La ofrenda de los días
Imagen creada.
“Esos días en que los del gremio creíamos que sin papel no había paraíso…”
POR IVONNE MELGAR
¿Y si todo aquello que nos ha ido dejando solos tuviera su altar de muertos? Entonces habría que ponerle papel picado y calaveritas de azúcar al abandono y a las despedidas sin adiós.
Junto a los retratos de mis cuatro abuelos, Miguel Melgar, Rosa Brizuela, Benito Navas y Angélica Turcios; el de mi padre Luis Melgar, mi cuñado Fernando Silva, mi suegra Lupita Beltrán y nuestras perritas Natasha y Raisa, tendría que dibujar los huecos de las circunstancias que amamos por las personas que fuimos en esos vínculos fortuitos ahí tejidos.
Son nombres, rostros, carcajadas, instantes de gozo irrepetible que llegan a mis sueños de vez en vez a manera de tertulia estudiantil, evocando los viernes del Taller, como le llamábamos en la Facultad de Ciencias Políticas a la asignatura en la que cada semana íbamos compartiendo nuestros avances de tesis.
En la temprana madurez, una se consuela pensando que así es la nostalgia, una querencia juvenil que la memoria evoca. Pero cuando los años se acumulan, esos recuerdos entrañables que validan los versos del Gracias a la vida de Violeta Parra toman la dimensión del duelo.
Es una especie de viudez del tiempo que, con su paso lo sabemos, nos hizo lo que somos, moldeándonos, macerándonos, calándonos, marcándonos, calibrándonos.
En ese duelo del tiempo ido que nos forjó se fusionan la marcha del 9 de febrero de 1986, la huelga del primer Consejo Estudiantil Universitario (CEU) y la cena de la gratitud en casa de Sergio Colmenero. Junto a él, María Luisa Castro. Ambos, tomados de la mano, escuchan a cada uno de sus alumnos talleristas dándoles las gracias en esa especie de ceremonia de clausura de la generación que fuimos.
El encuentro sucede un viernes de 1987, y se me escurren las lágrimas en alguna de las tres cuartillas que llevo escritas a máquina contando que ese día es nuestro 2 de octubre que no se olvida… Que nunca olvidaremos.

Tengo conmigo únicamente una hoja de ese texto que transpira pasión, ingenuidad y mucha fe en que ese instante compartido de felicidad es apenas el inicio de otros tantos que vendrán así, colectivos, hechos de libros, escucha, entendimiento…
Y en medio del ruido de los días que corren, del diálogo imposible y las miradas de sospecha, esa joven ceuísta que fui quiere ponerle flores de cempasúchil a los talleristas que ya no están -Renato Ravelo, Ernesto Sartorius, Sergio Colmenero- y a los viernes de reencuentro que un día dejaron de existir.
En ese altar, junto al tequila de mi amado padre y los chocolates del hermano de Martín, pondría al menos una de las tantas, quizá centenares de libretas con apuntes inentendibles de la reportera que nunca se cansaba de registrar lo escuchado, lo visto y, sobre todo, los supuestos detalles que, pensaba, revelaban el momento.
Ahí mismo, encima de la tapa azul de esa libreta Escribe de espiral destartalado, colocaría el CD de Corazón Partío de Alejandro Sáez, dando testimonio del duelo por esas fiestas en las que el estado de ebriedad no lo daba el alcohol sino el privilegio de experimentar el instante, sin más preocupación de cuál otra canción tenía los estribillos para mantener encendida la euforia.
Eran reventones nunca exentos de entusiastas reseñas que compartimos alrededor de las vivencias cotidianas de reporteros, en una época en que sin distingos y sin fobias ni filias, hablábamos de nuestras fuentes y sus personajes como entomólogos.
Nadie imaginaba que a la vuelta de los años los periodistas entraríamos al túnel de la polarización política, ya no solo con posturas sino con reacciones de odio y fanatismo.
Y, en ese altar de las circunstancias fallecidas, pondría unas velitas chinas, en memoria de las parrandas preelectorales, mientras bailamos Tiene espinas el rosal, Cómo te voy a olvidar, La carta y Qué bello es…
Sí, le pondría dulce de calabaza en tacha a esos días en que nuestras preferencias partidistas y pronósticos sobre el saldo en las urnas no era obstáculo para fusionarnos en un brindis de madrugada.
Y en un hueco inadvertido, entre las calacas de Posadas y las infaltables Fridas, insertaría, a modo de papel picado, mis primeras planas en unomásuno, Reforma y Excélsior, esas que me hacían temblar de orgullo.
Y, pecando de vanidosa, usaría de tapiz de la ofrenda esas notas, entrevistas, crónicas y columnas que se perdían en las páginas interiores, y que sin embargo me hicieron sentir plena en el oficio, en esos años idos en que los periódicos digitales aún no asomaban la nariz en el WhatsApp. Esos días en que los del gremio creíamos que sin papel no había paraíso.

















