Ciudad de México, septiembre 21, 2026 10:03
Alcaldía Cuauhtémoc Ciudad de México

Morena se hace fraude a sí mismo e impone a Citlali Hernández para la Cuauhtémoc

La operación ocurre mientras Alessandra Rojo de la Vega, quien busca la reelección, aparece como la alcaldesa mejor evaluada de la Ciudad de México y pretende sumar al PAN y al PRI a su candidatura.

Sin convocatoria, sin transparentar encuestas y después de que aspirantes como Arturo Ávila y Dunia Ludlow declinaran en su favor, Morena encamina la candidatura de Cuauhtémoc hacia la actual presidenta de su Comisión Nacional de Elecciones.

STAFF / LIBRE EN EL SUR

Con nulas posibilidades, hasta ahora, de mostrarse competitiva frente a la eventual reelección de Alessandra Rojo de la Vega, Morena parece haber encontrado una peculiar manera de enfrentar la elección de 2027 en Cuauhtémoc: adelantarse a su propio proceso interno, retirar del camino a quienes aspiraban a la candidatura y encaminar la decisión hacia Citlali Hernández, sin transparentar las encuestas que supuestamente deberían determinar quién es el perfil más competitivo.

No hay todavía una elección interna que pueda calificarse jurídicamente como fraudulenta. Pero sí hay algo que comienza a parecerse peligrosamente a un fraude contra el propio método que Morena presume como democrático: una candidatura que se perfila antes de que exista convocatoria, una sucesión de declinaciones en favor de una sola persona y unas encuestas cuyos métodos y resultados permanecen bajo reserva.

La operación resulta, por decir lo menos, peculiar. Arturo Ávila, uno de los aspirantes que hasta hace apenas unos días buscaba encabezar la candidatura morenista, anunció que se retiraba para respaldar a Citlali Hernández. Lo hizo después de afirmar que él encabezaba las encuestas que conocía. Su explicación fue que en Cuauhtémoc no bastaba con encabezar las mediciones, porque era necesario contar con el consenso de los distintos grupos morenistas.

La explicación resulta cuando menos extraña para un partido que durante años ha sostenido que son precisamente las encuestas el mecanismo para resolver sus candidaturas. Si gana el que tiene más respaldo en una encuesta, ¿por qué hace falta entonces el consenso de los grupos? Y si lo que verdaderamente importa es el consenso de los grupos, ¿para qué se hacen las encuestas?

Ahí aparece la primera gran contradicción.

La encuesta como caja negra

Morena ha convertido la encuesta en una especie de palabra mágica: aparece cuando hay que justificar una candidatura, pero desaparecen los números cuando alguien pregunta cómo se obtuvo el resultado.

El País documentó este mes que Morena decidió mantener bajo reserva los resultados de las encuestas utilizadas para seleccionar a sus candidatos rumbo a 2027. A diferencia de 2023, cuando el partido transparentó los ejercicios demoscópicos de sus procesos internos, ahora los resultados no se hacen públicos, aunque se informa de ellos a los aspirantes descartados.

Es decir, los ciudadanos deben aceptar que hubo una encuesta, pero no necesariamente pueden conocer cómo se hizo ni qué resultados produjo.

En Cuauhtémoc, la opacidad resulta todavía más significativa. Mientras el presidente de Morena en Ciudad de México, Paulo García, pide “no comer ansias” y sostiene que primero debe emitirse la convocatoria, Arturo Ávila ya declinó en favor de Citlali, Dunia Ludlow también ha expresado su respaldo y comenzaron a aparecer pintas con las iniciales “CH” y la leyenda “Nos une”.

La Jornada documentó que, una vez que otros contendientes se hicieron a un lado, comenzó el despliegue de propaganda con las iniciales de Hernández. El diario también publicó la versión de fuentes cercanas al morenismo según la cual hubo una reunión entre Ludlow, Citlali Hernández y el secretario de Movilidad capitalino, Héctor Ulises García Nieto, quien habría acudido en representación de Clara Brugada, para acordar el apoyo a la actual presidenta de la Comisión Nacional de Elecciones.

La versión no ha sido confirmada por Brugada. De hecho, el dirigente capitalino de Morena la ha negado. Pero la secuencia está ahí: primero se habla de Citlali, después un aspirante se retira, luego otro la respalda, aparecen pintas y finalmente el partido dice que todavía no hay nada decidido.

¿Nada decidido? Entonces habría que preguntar quién está decidiendo.

Porque Citlali Hernández no es una militante cualquiera. Es la presidenta de la Comisión Nacional de Elecciones de Morena, precisamente el órgano que participa en la conducción de los procesos internos del partido. Y mientras ella asegura que todavía no ha decidido si competirá, su nombre ya está siendo impulsado públicamente por cuadros de Morena.

El problema no es que Citlali pueda competir. Por supuesto que puede. El problema es que parece estar construyéndose su candidatura antes de que los demás tengan siquiera las mismas condiciones para competir.

Eso es justamente lo que convierte el caso en un posible fraude político contra el propio Morena: no necesariamente porque se hayan falsificado votos, sino porque el procedimiento que el partido presenta como democrático podría estar siendo sustituido por acuerdos políticos previos.

Hay, además, un dato que vuelve la historia todavía más incómoda. Si la encuesta existe, Morena tendría que hacer algo muy sencillo: mostrarla. Que explique quién la levantó, que diga cuándo se hizo, que publique la muestra, que dé a conocer el cuestionario, que explique qué perfiles fueron incluidos y que presente los resultados.

Porque si Citlali realmente ganó la encuesta, transparentarla fortalecería su candidatura. Pero si la encuesta no la coloca como el perfil más competitivo, entonces la pregunta sería todavía más incómoda: ¿por qué se está construyendo su candidatura? Probablemente para que pierda…

La respuesta podría estar en la política interna de Morena.

Citlali mantiene una relación política estrecha con Claudia Sheinbaum, de cuyo gobierno fue secretaria de las Mujeres. La propia presidenta explicó en abril que Hernández dejaba la Secretaría para regresar a Morena y participar en la definición de alianzas rumbo a 2027. De ahí que su eventual candidatura no pueda leerse solamente como un movimiento local: también toca los equilibrios internos del morenismo capitalino.

Y ahí aparece Clara Brugada. Porque si Citlali representa una carta cercana al grupo político de Sheinbaum, su eventual postulación también puede leerse dentro de la disputa por los equilibrios del morenismo capitalino. No es casual que existan versiones contradictorias sobre el papel que habría jugado la Jefatura de Gobierno en la operación.

Por un lado, hay versiones de que Brugada habría intervenido para cerrar filas alrededor de Citlali. Por otro, el dirigente capitalino de Morena sostiene que la mandataria no tiene nada que ver.

Entonces, nuevamente, alguien tendría que aclarar quién tomó la decisión.

Y mientras Morena se hace bolas con su propia candidatura, hay alguien que puede estar obteniendo un beneficio inesperado: Alessandra Rojo de la Vega.

El “cero votos” y el efecto Alessandra

Arturo Ávila no sólo abandonó la carrera interna de Morena. Al hacerlo, terminó reconociendo indirectamente que el partido necesita una figura capaz de enfrentar a Rojo de la Vega y recuperar una alcaldía que perdió en 2024. Su fórmula fue presentar a Citlali como el perfil capaz de unificar al morenismo.

Pero la maniobra tiene un efecto paradójico: al convertir a Alessandra en el adversario alrededor del cual Morena tiene que cerrar filas, sus propios movimientos terminan colocándola en el centro de la contienda mucho antes de que formalmente comience.

Y Ávila, identificado en algunos espacios políticos por el episodio de los “cero votos” en una elección interna previa, decidió además buscar su reelección como diputado federal.

El asunto no sería relevante si no fuera porque la alcaldesa llega a esta discusión con números que, al menos por ahora, colocan a su gobierno en una posición políticamente favorable.

La medición de GobernArte del 7 de septiembre colocó a Rojo de la Vega en el primer lugar del ranking de aprobación de las 16 alcaldías de la Ciudad de México, con 66.1 por ciento. Apenas unos días después, el ranking de C&E Research, difundido el 16 de septiembre, volvió a colocarla en el primer lugar de evaluación ciudadana en la capital, también con 66 por ciento de aprobación.

No es una sola encuesta, pues, la que la coloca arriba. Hay cuando menos dos mediciones recientes que coinciden en ubicarla como la alcaldesa mejor evaluada de Ciudad de México.

Eso no significa que Rojo de la Vega tenga asegurada la elección de 2027. Falta más de un año, pueden cambiar las circunstancias, aparecer otros candidatos y modificarse las alianzas. Pero sí significa algo que Morena debería estar mirando con atención: la alcaldesa que pretende derrotar ya tiene un nivel de aprobación considerable mientras el partido que busca arrebatarle la alcaldía todavía no logra explicar con claridad cómo va a escoger a quien habrá de enfrentarla.

Massive Caller había encontrado en julio otro dato significativo: 54.5 por ciento de los entrevistados dijo que votaría nuevamente por Rojo de la Vega. La encuesta fue levantada el 8 de julio mediante 600 entrevistas y reportó un margen de error de ±4.3 puntos porcentuales.

Y la propia alcaldesa ya confirmó que buscará la reelección. Lo hizo públicamente el 19 de septiembre, aunque aclaró que respetará los tiempos electorales.

Es decir, mientras Morena todavía discute quién será su candidata, Rojo de la Vega ya tiene algo que ningún candidato puede fabricar de un día para otro: una administración en marcha, un nivel de conocimiento elevado y mediciones que la colocan entre las figuras mejor evaluadas de la capital.

Y ahora Morena parece dispuesto a convertirla en el adversario común alrededor del cual pretende unir a sus distintas corrientes.

La paradoja es notable: Arturo Ávila abandonó la contienda para fortalecer a Citlali, pero su declinación terminó reconociendo la centralidad política de Alessandra. Porque si la apuesta es recuperar Cuauhtémoc, el punto de referencia no es Citlali. Es Rojo de la Vega.

Y si Morena necesitaba una figura nacional para enfrentarla, como la propia alcaldesa ha señalado, la lectura política es bastante clara: la oposición interna morenista no había logrado construir hasta ahora un perfil suficientemente competitivo.

Puede discutirse políticamente esa afirmación, pero hay un hecho que la vuelve relevante: la actual alcaldesa es hoy el parámetro con el que se mide cualquier eventual candidatura de Morena.

Y eso es exactamente lo que el movimiento alrededor de Citlali ha terminado haciendo.

La contienda, además, podría complicarse para Morena si Rojo de la Vega consigue concretar una alianza con PAN y PRI. La alcaldesa ya ha llamado públicamente a ambos partidos a construir una candidatura común rumbo a 2027. Todavía no existe una postulación formal conjunta para Cuauhtémoc; pero para el PAN ya resulta imposible –y suicida– no postular a Rojo de la Vega.

Ese escenario puede modificar el tablero. Porque si PAN y PRI terminan postulando juntos a Rojo de la Vega, Morena no solamente tendrá que competir contra una alcaldesa que actualmente aparece bien evaluada en distintas mediciones. Tendrá que hacerlo contra una estructura partidista más amplia y con una candidatura que, hasta ahora, está siendo definida en medio de una cargada antes que de una competencia abierta.

Morena podría estar haciendo exactamente lo contrario de lo que necesita. En lugar de abrir una competencia para encontrar al perfil que mejor pueda enfrentar a Alessandra Rojo de la Vega, parece estar cerrando anticipadamente el camino alrededor de Citlali Hernández.

En lugar de transparentar las encuestas, las reserva. En lugar de permitir que los aspirantes compitan, algunos se retiran. En lugar de presentar resultados, se habla de consensos. Y en lugar de demostrar que Citlali es la candidata más competitiva, se construye primero la candidatura y se deja para después la explicación.

Eso no es necesariamente un fraude electoral. Pero sí puede convertirse en un fraude al propio método de Morena.

Porque si la encuesta sólo sirve para confirmar una decisión que ya tomaron los grupos dirigentes, entonces la encuesta deja de ser el mecanismo para elegir al candidato y se convierte en el mecanismo para justificarlo.

Morena no estaría haciéndose fraude a los ciudadanos todavía. Se estaría haciendo fraude a sí mismo. Y, de paso, podría estarle haciendo un enorme favor a Alessandra Rojo de la Vega.

Compartir

comentarios

Artículos relacionadas