Sí…, está de la patada
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Foto: Moisés Pablo / Cuartoscuro
¿Qué les ofrecemos a quienes vienen a un país que nunca estuvo listo para garantizar un buen desempeño durante este pantagruélico torneo?
POR OSWALDO BARRERA FRANCO
Lo hemos vivido, lo hemos sufrido, lo hemos gozado y, ahora, lo padecemos sin estar del todo seguros de quererlo, o al menos que nos simpatice un poco más, aunque por supuesto es más fácil mirar para otro lado y dejar que el balón haga su magia y dejé sin aliento, además de sin dinero o angustiados, a espectadores y miles de ingenuos aficionados. Sin afán de arruinarle la fiesta ni el gusto por el futbol a nadie, desde hace rato me pregunto: ¿qué necesidad había?
En 1986, alrededor del Estadio Azteca y en otras partes de la ciudad se percibía un entusiasmo sin par, a pesar de las heridas recientes. Hacía unos cuantos meses, el 19 de septiembre de 1985 quedó como una marca indeleble en la memoria de la ciudad y sus cicatrices aún se veían abiertas, en lo físico y lo anímico, entre la población que apenas había terminado de velar a sus muertos, muchos de ellos sin paradero conocido y su recuerdo aún bajo los escombros, mientras el duelo se transformaba en un muy necesario momento de desahogo colectivo que acompañaba al torneo de futbol que abarcó buena parte del país, no sólo Guadalajara, Monterrey y la capital.
Queríamos que el mundo fuera testigo de nuestra extraordinaria resiliencia, de nuestra capacidad de sobreponernos a cualquier tragedia, y que nuestro gusto por la vida y el relajo va más allá de crisis y temblores. Recibimos entonces a gente de todos los rincones del planeta y les mostramos nuestra mejor cara, aún cubierta de polvo y lágrimas, pero con una sonrisa de “bienvenidos a esta su casa”, para compartir el gusto por un deporte que apasiona a pueblos de todas las latitudes.
Así, nos sobrepusimos al miedo y el dolor, y nos sumamos a una fiesta que, con todo derecho, la hicimos de nosotros. Era nuestra fiesta, en nuestro país, en el que cada sede se volvió la casa de las 24 selecciones que disputaron el torneo, las cuales fueron recibidas con una hospitalidad que nos caracteriza desde hace mucho. Los 52 partidos de aquel torneo, en su mayoría de alto nivel, lo que no se garantiza en esta edición con 48 selecciones y 104 partidos, fueron seguidos tanto por las aficiones de las selecciones que los disputaron como por los mexicanos que nos sentimos parte de algo que nos unía, como había ocurrido tan sólo unos meses antes en medio de una tragedia.
La fiesta fue mexicana y la compartimos con el mundo de muchas maneras, en particular con nuestro entusiasmo desbordado aun antes del arranque del primer partido, fuéramos o no a los estadios, tanto en las calles como en las plazas aún cubiertas de escombros.
Ahora, esa euforia, que se perdió en medio de una muda nostalgia, y ese desahogo se han diluido en una sensación de complacencia a medias y evidente conformismo. Este torneo no se percibe como otros que hemos celebrado. Es algo impuesto, se siente ajeno, insípido y acomodado a fuerzas y con muchas reservas. En Ciudad de México, la indiferencia de varios y las dudas pesan más que el entusiasmo de antaño, ese que alguna vez un evento de esta magnitud provocaba entre sus habitantes. Es como si este torneo, que presume un alcance mundial a pesar de su evidente elitismo y su uso como herramienta política, hubiera sufrido un terremoto del cual sólo quedan ruinas que pretenden ser lo que alguna vez representaron.
A su vez, le hemos entregado la fiesta y la ciudad a un grupo de oportunistas que actúan como tiranos y mercenarios en traje, quienes dictan cómo, cuándo y quiénes pueden ser parte de lo que alguna vez fue motivo de orgullo y comunión entre aficionados a un deporte que es el más seguido y representativo de una humanidad necesitada de esparcimiento y olvido de las penurias propias y ajenas, pero que ha dejado de ser nuestro, de los aficionados.
A eso le sumamos la complicidad de quienes buscan mostrar una ciudad festiva y acogedora, pero que está lejos de aquella que hace 40 años, aun con sus calles rotas, recibió al resto del mundo y llevó la fiesta a cada esquina de una urbe lastimada pero no derrotada. Hoy, cubierta de tonos violetas y morados, y con ajolotes en cada cruce y barda disponibles, muestra sus carencias maquilladas, en lo que se invita a sus habitantes a quedarse en casa para no entorpecer el tránsito de quienes vengan de fuera a ver los partidos y gastar su dinero, no vayan a espantarse.
¿Dónde queda la afinidad y el cariño hacia el futbol, los equipos y los visitantes? ¿Qué les ofrecemos a quienes vienen a un país que nunca estuvo listo para garantizar un buen desempeño durante este pantagruélico torneo? ¿Nos conformamos con las migajas que un grupo de fachos nos deja por puro despecho?
Quienes tengan la oportunidad de ir a los estadios, quienes formen parte de las multitudes reunidas frente a pantallas y eventos de presupuestos cuestionables, quienes amen el futbol a pesar de todo, ojalá disfruten este torneo pintado de morado al menos en Ciudad de México, aunque en el fondo tenga un tono apagado que no alegra más que a quienes se beneficien de ello y se llenen los bolsillos con las ilusiones de otros. Que ruede el balón pues, y que comiencen las patadas.
















