Ciudad de México, abril 23, 2024 20:18
Carlos Ferreyra Opinión Revista Digital Diciembre 2023

El tunante

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“Los jóvenes se apropiaban del relleno de las piñatas entre las que introducían alguna con bolsitas de harina o con aguacates y zapotes negros”.

POR CARLOS FERREYRA

Era un mundo, un país, una sociedad tan distinta como no es posible concebirla en la actualidad.

Como parece ser el sino de nuestra nación, resabios de una guerra religiosa, los fastos patrióticos y los religiosos se realizaban separados. Cada grupo tenía sus meses reservados.

Así, septiembre era un destello de luces multicolores con acento en el verde blanco y colorado, la bandera del soldado gritábamos a pulmón abierto en las escuelas. La Patria en el corazón.

Contando Semana Santa y otros festejos católicos, el mes de Diciembre era casi totalmente asignado a festejos religiosos, con énfasis en la celebración a la Guadalupana y la Natividad.

En torno, la Concepción de María y las esperadas posadas con sus cantos, letanías, dulces, frutas y piñatas.

Las piñatas eran motivo de regocijo infantil. Los menores pasaban varias tardes cortando y enchilando las ollas de barro desechadas que contendrían las colaciones.

Con cuidado se colocaban los siete picos que formarían la estrella, cada uno representando un círculo o antro infernal: ¿Dante, Mictlantecutli? A saber…

El país se enorgullecía proclamándose soberano. Dueño de sus decisiones, en diciembre estaban concluidos los ciclos escolares. Descanso absoluto todo el mes.

El año lectivo en todos los grados, incluyan el profesional, se regía por criterios estacionales propios, pero a alguno se le ocurrió unirse a la yunta educativa de Washington.

Algo similar con el horario de verano para acoplarse a los tiempos de la Bolsa de Nueva York, sin entender que los capitales se ligan al becerro de oro y los tiempos horarios.

El Bajío era considerado el Granero de la República, de allí el orgullo soberano y la tranquilidad con que se tomaban decisiones de orden interno sin importar lo que asumían en otros países.

Las únicas restricciones eran las impuestas por la Iglesia y abarcaban o beneficiaban a todas las creencias.

La visita a la Guadalupana, el día del festejo o cualesquiera otros, era inevitable y los protocolos de las posadas inviolables, rígidos como ceremonia castrense.

Cada posada se acordaba con la familia, los vecinos o inclusive el barrio entero.

Aparte de las piñatas, a las niñas les correspondía armar las canastitas con dulces de época como los cacahuates garapiñados para los visitantes adultos.

Los jóvenes se apropiaban del relleno de las piñatas entre las que introducían alguna con bolsitas de harina o con aguacates y zapotes negros.

Al romperse la piñata, el clavado de niños y jóvenes era instantáneo, por lo que el atascadero y la ropa manchada delataba a los más audaces.

En cada posada, los anfitriones quedaban al cuidado del No Nato, mientras sus progenitores clamaban por un albergue. Los peregrinos llamaban a la puerta pidiendo posada en nombre del Cielo. Dentro les respondían que allí no era mesón y que siguieran adelante porque quien llamaba podía ser un tunante.

Cosas de la fe. Nos importaba un cacahuate quién o qué fuese eso del tunante. Sabíamos eso sí, que a renglón seguido los más alborotados iban a apalear la piñata mientras los adultos hacían corrillo y bebían con gran empeño, te tíos bautizados con charanda.

En otros lugares sería sotol, tequila o marrascapache. Lo importante era que el té no se fuera sin bautizar.

Llegaba el mero día para levantar al Infante. El canto se aligeraba, las voces de las mujeres se volvían cantarinas, alegres en espera de que, al fin, la Sagrada Familia era amparada y alojada.

Mientras abrían el zaguán de par en par, se oía: Entren Santos Peregrinos, reciban este rincón.

Educados aquellos años en la constante crítica a los vecinos del norte, así como a los criminales que arrasaron con nuestras culturas, la chiquillada salía a la calle para vociferar sus propios versos.

Entre tanto perro gringo, perro gringo que nos roban de a montón.

En la parte festiva que pide confites y colaciones, se escuchaba: Echen tamales y harta comedera porque los gachupas no tienen llenadera.

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