Ciudad de México, junio 15, 2024 20:12
Mariana Leñero Opinión Revista Digital Octubre 2023

Caminante hay camino

Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores.

“Si en algún momento crees que has entendido, la naturaleza se muestra desnuda para recordarte tu ignorancia”.   

POR MARIANA LEÑERO

Desde hace algunos años una de las actividades que más disfruto en mi vida es hacer caminatas.  Definitivamente me he enamorado, como adolescente en plena ebullición hormonal, de todo tipo de caminatas: cortas, largas, muy largas, con amigos, sola, en la mañana, en la tarde, con sol, con lluvia… 

Tras la enfermedad, y posteriormente la muerte de mi padre, la única actividad que me quitaba, o engañaba que me quitaba la sensación de vacío, era correr. Prisionera de mis miedos y del dolor producido por las pérdidas, decidí  correr en busca de respuestas sin saber siquiera bien las preguntas. Correr y correr, al acecho de un estado de paz en movimiento. Correr y correr para perderme en el cansancio de mi cuerpo, al son de mi respiración y conquistar triunfante el estado de “me importa madre”.  Placer pasajero que empoderaba mis venas adictivamente.  

Correr en la pandemia fue también mi salvación. Elegir las horas del día en el que se pasa desapercibido para ahuyentar las penas producidas por el encierro.  Y así, sin mucho escándalo, las caminatas comenzaron a colarse como otro de mis pasatiempos.

De la búsqueda desenfrenada a creer que en el correr estaba encontrando respuestas, en las caminatas comencé a formularme las preguntas. Preguntas que terminaban perdidas en un estado de contemplación silencioso olvidando que nací pensando. Un pie adelante del otro, un poco de agua para despertar del ensueño, un empujón más para finalizar cimas empinadas y caprichosas. Caminos sin luz que se despiertan con el amanecer, caminos alumbrados que se van despidiendo con el descanso del sol. Senderos que te guían a lo más bajo de las montañas y otros que te empujan a lo más alto, como los sueños, como las emociones. Montañas bipolares que te brindan la suficiente locura para querer seguir en el sube y baja, en el baja y sube, entre el miedo y la calma, entre la excitación y el extremo cansancio.

Y de las caminatas sin pretensiones comenzaron a presentarse las de a de veras difíciles. Aquellas a las que les tenía que poner mayor esfuerzo porque traían consigo un mayor peligro.   De seis millas se me fueron alargando los pasos a diez, a catorce, a veinte, a veintitrés. El: “regreso en un par de horas”, se iba convirtiendo en: “estaré fuera todo el día”…   

Cuando uno comienza a hacer este tipo de trayectos necesita compañeros de camino, porque como en la vida, uno no puede caminar siempre solo.  Y fue así, como en el cuento de Alicia en el País de las Maravillas, que tuve la suerte de conocer a mi conejo: Tom o Rabbit, el apodo que se ganó cuando cruzó caminando el famoso Pacific Crest Trail (PCT) que va desde México hasta Canadá por más de 2,600 millas.  Tom, uno de los mejores amigos de Ricardo, me invitó a sus entrenamientos para esta aventura. Hay que aclarar que para que él camine al paso de alguien como yo, hay que ponerle una mochila que pese no menos de 35 kg.  Como buen conejo, Tom incitó en mí la curiosidad, la aventura y las ganas de viajar hacia lo desconocido

Llevamos ya más de dos años recorriendo largos trechos juntos,  no sólo de caminos, sino de anécdotas compartidas. Si bien, parte de estos trayectos los caminamos solos y nos acompañamos en silencio, parece  extraño que dos personas tan diferentes podamos pasar más de 7 horas juntos.  Y es que los compañeros hacen el camino. No hay nada como un compañero de caminata para sufrir a su lado cada milla sudorosa, escuchando de diferentes formas las mentadas de madres por el difícil camino, o para compartir la alegría que solo se siente al llegar a la cima

Imposible no planear la siguiente aventura habiendo terminado una. Porque cada vez se hace más difícil decirle adiós a este nuevo mundo de constante cambio. Diferente cada vez que lo recorro. Ya sea que las hojas están floreciendo o muriendo o porque la luz de sol se filtra entre ellas resaltando sus diferentes colores que se trasforman en un abrir y cerrar de ojos.

Senderos de tierra, pero también de piedras, que como piezas de rompecabezas necesitas ensamblar en la mente para luego caminar seguro.  

Cuando se está en la cima, o en el fondo, o cerca del rio, o lejos de la civilización, se siente la naturaleza en su máxima potencia. Desde arriba observas el abismo de su “abajo” y desde abajo te ahogas en la grandiosidad de su “arriba”. 

Imposible decirle no a este mundo natural que muestra el poder del silencio. En las caminatas uno no es el invasor sino un simple huésped. 

Si en algún momento crees que has entendido, la naturaleza se muestra desnuda para recordarte tu ignorancia.  Los humanos estamos de visita para acallar nuestra pedantería.  Volver a temer y recordar lo que es el respeto.  En las caminatas la comodidad tiene caducidad.  En cualquier momento nos puede echar; enojada, con su crudo frío, su áspero hielo, su despiadada nieve, o su arrogante fuego…  Y es aquí arriba en las montañas donde la naturaleza no cumple el papel de mártir, aquí nos doma y pareciera que nos está ganando. Como una hermosa verdad y no una tímida esperanza.

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