Ciudad de México, julio 15, 2026 16:06
Francisco Ortiz Pardo Medio ambiente Opinión

EN AMORES CON LA MORENA / Crónicas del asfalto que respira

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La tragedia de nuestros árboles, víctimas de la negligencia en CDMX, encuentra un contrapunto en la planeación queretana.

POR FRANCISCO ORTIZ PARDO

Mientras Ciudad de México se desmorona bajo el peso de su propia voracidad —donde cada centímetro de tierra es disputado por la piqueta inmobiliaria, donde el árbol es visto como un estorbo que incomoda al negocio y donde la tala “preventiva” se ha vuelto una religión de Estado—, Querétaro ensaya una forma distinta de habitar el territorio. Es un contraste que termina por conmover. Es la diferencia entre una ciudad que se devora a sí misma y una que intenta, con sus luces y sus inevitables sombras, tender un lazo de respeto con la naturaleza.

En la capital, el ciudadano vive con el miedo sempiterno. Uno camina por las calles con la ansiedad de quien sabe que el parque de su colonia puede desaparecer de un día para otro, engullido por una torre de departamentos que promete “vistas panorámicas” sobre los despojos de lo que alguna vez fue público. Lo más doloroso es observar la complicidad institucional: en la Sedema, la defensa de la vida arbórea es una simulación. Sus propios biólogos, lejos de proteger, parecen estar ahí para fabricar coartadas; justifican la mutilación despiadada de especies protegidas —como aquel colorín endémico que yace junto a Laureano— bajo pretextos “humanitarios” que no son más que excusas para la desidia. Es el rostro de un supuesto gobierno de izquierda que, en los hechos, nunca pone el interés público por encima del privado.

No existe una gestión integral, ni con la CFE ni con el jugoso negocio de las empresas de telecomunicaciones y televisoras, que se arrogan el derecho divino de pasar sus cables por entre las ramas, condenando al árbol a una poda criminal constante. En contraste, cuando uno se interna en el Querétaro de hoy —en esos desarrollos de clase intermedia que han cambiado las reglas del juego—, la lógica se invierte: la naturaleza no es el residuo que sobra tras la obra, sino el esqueleto del hogar.

Zibatá, Zakia y, especialmente, el complejo de La Espiga, no son solo nombres en el mapa; son la demostración de que el urbanismo puede ser civilizado. Aquí, los parques lineales no son parches de césped, sino la espina dorsal que articula la vida. En La Espiga, por ejemplo, el parque se extiende a lo largo de casi tres kilómetros funcionando como un sofisticado sistema de regulación pluvial: los lagos que lo engalanan no son meros adornos, sino vasos reguladores que captan, filtran y aprovechan el agua de lluvia, devolviéndola al subsuelo. Es un diseño donde el usuario transita entre pérgolas ergonómicas, circuitos de alto rendimiento y zonas de silencio absoluto, todo conectado por andadores y ciclovías donde el cableado simplemente no existe. Al ser la infraestructura subterránea desde la concepción, se acabó la excusa de la motosierra: la copa del árbol crece libre, plena, sin tener que pelear espacio con un poste de luz o un nudo de cables.

En la colonia Del valle Centro.

El contraste se agudiza cuando miramos hacia el futuro inmediato: el Tren México-Querétaro. En la lógica depredadora que heredamos de la metrópoli central, una obra de tal envergadura sería, sin duda, un tajo definitivo. Sin embargo, surge aquí una resistencia distinta, una propuesta académica que nace de las facultades de Ingeniería y Arquitectura de la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ) y que se abraza a la ciudadanía: el “Telar Verde”. Este proyecto propone transformar el derecho de vía en un parque lineal longitudinal que actúe como un tejido social y ecológico, integrando corredores de biodiversidad con especies nativas como mezquites y huizaches, jardines de lluvia para infiltración hídrica y una red de movilidad activa con ciclovías y puentes peatonales. La visión técnica de la UAQ es contundente: si no se planea como un activo regenerativo, el tren corre el riesgo de ser una cicatriz de basura e inseguridad. Es, en definitiva, negarse a repetir la historia del olvido y la tala institucionalizada.

Y luego están las jacarandas. Lo que aquí se vive es un espectáculo botánico que desafía la lógica de la capital. En Ciudad de México, estos árboles que florean violetas, que han sido durante décadas el emblema más tierno y singular de nuestra identidad, hoy son perseguidas. Para los funcionarios, las jacarandas no son benevolentes debido a sus raíces; y ante la falta de mantenimiento, la nula prevención de plagas y la ausencia de una poda técnica adecuada, el árbol termina condenado. Así cayó apenas hace poco un ejemplar en la calle General Porfirio Díaz, en la colonia Del Valle Centro, víctima de una estrechez de miras donde no cabe ni la belleza ni la historia. Mientras en nuestra querida urbe se les sacrifica, en Querétaro se les integra como protagonistas de una paleta vegetal planeada para resistir y embellecer este bajío. Solo en el municipio de Querétaro, sin contar municipios aledaños, se han integrado más de 30 mil ejemplares, transformando grandes avenidas en auténticos corredores biológicos. Ante el abandono sistemático en la capital, Querétaro se encamina a ser, por derecho propio, la nueva “ciudad de las jacarandas”.

Querétaro aún enfrenta sus propios demonios, y no son menores. El crecimiento desbocado ha puesto al límite la gestión del agua, un recurso finito en una zona donde la escasez acecha tras la fachada de la modernidad. El riesgo de que la burbuja se fracture es real; si la planeación no logra trascender el interés inmobiliario inmediato para asegurar la sostenibilidad hídrica a largo plazo, el modelo podría agotarse en sus propias contradicciones. Pero, aun con este horizonte incierto, hay una lección fundamental que se respira en sus parques y senderos: la calidad de vida no es un lujo que se improvisa, sino un plan que se construye. Ante la depredación rampante que hoy nos azota, ver una ciudad que intenta, al menos por diseño, dejar de pelearse con el entorno, es un alivio que, francamente, conmueve.

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