Ciudad de México, octubre 1, 2026 09:40
Revista Digital Octubre 2026

Donde nunca terminamos de despedirnos

“Dicen los que saben que, en los antiguos territorios de este espacio que hoy habitamos, la gente solía enfermar también del alma, del corazón, un dolor que se hacía sentir en el pecho…” 

POR MELISSA GARCÍA MERAZ*

A veces quisiera no vivir aquí, donde el recuerdo se enraíza y el alma lanza raíces. Donde los vacíos y los olvidos nunca son eternos, ni siquiera duraderos. Dicen los que saben que las ausencias no se van, se quedan, se alojan en las esquinas de las casas, en el dolor de los vivos y, a veces, se llevan a cuestas como una pesada carga que nunca termina por irse. El lugar donde nuestros muertos y nuestros fantasmas conviven en el mismo espacio.

A veces, pero solo a veces, quisiera no ser de aquí, donde se llora a los muertos y a los vivos con la misma devoción con la que se les celebra. Donde el recuerdo nos da lo mismo para cantar que para llorar. Para amar que para odiar. Para adorar que para traicionar.

Dicen los que saben que, en los antiguos territorios de este espacio que hoy habitamos, la gente solía enfermar también del alma, del corazón, un dolor que se hacía sentir en el pecho. A finales del siglo XVI, Juan de Cárdenas decía que el cacao servía para curar algún “mal de melancolía del corazón”. Cacao para las penas de amor, para la tortura de no ser amado, o aún peor, la de dejar de serlo. ¿Será que amar y perderlo todo es peor que no haber sido amado nunca? El cacao conforta el corazón, ayuda, remedia, cura y da paz.

¡Cacao, cacao…

Ven y quítame la melancolía.

Alivia mi pecho.

Alivia mi corazón.

Alivia mi yollotl.

Arranca su recuerdo y su altar de mi memoria!

Porque sí, la pena de no ser amado te puede llevar a la locura, a perder la razón, tu corazón y a ti mismo. Saber que dejaste de amarme fue difícil; saber que yo dejé de amarte primero lo fue aún más. Dejarte ir en el proscenio de nuestra historia, pedirte que te fueras. ¿Cómo le dices adiós a tu alma misma?

Porque no siempre lloramos a quien se fue; también lloramos por quienes nosotros éramos con esa persona que se fue. Por esa mujer de cabellos morados que enredaba sus largas piernas en las tuyas y sonreía mientras te decía que estaba enamorada de tus mejillas sonrojadas y tu sonrisa contenida.

Y aun así, nuestro adiós me dejó una melancolía eterna. La tristeza que me quedó al dejar de amarte, al ver tu silueta con tu sombrilla azul perderse en el camino. Del adiós de dejarme ir, del duelo por aquello que nosotros mismos tenemos que matar.

Dicen los que saben que la pena más grande es amar y no ser amado; yo creo que la pena más grande es haber sido amado y reemplazado, sí, reemplazado. Saber que esa persona a quien se amó con locura y te amó con la misma intensidad no solo ha dejado de amarte, sino que ama a alguien más. Los estudiosos dicen que se llama despecho. Yo creo que es, quizás, el sentimiento más triste, turbio y doloroso que existe. No solo perdemos a alguien con la muerte; también perdemos el lugar que ocupábamos en su mundo y que ahora ocupa alguien más.

A veces, solo a veces, quisiera no pertenecer a este mundo que convive con sus vivos, sus muertos y sus amores ausentes, que se acompaña por fantasmas y traiciones, que lleva el amor y el dolor a cuestas, a veces con tristeza, a veces con una sonrisa.

Pero el duelo y la compasión no siempre son resultado del amor perdido. Quizás Nietzsche tenía razón al desconfiar de la idea de que nuestros sentimientos sean completamente desinteresados. El dolor por la pérdida de alguien puede ser también un acto tremendamente egocéntrico. Ahora sé que te extraño porque extraño quién era yo a tu lado. Porque en ti podía verter mi amor, mi dulzura, mi pasión y desenfreno. No solo lloro tu ausencia, sino mi propia alteración, la pérdida de mí misma, de mis sueños y mis anhelos, de nuestros recuerdos y de tu afecto. Ese espejo roto que nos recuerda que hemos perdido una fuente de placer, seguridad e identidad. Ese duelo al que ni siquiera pude hacerle un ritual de despedida y al que no puedo visitar en un altar cada inicio de noviembre.

Pero a veces, solo a veces, cuando recuerdo a mis padres y a mis abuelas, al eco que dejaron con sus historias inacabadas y que me alcanza a través de relatos, de recuerdos, de canciones, pienso que, aunque no estén en este mundo físico, organizan mi mundo. Y entonces, solo entonces, salimos a construir esa tecnología cultural de la presencia de los ausentes, de los muertos y los casi olvidados, decoramos, horneamos, hacemos papel picado. Le pedimos a las flores de cempasúchil que nos ayuden a mostrar el camino que regrese a nosotros todo lo que hemos perdido. Quizás por eso, ese cacao, esa flor existen, por eso el yoloxóchitl, la flor del corazón, existe.

Me pregunto si, para mi desamor, para mi alma rota, habrá un cacao o una flor que ayude a calmar el dolor. Nos ayude a conservar algo del recuerdo sin quemarnos y fundirnos en él, algo que nos permita no tener que despedirnos completamente.

A veces, solo a veces, vivir aquí es convivir con la tristeza y la alegría, el amor y el despecho, tu recuerdo y mi recuerdo.

Quizás este lugar, acompañado de ecos, de recuerdos, de cincuenta y cuatro de tus octubres cruzando el aire, de nostalgia de besos suspendidos, de deseos no extintos, sea lo por lo que sí vale la pena vivir aquí, donde nunca terminas de despedirte completamente.

*Facultad de Psicología, UNAM

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