Ciudad de México, septiembre 27, 2026 11:38
Derechos Humanos

Ni una Maricarmen más

Lo que ocurrió en Madrid este 26 de septiembre no fue solamente la protesta por una mujer de 87 años. Fue también la expresión de un miedo colectivo.

La lucha encarnizada por envejecer dignamente, por conservar un derecho tan básico como tener una casa y vivir tranquila los últimos años de vida, pareciera convertirse cada vez más en un sueño guajiro… El caso de Maricarmen ha sido la gota que derramó el vaso.

POR NANCY CASTRO

MADRID. La cita fue a las 18:00 del 26 de septiembre, en Puerta del Sol. La plaza comenzaba a llenarse mientras el sol dejaba sus últimos arreboles sobre el cielo. Centenares de personas se aglutinaban para dar marcha a una de las movilizaciones más enrabietadas de los últimos meses, provocada por el desahucio de Maricarmen el pasado miércoles 23: una mujer de 87 años que había vivido durante décadas en una vivienda con una renta congelada.

La lucha encarnizada por envejecer dignamente, por conservar un derecho tan básico como tener una casa y vivir tranquila los últimos años de vida, pareciera convertirse cada vez más en un sueño guajiro.

El caso de Maricarmen ha sido la gota que derramó el vaso.

Durante los últimos años, el problema de la vivienda en Madrid se ha agravado entre el aumento de los alquileres, la presión turística y la entrada de grandes empresas y fondos de inversión en el mercado inmobiliario. El rentismo convierte la vivienda en negocio mientras miles de personas ven cómo sus salarios no alcanzan para sostener una vida digna.

¿Hasta cuándo?

¿Quién podrá parar esto?

El Sindicato de Inquilinas intentó en más de una ocasión detener el desahucio. La vivienda en la que Maricarmen vivía había pertenecido a sus padres y ella continuó allí durante décadas, amparada por unas condiciones de alquiler que procedían de otra época y de un marco legal muy distinto al actual. Hoy, esa historia se encuentra frente a un sistema en el que el derecho a permanecer en una vivienda puede quedar subordinado a la rentabilidad económica.

Desde el Sindicato de Inquilinas e Inquilinos de Madrid se ha vuelto a exigir al Gobierno la aprobación inmediata, en el Consejo de Ministros del martes, de un decreto de vivienda con medidas para intervenir el mercado del alquiler y evitar nuevos desahucios de personas vulnerables.

La propuesta, bautizada por el propio Sindicato como «Decreto Maricarmen», en honor a la mujer que tuvo que abandonar su casa después de más de 70 años residiendo en ella, incluye mecanismos estructurales para impedir los desahucios. La organización también exige una reforma de la Ley de Arrendamientos Urbanos (LAU) para regular los alquileres de temporada y por habitaciones, así como la congelación de los precios actuales del alquiler.

Mientras tanto, la vivienda digna se desdibuja hasta convertirse en una posibilidad incierta. Y esa incertidumbre no afecta solamente a quienes hoy están siendo desahuciados: alcanza a todos. Porque cuando la vivienda deja de ser un lugar donde vivir y se convierte principalmente en un activo económico, cualquiera puede sentirse en la cuerda floja.

Las consignas comenzaron a caer sobre la plaza como una lluvia.

Turistas. Personas que entraban al Gran Casino vestidas de gala. Gente que intentaba llegar a sus destinos y se encontró con el bloqueo de cientos de voces. Las llaves de las casas sonaban al unísono mientras se repetían las consignas:

«Aquí están los antifascistas».

«Ser policía, vergüenza me daría».

«Que viva la lucha de la clase obrera».

«Maricarmen no está sola».

«¿Dónde está el Gobierno progresista?»

Desde Puerta del Sol, la marcha avanzó por Alcalá y dobló hacia el paseo del Prado hasta llegar a Carrera de San Jerónimo. Para entonces ya eran miles las personas que caminaban a un ritmo constante y sonante.

Jóvenes, niños, adultos, mayores, personas en silla de ruedas.

Una multitud diversa atravesando Madrid alrededor de una misma preocupación: el derecho a tener un lugar donde vivir.

El recorrido estaba previsto hasta el Congreso de los Diputados. Allí, una barrera de policías y vallas cerradas impedía el paso.

La manifestación fue diferente.

La historia de Maricarmen consiguió hacer visible algo que permanece muchas veces oculto detrás de las cifras: detrás de cada desahucio hay una vida, una casa, una persona que envejece y que puede quedarse sin el lugar donde ha construido su historia.

Lo que ocurrió en Madrid este 26 de septiembre no fue solamente la protesta por una mujer de 87 años.

Fue también la expresión de un miedo colectivo.

La certeza de que la vivienda puede dejar de ser un refugio y convertirse en una amenaza.

La sensación de que, en cualquier momento, cualquiera puede pasar a ser Maricarmen.

Compartir

comentarios

Artículos relacionadas