Ciudad de México, julio 18, 2026 17:20
Francisco Ortiz Pardo Opinión

EN AMORES CON LA MORENA / El colchón del río Sena

Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores.

Entre lujo, segregación y deterioro urbano, París deja ver las grietas del mito cultural y moral que durante décadas vendió al mundo.

POR FRANCISCO ORTIZ PARDO

París no apareció así en los Juegos Olímpicos.

Las transmisiones mostraban una ciudad impecable: puentes iluminados, atletas navegando sobre el Sena y monumentos convertidos en escenografía de una civilización refinada que todavía pretende gobernar simbólicamente al mundo. Francia volvió a vender durante unas semanas la idea de París como capital moral de Occidente: elegante, moderna, incluyente, culta, ecológica.

Pero basta caminarla, salir del encuadre.

Ahí estaba: un colchón húmedo y abandonado recargado contra el muro del Sena, frente a uno de los paisajes urbanos más fotografiados del planeta. Y de pronto toda la ficción olímpica comenzaba a derrumbarse.

El colchón parecía una confesión involuntaria. Una sinceridad urbana filtrada por accidente en la capital de las apariencias.

Hasta en algo tan cotidiano como la basura aparece el desgaste de la mitología parisina. Aunque Francia y su capital suelen presentarse como uno de los grandes gigantes europeos, el sistema de recolección urbana todavía luce rudimentario frente al de muchas ciudades españolas. En París predominan bolsas acumuladas sobre las banquetas y contenedores desbordados esperando el paso de camiones convencionales, mientras en España son ya comunes los vehículos automatizados con grúas que levantan depósitos completos de manera rápida y limpia. Otro detalle mínimo que desmonta la idea de una modernidad francesa siempre superior.

Los contenedores que aparecen junto al Sena —esas estructuras metálicas verdes y grises de aspecto industrial— son principalmente módulos temporales de obra, almacenamiento técnico y logística urbana utilizados para mantenimiento del río, servicios municipales, control de eventos y operaciones vinculadas al turismo fluvial y a la infraestructura olímpica reciente.

Uno espera encontrar allí piedra antigua mojada, puentes decimonónicos y los bouquinistes románticos de las películas; en cambio aparecen cajas metálicas, barreras, estructuras provisionales, cintas de seguridad y mobiliario urbano funcional que rompe completamente la fantasía estética parisina. Son el detrás de cámaras de la ciudad-espectáculo.

A unos metros sobreviven los bouquinistes, esos puestos verdes de libros viejos que Francia presume como patrimonio sentimental de París. Cerrados, golpeados por el tiempo, convertidos ya más en mobiliario turístico que en auténtica vida literaria. La pintura corroída, las tapas húmedas, la herrumbre discretamente instalada sobre la postal clásica del Sena. París conserva todavía el talento de verse hermosa incluso cuando comienza a desfondarse.

Porque la ciudad sigue siendo fotogénica. Y ése es precisamente su mayor escudo. Desde los puentes el Sena luce solemne, casi cinematográfico, pero debajo de esa belleza se desliza un río contaminado sobre el que incluso los recorridos turísticos hacen bromas incómodas. En un Turibus en español, la voz grabada ironiza sobre las “extrañas especies” que habitan el río: bicicletas, patinetes eléctricos, objetos hundidos. La ocurrencia provoca risas entre turistas mientras el agua avanza con un tono verdoso y cansado que contradice la épica olímpica.

Las escaleras eléctricas del Metro parecen resumir toda la contradicción francesa. Peldaños detenidos, mecanismos fuera de servicio, pasillos donde ancianos y personas con discapacidad quedan prácticamente abandonados a su suerte porque muchas estaciones centrales simplemente no tienen elevador. En una ciudad obsesionada con la monumentalidad, la accesibilidad todavía parece una concesión secundaria.

Ahí están las imágenes: escalones inmóviles, personas detenidas frente a la maquinaria descompuesta, cuerpos cansados intentando subir entre túneles sofocantes. Y luego el detalle brutal: grafitis sobre los peldaños metálicos. “LOVE” escrito apresuradamente en rojo sobre una escalera desgastada. La modernidad europea oxidándose bajo tierra.

En Boulevard Saint-Michel, uno de los nombres más míticos de la intelectualidad parisina, las vitrinas aparecen cubiertas de polvo y rayones. Grafitis veloces, manchas, abandono. El viejo París universitario sobrevive más en la nostalgia latinoamericana que en sus fachadas reales. El reflejo de los edificios clásicos sobre los cristales sucios produce una sensación extraña: como si la ciudad estuviera observando su propio deterioro sin decidir todavía si admitirlo o maquillarlo.

Y mientras tanto, arriba, el lujo.

Frente a edificios históricos, gigantescos anuncios de Louis Vuitton cubren fachadas enteras. La publicidad ya no convive con el patrimonio: lo coloniza. El viejo orgullo republicano francés termina subordinado a las marcas globales del hiperconsumo. París parece haberse convertido en un inmenso centro comercial con monumentos históricos incluidos.

En Champs-Élysées, frente al Arco del Triunfo, una modelo posa vestida de negro absoluto mientras un fotógrafo se arrodilla para capturar el ángulo perfecto. Detrás cruza un muchacho africano en bicicleta verde. La escena dura apenas unos segundos, pero resume toda la ciudad contemporánea: glamour, turismo aspiracional y segregación racial coexistiendo dentro del mismo cuadro.

Hace menos de dos años, el 16 de julio de 2024, publiqué una columna titulada “Chovinismo moderno”, escrita justamente en vísperas de los Juegos Olímpicos de París. Ahí advertía que la propaganda multimedia francesa volvería a presentar al país “como lo mejor del mundo occidental, donde se come bien, se bebe bien, se lee y se hace arte bien, se aprecia bien y se piensa bien”.

La experiencia de caminar hoy París termina funcionando casi como la comprobación física de aquel texto. Porque detrás de la escenografía olímpica aparecen exactamente las contradicciones que entonces señalaba: una Francia atrapada entre el mito republicano y una segregación histórica jamás resuelta. En aquella columna escribí que “la exaltación de los grandes pensadores de los dos últimos siglos y el Barrio Latino convertido en la maravillosa caja de resonancia de la intelectualidad internacional en torno de La Sorbona de París, expandieron el mito y ocultaron las contradicciones que hoy se hacen tan evidentes en Francia”.

Basta observar la ciudad real para entenderlo. Fuera de los mercados más tradicionales y de algunos rincones menos céntricos —como Marché d’Aligre (zona donde una renta puede llegar a los cuatro mil euros mensuales) o ciertas calles hacia Porte de Vincennes—, incluso en los barrios más populares de París resulta difícil encontrar esas tiendas de abarrotes y fruterías de barrio que siguen siendo parte natural del paisaje urbano español, incluida Madrid. En la capital francesa predominan las cadenas pequeñas, los supermercados compactos y los comercios especializados mucho más caros, mientras que en España todavía sobreviven —casi como una extensión de la vida vecinal— las fruterías atendidas por familias, las tiendas de ultramarinos y los locales donde comprar pan, aceitunas, vino o jitomates continúa siendo un acto cotidiano y no una experiencia gourmet.


En los restaurantes elegantes del centro de París prácticamente no hay meseros negros, aunque Francia lleve generaciones alimentándose de población proveniente de sus antiguas colonias africanas y árabes. Son franceses nacidos ahí, hijos y nietos de migrantes, ciudadanos con pasaporte francés que, sin embargo, continúan relegados a los trabajos invisibles: limpieza de hoteles, cocinas, mantenimiento, lavanderías.

Tal como escribí entonces, el supuesto acceso al poder popular que promete la vieja consigna de “libertad, igualdad, fraternidad” es desmentido diariamente por quienes, “contando con un pasaporte francés, no se sienten franceses”.

Las élites parisinas parecen sorprendidas del avance de Marine Le Pen mientras la segregación permanece completamente normalizada en la vida cotidiana. A medianoche, el Metro ofrece una postal mucho más sincera que cualquier ceremonia olímpica: cientos de trabajadores migrantes desplazándose hacia las banlieues, hacia suburbios donde Francia fue acumulando durante décadas resentimiento, abandono y exclusión.

En aquel texto recordaba también cómo Francia se reconstruyó económicamente tras la Segunda Guerra Mundial utilizando mano de obra barata proveniente de sus colonias, pero sin integrarla jamás plenamente a la sociedad. Hoy esa deuda histórica puede verse en las banquetas, en los cuerpos invisibles que sostienen la maquinaria turística de París mientras el centro monumental queda reservado para el lujo, las marcas globales y el turismo premium.

Según el sitio Paris Attitude, incluso los estudios más pequeños en París rondan ya entre mil y mil 500 euros mensuales en zonas relativamente comunes, mientras que departamentos de una habitación en distritos centrales suelen superar los 2 mil euros. En los arrondissements más exclusivos —como el 6, 7, 8 o 16— las rentas pueden rebasar con facilidad los 3 mil euros mensuales.

París se mantiene además entre las cinco ciudades más caras de Europa para vivir, junto con Londres, Zúrich, Ginebra y Dublín. Aunque un trabajador promedio gana entre 2 mil 500 y 2 mil 900 euros netos al mes, el costo de la vivienda consume buena parte del ingreso y ha expulsado desde hace años a miles de familias hacia la periferia metropolitana.

En esa periferia habita buena parte de la nueva generación parisina: entre los menores de 18 años de la región, alrededor de 12.1% son de origen magrebí y 9.9% de origen subsahariano, mientras más de 41% de los jóvenes tiene al menos un padre inmigrante. París sigue vendiéndose como la capital romántica de Europa, pero funciona gracias a una enorme clase trabajadora multicultural que muchas veces ya ni siquiera puede permitirse vivir en la ciudad que sostiene.

Para la corrección política francesa parece bastar con repetir que el “socialismo” ha contenido en París a Marine Le Pen y salvado nuevamente a la República. El problema es que esa tranquilidad discursiva se desvanece apenas uno abandona los editoriales solemnes y comienza a caminar París de verdad.

Porque la capital francesa se parece cada vez menos a aquella utopía socialdemócrata que Europa presume y más a una de las grandes vitrinas del consumismo global contemporáneo.

Ahí está, por ejemplo, Vincent van Gogh. El pintor miserable que apenas logró vender una obra en vida y que terminó convertido, décadas después, en una de las imágenes más rentables del mercado cultural contemporáneo. Sus girasoles, autorretratos y cielos turbulentos aparecen hoy reproducidos sobre escaparates, perfumes, bolsas y mercancías aspiracionales en una ciudad donde el arte ya no dialoga con la pobreza sino con el mercado premium.

Menos mal que Los nenúfares, la verdadera gran maravilla pictórica de Claude Monet —que acaso todavía no poseen la fama desbordada y vulgarizada de otras obras convertidas en mercancía global—, resguardados en el Museo de la Orangerie, no se prestan tan fácilmente para esa mercadotecnia. Como si la última defensa que les dejó el propio Monet hubiera sido haberlos concebido para contemplarse en silencio, lentamente, casi como una experiencia de meditación frente al agua.

París logró incluso reconciliar la bohemia con Louis Vuitton y la rebeldía artística terminó absorbida por la industria del glamour.

Y lo mismo ocurre con la gastronomía francesa, elevada todavía en el imaginario occidental como la cumbre universal del refinamiento culinario gracias, claro, a Michelin. Sí, se come extraordinariamente bien en París… siempre y cuando se pertenezca al pequeño sector capaz de pagar esa experiencia. Porque detrás de la mitología gourmet existe también una ciudad donde millones sobreviven con comida rápida, cadenas comerciales y una precarización silenciosa del consumo cotidiano.

La cocina francesa continúa funcionando más como símbolo de estatus que como experiencia democrática. Y acaso por eso resulta tan liberador descubrir que el famoso Croque Monsieur puede encontrar versiones mucho más imaginativas y sabrosas fuera de Francia. Ahí está Oporto, por ejemplo, donde el emparedado portugués reinventó aquella tradición parisina hasta volverla exuberante, excesiva y popular. O ahí mismo, en nuestro país, frente al Teatro Metropólitan, donde una torta de La Texcocana puede contener bastante más verdad urbana, más honestidad gastronómica y más memoria popular que muchos restaurantes parisinos atrapados en la solemnidad de su prestigio histórico.

Hartos ya los parisinos de consumir únicamente lo francés, y de los turistas, parecen huir hacia los canales artificiales de Parc de la Villette, en el noroeriental distrito 19, donde junto al paisaje acuático predominan locales de gringadas mil: hot dogs, alitas de pollo y hamburguesas que ni siquiera intentan disimularse bajo alguna sofisticación europea. Allí es prácticamente imposible conseguir una sopa de cebolla o un bisté a la pimienta, cosa que tampoco resultaría barata. Para eso hay que volver a sitios como Pigalle y sus viejos bouillons populares, donde la cocina francesa sobrevive todavía en versiones más baratas y menos solemnes”.

París deja por momentos de sentirse capital de la gastronomía francesa para convertirse en una especie de parque híbrido donde la comida rápida estadounidense funciona como escape informal frente al peso cultural —y económico— de sus propias tradiciones culinarias.

Hasta las máquinas expendedoras —tan comunes en las estaciones del Metro parisino— parecen contar algo sobre el París contemporáneo. Bajo el letrero optimista de Petits plaisirs à croquer! se alinean chocolates industriales, papas fritas, bebidas energéticas y refrescos globalizados que podrían estar en una estación de Berlín o Londres. Apenas alguna botella de agua mineral francesa recuerda dónde estamos. La vieja obsesión parisina por la gastronomía refinada parece diluirse también en estos pasillos automáticos donde reinan Kit Kat, M&M’s, Pepsi y Monster.

Y es tan común ver combinarse en las mesas garrafas de vino tinto con botellas de Coca Cola…

¿Y la libertad, la fraternidad? Hay que ver cómo la policía dispersó con apenas tres cohetones a los chavales que, entre la Belle Époque de los grands boulevards, se habían reunido pacíficamente en las postrimerías de abril para festejar el triunfo de Paris Saint-Germain. Bastaron unos minutos para que el romanticismo parisino de postal —cafés iluminados, marquesinas doradas y avenidas haussmannianas— quedara sometido al viejo reflejo francés del orden público.

El problema de París no es solamente el deterioro. Es también el peso insoportable de su propia mitología. La obligación permanente de sentirse superior. Desde aquellos años en que los franceses repetían despectivamente que “África comenzaba en los Pirineos”, la superioridad cultural parisina no ha desaparecido: simplemente aprendió a refinar sus formas. Hoy ya no se expresa necesariamente mediante frases abiertas de desprecio colonial, sino en algo mucho más sofisticado y silencioso: los escaparates.

La grandilocuencia napoléonica es cultural. Y la fastuosidad monárquica en la República. Como en las Galeries Lafayette, convertidas en catedrales contemporáneas del consumo elegante. Aunque viejas, bajo sus cúpulas modernistas desfilan turistas globales fascinados por una idea del lujo que Francia continúa administrando como si todavía poseyera autoridad estética sobre el resto del mundo. Las vitrinas parecen decir lo mismo que antes decía el viejo colonialismo cultural, sólo que ahora con perfumes caros, bolsos iluminados y maniquíes minimalistas.

El mensaje sigue siendo parecido: el refinamiento pertenece aquí; los demás apenas pueden aspirar a contemplarlo. Es la “igualdad” tan pregonada, el lujo que se le reprocha a políticos derrochadores pero al resto los deja indiferentes, cuando no cautivados, presumidos en las redes sociales con todo ese glamour. Como si no fuese necesario detenderse un moemto a reflexionar frente a la Torre Eiffel cuando soñamos con un mundo diferente.

Y acaso por eso resulta tan revelador lo ocurrido después de la pandemia. Mientras intelectuales, políticos y periodistas hablaban solemnemente de un supuesto cambio civilizatorio —del fin del consumismo desaforado, de la necesidad de repensar el modelo económico y recuperar la dimensión humana de la vida—, lo primero que hicieron miles de parisinos de clase media al terminar el confinamiento fue formarse durante horas afuera de Zara.

Filas larguísimas esperando entrar a comprar ropa industrializada en masa dentro de una ciudad que presume sofisticación cultural como patrimonio moral de la humanidad. Como si el mundo entero necesitara recordar, después del encierro y de los discursos sobre la fragilidad humana, que nada había cambiado realmente.

Porque el capitalismo contemporáneo ya no necesita siquiera disimular sus contradicciones. Existe un mercantilismo correcto, legítimo, socialmente aprobado, frente al cual parece obligatorio guardar indulgencia. No se tratara de los gringos… Aquí el consumo dejó de ser visto como frivolidad para convertirse casi en una virtud aspiracional, incluso entre quienes dicen combatir el modelo. París representa perfectamente esa contradicción.

Estando allí, entre vitrinas iluminadas, perfumes imposibles y escaparates perfectamente calculados, uno termina olvidándose por momentos de todo aquello que cientos de millones de personas en el mundo jamás podrán comprar. O al menos eso parece sugerir la moral contemporánea del consumo elegante: no sentirse culpable, no ejercer el pensamiento crítico, disfrutar la experiencia, aceptar que el lujo también puede ser democrático… aunque sólo sea como fantasía visual.

Tal vez ése sea el verdadero proyecto civilizatorio de nuestro tiempo: no acabar con la desigualdad, sino universalizar el deseo de consumir lo mismo. Convertir la aspiración material en una forma moderna de ciudadanía emocional. Ya no importa tanto quién produce, quién limpia, quién reparte o quién regresa agotado de madrugada a los suburbios; lo importante es que todos admiren las mismas vitrinas.

En París se entendió eso antes que en ninguna parte.

Incluso en los Jardines de las Tullerías, quizá el parque más emblemático de Francia, la contradicción termina sentándose a la mesa. Ahí, en un espacio público que administra desde 2005 el estatal Museo del Louvre —el museo más grande del mundo, que genera cada año unos 160 millones de euros y cuenta con una subvención de otros 100 millones—, está el Café des Marronniers, instalado entre árboles históricos y senderos terregosos que ya no consiguen ocultar el desgaste del jardín.

Los prados aparecen maltratados, algunas zonas lucen secas y pisoteadas, mientras el turista paga con resignación precios desproporcionados simplemente por participar unos minutos de la ficción parisina. Un petit déjeuner ronda ya los 17 euros; al igual que un Croque-Monsieur, cuando suele costar 6 en un café, ya caro. Un café gourmand alcanza los 10.50 euros en medio de un mobiliario que, más que refinamiento aristocrático, transmite el cansancio de un parque exhausto por el turismo global. Y, sin embargo, la gente permanece ahí fascinada. Porque París ha logrado algo extraordinario: convertir el acto de pagar caro en una experiencia cultural.

La vieja capital intelectual de Europa terminó convertida en un parque temático de sí misma. Pero todavía conserva momentos de belleza difíciles de negar. El agua golpeando lentamente los muros del Sena. Las fachadas color hueso reflejándose al atardecer. Las lámparas curvas junto al río. Las sillas verdes dispersas bajo los árboles. París sigue sabiendo cómo seducir.

Porque incluso deteriorada continúa dominando el arte de la representación. Porque logra que el visitante dude de lo que está viendo. Porque convierte el abandono en atmósfera y la desigualdad en parte del paisaje elegante.

Y entonces uno vuelve a pensar en aquel colchón recargado frente al Sena. Ya no parecía simplemente basura abandonada junto al río, sino una grieta involuntaria en la escenografía perfecta que París lleva décadas construyendo sobre sí misma. Quizá por eso resultaba tan perturbador: porque durante unos segundos la ciudad dejaba de actuar y permitía asomarse, detrás del espectáculo, la fatiga real de una capital que todavía domina el arte de seducir incluso mientras envejece, se encarece y oculta cuidadosamente sus propias fracturas.

Parafraseando a Mecano, no hay marcha en París… ni aunque lo jure Napoléon.

Compartir

comentarios

Artículos relacionadas