POR LA LIBRE/ Ser ‘de izquierda’
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Foto: captura de pantalla.
“Decían que nosotros éramos ideológicamente izquierdosos, pero en realidad éramos ideológicamente periodistas…”
FRANCISCO ORTIZ PINCHETTI
A la memoria de Pancho Garfias, el reportero.
Hace algunos días me encontré con un queridísimo amigo al que no había visto en varios años. Casi de entrada me soltó la pregunta: “¿Por qué si tú has sido siempre de izquierda, ahora eres crítico del gobierno morenista y de sus principales figuras?” Le dije que no era el primero que me cuestiona al respecto. De entrada, le precisé: como periodista, nunca he sido de izquierda y menos de derecha, por un lado; por el otro, Andrés Manuel, Morena y la autollamada Cuatroté, representan a una falsa izquierda. Platicamos largo rato.
La polarización fomentada por el obradorismo, le dije, ha derivado en una aberración: el considerar que son “de izquierda” los que apoyan al oficialismo y “de derecha” quienes asumen una actitud crítica frente a él y lo cuestionan. La verdad es que, además de ser un anacronismo, tal clasificación es absolutamente falaz. La autodenominada Cuarta Transformación insiste en presentarse como un proyecto de izquierda, pero los hechos la ubican en un terreno… muy, pero muy diferente.
Morena y sus gobiernos han construido una narrativa que apela a la justicia social y a la memoria histórica, pero en la práctica operan con un pragmatismo que combina nacionalismo económico, populismo, concentración de poder y una relación ambigua, cada vez más evidente, con el crimen organizado. La destrucción de las instituciones democráticas no es de una izquierda democrática sino de un régimen autoritario. Es un híbrido que se sostiene en programas sociales masivos con objetivos abiertamente electoreros, pero que debilita instituciones, controla a los poderes Legislativo y Judicial, y que en nombre del “pueblo bueno” ha dañado gravemente al país. La corrupción define cada vez más claramente la naturaleza de este gobierno, como lo hacen evidente casos concretos conocidos públicamente.
La clasificación de marras se aplica también desde el púlpito presidencial a los medios de comunicación y a los periodistas independientes, con la clara intención de descalificarlos. La mayoría de la prensa escrita y los medios electrónicos no tienen más bandera que la ganancia económica, hay que reconocerlo. No son “de izquierda” ni “de derecha”: si reciben publicidad del gobierno suelen ser dóciles con él, como ocurría en los tiempos del PRI; quienes no, lo hacen evidente con su actitud crítica y golpeadora.
Aquello de que “la prensa” estaba en contra del proyecto morenista, como tanto lo acusó Andrés Manuel cuando era Presidente, es una mentira más. Basta repasar las informaciones difundidas cotidianamente por los canales de televisión comerciales (con excepción actualmente de TV Azteca, por obvias razones) y los diarios llamados “de circulación nacional” para desmentirlo, aunque sus secciones de opinión acojan a articulistas y columnistas críticos del régimen. El juego de siempre.
Hay excepciones, por supuesto. Algunos medios –los menos, lamentablemente– ejercen su libertad de expresión mediante un ejercicio periodístico profesional, independiente, que investiga en busca de la verdad. En automático, esos medios críticos e independientes son etiquetados “de derecha”, instrumentos al servicio de los enemigos del pueblo, voceros de la ultraderecha, fascistas, etcétera, etcétera.
Algo similar ocurre con los informadores en lo individual. Quienes no se tragan las mentiras del oficialismo y ejercen la crítica, son “de derecha”. Los incondicionales, incluidos los paleros que acuden a las conferencias matutinas en Palacio Nacional– son “de izquierda”.
En lo personal, declaro de entrada que no creo en esa geometría caduca. Nunca me he ostentado como “hombre de izquierda”, aunque suene bonito. Toda mi vida profesional he ejercido el periodismo como lo entendemos quienes trabajamos primero en el diario Excélsior y luego en el semanario Proceso, en ambos casos bajo la dirección de Julio Scherer García. Consideramos que dar un sesgo ideológico a la información no es hacer periodismo, sino propaganda. Asumimos como norma una actitud crítica frente a los poderes, sea cual sea su signo ideológico. Rechazamos en consecuencia el periodismo militante.
Creo que para precisar de manera sencilla y tener mayor claridad al respecto sirven los conceptos que expresó poco antes de morir, en diciembre de 2014, el periodista y escritor Vicente Leñero –con quién trabajé muchos años, primero en el semanario Revista de Revistas de Excélsior y luego en Proceso, del que fue subdirector– en una entrevista para la revista Nexos:
“La investigación era la base de nuestro periodismo”, respondió a una pregunta sobre la ubicación ideológica de Proceso. “No tratábamos de hacer un periodismo partidista, sino uno que buscaba desentrañar la realidad. Éste en consecuencia era un periodismo ‘de izquierda’, no ideológicamente, sino que eramos de izquierda por descubrir la realidad. Eso es clave en ese periodismo. Lo vuelve a uno naturalmente de izquierda, pues es naturalmente agresivo y naturalmente contrario a la oficialidad. Decían que nosotros eramos ideológicamente izquierdosos, pero en realidad éramos ideológicamente periodistas”.
Debo reiterar en consecuencia que mis apreciaciones sobre la realidad son las de un simple periodista, no de un político ni de un ideólogo; menos de un militante. Mi único afán a lo largo de mi carrera ha sido el de informar. Y en la última etapa, ya como columnista, el interpretar la realidad a partir de hechos comprobados, observaciones, datos.
Mi formación personal previa se dio en el conocimiento de una realidad nacional de desigualdad, injusticia, explotación y pobreza de la mayoría de la población mexicana, particularmente en el área rural. Desengañarla y denunciarla fue mi motivación inicial y ha sido mi preocupación constante. Trabajé durante algún tiempo en organizaciones sociales de inspiración cristiana promotoras del desarrollo popular, comunitario. Compartí las tesis de la Teología de la Liberación y la opción preferencial por los pobres. Nunca, sin embargo, he militado políticamente ni he acogido una ideología.
No fui “de izquierda” cuando reseñé las luchas sindicales de electricistas y petroleros, los despojos de los terratenientes y caciques contra campesinos e indígenas en Chiapas y Morelos en los ochentas, el enriquecimiento de políticos priistas evidenciado en sus mansiones, las protestas de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano en 1988 o la campaña electoral del entonces perredista Porfirio Muñoz Ledo en 1995; no fui “de derecha” cuando documenté el fraude electoral contra el PAN en 1986 en Chihuahua, entrevisté varias veces a Manuel Clouthier del Rincón, Maquío, o seguí paso a paso la victoriosa campaña presidencial de Vicente Fox Quesada en el año 2000.
Ni soy ahora de bandería política o ideológica alguna cuando observo con mirada crítica, y consigno en mis textos, los desaciertos y aberraciones de un gobierno populista y mentiroso que se autodefine como “de izquierda”. Al despedirnos, mi amigo y yo nos dimos un largo abrazo. Válgame.
@fopinchetti
(Publicado originalmente en SinEmbargo Mx)

















