mi acento y me endurecí por dentro

Me avergonzaba mi lengua tiesa, mi sonrisa fingida, mi torpeza lingüística y mi voz temblorosa e insegura. No estaba preparada, no la había traído en mis maletas.

POR MARIANA LEÑERO

Venir a vivir a Estados Unidos fue una decisión difícil de tomar.  Sabía que la elección cambiaría mi destino, el de mis hijas, el de mi matrimonio y el de mi familia. Así lo fue: agarramos  niñas, maletas, miedos y fuerzas para lanzarnos a la alberca de la aventura.

Comenzamos por vivir en un lugar hermoso: pasto verde, calles parejitas y limpias, olor a centro comercial, semáforos que sirven. Olía bien, se veía bien, sabía bien.  Llegamos también  a un lugar insoportablemente solo y silencioso.  Silencio en la mañana, en la tarde, en la noche. Tenía la suerte de interrumpirse por los ruidos de mis hijas que alegraban el hogar, de mis conversaciones con Ricardo, de los amigos y de los pocos familiares que vivían ahí. Sin embargo el silencio sin ellos lo ocupaba todo.        

He de decir que el silencio se oye más cuando aún no logras despedirte del ruido de tu ciudad, de tus amigos y de tu familia.

Al silencio lo acompañó el idioma. Idioma que si bien conocía o como dicen “lo masticaba”, me hacía sentir terriblemente aislada.  Trompicar cada vez que construía oraciones, que formulaba preguntas o expresaba ideas.  Usar un vocabulario simple para no errarle, sin albur, sin gracia, sin firma.  En fin, ser la mitad de mí o hasta a veces ser sólo un cachito.   

Lo peor no es el proceso tedioso de aprender inglés sino aprenderlo a medias.  Hablarlo mientras se te retuerce la lengua, la cara, el cuello, el pecho, los hombros, el pelo…

Me aferré hablar español en mi casa porque como árbol, me asía a la tierra que acogía mis raíces y que se negaban a estirarse a otros campos.   

Cuando por fin comprobé que era capaz de comprender y hablar el inglés, la felicidad duró poco.  Estas habilidades no eran suficiente para los oídos exquisitos de mis receptores americanos.    Cuando hablaba, sus respuestas invariablemente venían acompañadas de  “what?”, “sorry?”, “say it again”…   Era difícil no sentirse mal.  Comencé a susurrar,  evitar, señalar y  callar.  Había mucho qué decir pero no encontraba el cómo.

El constante repetir de mis palabras me causaba inseguridad.  Mis pensamientos se redujeron a la mitad  igual que las ganas de querer compartir anécdotas y  chistes.  Mi inteligencia se articulaba mejor en español. Me hice chiquita.  De sentirme tonta comencé a reconocerme como tonta.  

Me avergonzaba mi lengua tiesa, mi sonrisa fingida, mi torpeza lingüística y mi voz temblorosa e insegura. No estaba preparada, no la había traído en mis maletas.

Por un momento creí que con reducir mi acento,  no sólo me entenderían,  sino que me integraría completamente a este país.

Decidí tomar clases para suavizar mi acento. Parecía que todo era cuestión de dónde colocas la lengua, cómo abres la boca y por dónde sale el aire.  Mentira. Hasta hoy compruebo que aún con la persistencia de querer aprender,  todo es cuestión de “si lo traes” o “no lo traes”.

Han pasado  los años. Crecí y me he colocado en un  lugar más amable y sano. No para reducir mi acento sino para suavizarme por dentro.  

Mi acento no se ha ido. Me sigue molestando pero lo acallo con la certeza de que no define mis pensamientos. Hablar y no callar. Honrar mis raíces e integrarme con alegría a las nuevas.  Verme como me ven mis hijas,   aceptándome con mi marcado acento,  mis errores y  mis torpezas lingüísticas. 

Decidí que los “what?”, los “sorry?”, los “say it again”,  en lugar de endurecerme me recuerden lo valiente que he sido en continuar hablando. 

Hoy tengo la certeza que hay que evitar que mi acento y el silencio que produce la inseguridad, despierte y se alce en una seguridad que no calla y que se deja  escuchar.

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