Ciudad de México, octubre 1, 2026 16:35
Mariana Leñero Opinión Revista Digital Octubre 2026

El duelo del casi

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Tal vez por eso llevamos siglos mirando esas dos manos y queriendo terminar el movimiento. Queremos que se toquen. Queremos cerrar el espacio.

POR MARIANA LEÑERO

Esta mañana desperté antes que mis palabras. Durante unos segundos no recordé qué me dolía. A veces me gusta ese momento; otras, le tengo miedo. La habitación todavía está en penumbra, las cosas apenas recuperan sus bordes y la vida tarda un poco en reconocerte. Por unos segundos todo está bien. Después vuelve.

No sé cómo llamarlo. Llevo días probando palabras y ninguna me queda. Tristeza es demasiado sencilla. Pérdida supone que algo se perdió. Ausencia, que alguien ya no está. Y casi todos están. Eso es lo difícil.

Mientras intentaba traducirme, pensé en La creación de Adán, de Miguel Ángel. No en la obra entera, sino en las manos. En esos dos dedos que se buscan y los pocos centímetros que quedan entre ellos. El espacio. Porque ahí cabía exactamente lo que llevaba días sin saber decir.

El casi.

Me quedé acostada pensando en cuántas cosas pueden cambiar sin desaparecer.

Mi padre sí desapareció. Hace doce años estaba en el mundo y después dejó de estarlo. Su muerte me enseñó una forma del duelo que nunca tuve que preguntarme si tenía derecho a llamarla duelo. Lo extrañaba porque no estaba. Todavía lo extraño porque no está.

Pero esta mañana no era a mi padre a quien intentaba encontrarle una palabra. Era a mí.

Durante muchos años hubo palabras que parecían saber perfectamente quién era, aunque yo no me hiciera la pregunta. Esposa, madre, hija, hermana, amiga. Yo pensaba que eran nombres. Tal vez eran coordenadas.

Una se acostumbra a vivir así. Como se vive en una casa sin preguntarse cada mañana si va a seguir en pie. No miras las paredes antes de recargarte en ellas. Hasta que un día aparece una ranura. Es pequeña. La casa no se cae y probablemente nadie más la notaría. Pero tú ya la viste. Y desde entonces, antes de recargarte, miras la pared.

Unos centímetros.

Durante años creí que algunos amores se parecían al mar. Podían retirarse, ponerse bravos, dejar la playa seca durante un rato. Pero volvían. No era optimismo. Era física. La luna. La gravedad. La marea. Ciertas personas. Hasta que un día el agua está ahí, tan mar como siempre, pero la ola se detiene antes de llegar a los pies. No desapareció el mar. Cambió la orilla.

Supongo que algo parecido ocurrió mientras mis hijas crecían, aunque yo estaba demasiado ocupada criándolas como para darme cuenta. Durante años fui una cantidad absurda de personas: madre, chofer, enfermera, maestra, cocinera, policía y, muchas veces, directora de lo que yo creía que era nuestra obra. Sabía que crecerían. Claro que lo sabía.

Ahora hay escenas de sus vidas que ya no veo. Las imagino. Dos mujeres caminando por una ciudad. Amores. Un viaje. Una comida. Una nueva mascota. Una contando algo y la otra riéndose. A veces las imágenes son tan claras que casi podría jurar que estuve ahí.

Casi.

Durante un tiempo pensé que ese casi no dolía porque el orgullo de verlas crecer era mayor que la tristeza de no estar. Y casi siempre lo es. Pero hay mañanas, como esta, en las que no. Durante años trabajé para que esas dos niñas se convirtieran en mujeres capaces de hacer una vida que no dependiera de mí. Y lo consiguieron. Qué pésima manera de tener éxito.

La obra continúa y yo he cambiado de asiento. A veces alcanzo a ver el escenario; otras imagino la escena desde unas filas más atrás. Tal vez crecer sea eso: ir cambiando de lugar en las vidas de los otros sin que nadie anuncie el cambio de asiento.

Y desde ahí también se ven escenas que hubiera querido hacer de otra manera. Palabras que no diría. Otras que sí. Errores pequeños, otros grandes y algunos que todavía duelen. Quizá ahí esté uno de los duelos más difíciles: descubrir que en esta obra no hay ensayo. No se puede volver atrás y representar mejor la escena.

Mientras ellas crecían, por supuesto, yo también. Eso sí estaba en el plan. Pensaba seguir corriendo, subir montañas, viajar, inventarme proyectos nuevos. Lo que no estaba en el plan era descubrir que el tiempo no solo pasa alrededor de una. Pasa por una.

El cuerpo cambia, claro. Eso se ve. Lo más desconcertante son los otros cambios: una palabra que tarda en aparecer, un nombre que estaba ahí hace un segundo, olvidar que se me olvidan las cosas. También ahí hay duelo. Por dentro sigo reconociéndome, aunque el cuerpo, la memoria y algunas mañanas no coincidan del todo con la mujer que creo ser.

Mi madre tiene noventa y un años.  Durante un tiempo quise adelantarme al duelo, como si empezar a despedirme antes pudiera hacer que doliera menos después. Sin darme cuenta, empecé a mirar más a la mujer que algún día no estaría, a la que tenía frente a mí.

Hasta que decidí dejar de hacerlo. Quise volver a ver a mi madre: la profesionista exitosa y enérgica, la mujer cuya risa alumbraba el cielo y la tierra, la que convertía cada rincón de nuestra casa en un pequeño museo de belleza, la que se comprometió de corazón con sus pacientes y amó a mi padre con uno de esos amores que, en lugar de doler, curan y que ni siquiera su muerte consiguió terminar.

Ahora me acerco. Le llevo chocolates, me acuesto junto a ella y apoyo la cabeza en su pecho. La escucho. Le pregunto cosas. Y entendí que también existe el duelo por lo que todavía está, simplemente porque una sabe que no estará para siempre.

Con el amor me ha pasado algo parecido. Me casé hace treinta años y ninguno de los dos sigue casado con la misma persona que eligió entonces. Él no es el mismo. Yo tampoco. Nadie te explica que en un amor largo puedes enamorarte y desenamorarte muchas veces de la misma persona; que habrá días en que pienses qué suerte tuve y otros en que te preguntes: ¿con quién chingados me casé? Y probablemente él haya pensado exactamente lo mismo.

Tal vez el duelo esté en perder la certeza de que el amor era invulnerable. En descubrir que la persona que más te conoce puede leerte mal, herirte o no estar cuando la necesitas, y que tú puedes hacer exactamente lo mismo. Pero también hay algo hermoso en dejar de buscar a la persona de hace treinta años, mirar a la que está enfrente y decidir si, con todo lo que ahora sabes, la vuelves a elegir. No porque nada haya cambiado, sino precisamente porque los dos cambiaron y, aun así, eligen quedarse.

Y ahí están de nuevo las manos. Un abismo no invita a estirar la mano. Unos centímetros, sí. Dan ganas de acercar los dedos, de hacer que la ola llegue hasta los pies, de adelantar unas filas, de volver a recargarse en la pared sin mirarla. De recuperar lo que estaba tan cerca que parecía que todavía podíamos alcanzarlo.

Tal vez por eso llevamos siglos mirando esas dos manos y queriendo terminar el movimiento. Queremos que se toquen. Queremos cerrar el espacio.

Y entonces comprendí el duelo del casi: el de lo que fue y cambió, lo que no pudo ser y lo que sigue estando, pero de otra manera. Y comprendí también que, a veces, seguir viviendo consiste en dejar de mirar lo que falta y elegir lo que todavía se queda.

Pero tenía que levantarme y comenzar el día. Salí de casa y, camino a una cita, bajé la ventana del coche y saqué la mano. El aire golpeó mi palma. Estiré los dedos y pensé otra vez en Adán, en esa mano que lleva siglos extendida hacia otra.

Yo también había pasado demasiado tiempo estirando la mía.

Entonces abrí la mano. El aire pasó entre mis dedos. No cerró ninguna distancia. No hizo que la ola llegara ni detuvo el tiempo. Tampoco hizo que los dedos de Miguel Ángel se tocaran. Solo atravesó el espacio.

Dejé la mano abierta. Los centímetros seguían ahí. El casi también. Y el duelo.

Pero por un momento ya no sentí la necesidad de acercar los dedos.

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