EN AMORES CON LA MORENA / Los goles del barrio
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Pintura de María Camacho
El antifascismo del Rayo Vallecano no apareció como estrategia estética ni como moda reciente. Tiene raíces sociales e históricas muy concretas.
POR FRANCISCO ORTIZ PARDO
Yo nunca fui realmente futbolero. Mi vínculo con el fútbol tiene más que ver con la memoria que con la pasión deportiva. En el Colegio Madrid muchos de mis amigos jugaban, discutían alineaciones y podían pasar horas enteras hablando de penales injustos o goles imposibles. Yo no. Siempre fui más del beisbol.
Tal vez porque el beisbol tiene algo de ceremonia lenta, de estrategia minuciosa y de paciencia matemática. Incluso sus pausas cuentan algo. Jugarlo bien exige entender reglas más complejas, estadísticas, movimientos y probabilidades. Además están los accesorios: los guantes, los bates, las pelotas, el diamante mismo. El beisbol necesita cierta infraestructura para existir plenamente.
Muy joven, aquella distancia con el futbol terminó convirtiéndose en una cierta animadversión. No por el juego en sí, sino por todo lo que veía alrededor. Empecé a hacerme consciente del manejo mercantilista que la televisión mexicana hacía del deporte. No era solamente que el futbol estuviera en todas partes. Era la manera en que terminaba monopolizando la conversación pública, desplazando otros deportes donde México históricamente también ha tenido talento y tradición, entre ellos el béisbol.
La televisión privada se adelantó a entender que el futbol podía convertirse en una maquinaria emocional extraordinariamente rentable. Y alrededor de esa intuición construyó durante décadas un sistema de consumo masivo que terminó moldeando incluso la percepción cultural del deporte en México. Mientras el futbol recibía horarios privilegiados, narrativas épicas permanentes, cobertura desproporcionada y fabricación sistemática de ídolos, otros deportes quedaban reducidos a márgenes casi invisibles.
Y sin embargo, el beisbol seguía produciendo peloteros mexicanos competitivos a nivel internacional con muchísimo menos aparato mediático detrás.
Quizá por eso terminé viendo el futbol con cierta sospecha durante muchos años. No por el juego mismo, sino por el ecosistema comercial que lo rodeaba. Me parecía evidente que el problema no era únicamente deportivo, sino cultural: el futbol había sido convertido en un producto cautivo administrado por monopolios televisivos capaces de fabricar identidades masivas mientras reducían la diversidad deportiva del país.
Con el tiempo, sin embargo, terminé entendiendo algo que me permitió reconciliarme parcialmente con el juego. La grandeza del futbol no estaba en la industria multimillonaria que se construyó alrededor de él, sino justamente en su sencillez esencial. El futbol se volvió el deporte más universal y democrático del planeta porque para jugarlo apenas se necesita un balón. A veces ni siquiera eso: basta cualquier objeto pateable y un espacio vacío. Dos piedras pueden convertirse en portería. Una calle puede convertirse en cancha.
Ahí entendí algo importante: el futbol no conquistó al mundo por las televisoras ni por la FIFA. Lo conquistó mucho antes, porque permitía que prácticamente cualquiera pudiera jugarlo sin importar clase social, infraestructura o recursos económicos.
Y quizá justamente por eso resulta tan doloroso ver cómo esa esencia terminó muchas veces secuestrada por estructuras comerciales gigantescas que parecen olvidar de dónde viene realmente el juego.
México es el ejemplo más doloroso de eso. Pocos países poseen una afición futbolística tan gigantesca y tan emocionalmente cautiva. Millones de personas consumen futbol cada semana, llenan estadios, compran camisetas y sostienen un negocio multimillonario. Y sin embargo, el nivel deportivo lleva décadas sin corresponder a esa pasión masiva. El famoso quinto partido mundialista terminó convertido en una promesa perpetua que sirve para reactivar esperanzas cada cuatro años mientras estructuralmente casi nada cambia.
La mediocridad no afecta el negocio. Al contrario: el negocio aprendió a convivir perfectamente con ella. La eliminación del ascenso y descenso agravó todavía más esa lógica de comodidad empresarial. Muchos clubes dejaron de competir realmente por sobrevivir deportivamente y comenzaron a operar bajo una estabilidad artificial donde importa más conservar rentabilidad que desarrollar jugadores. El futbol mexicano monetizó la esperanza mejor que el talento.
También por eso me cuesta comprar del todo la idea de que el Mundial “será en México”. Formalmente sí, claro. Habrá partidos en Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey. Pero basta observar la distribución de sedes, patrocinadores, infraestructura y operación comercial para entender dónde se concentrará realmente el centro económico, mediático y político del torneo. El negocio principal del Mundial 2026 se jugará en Estados Unidos.
México aparecerá en el escaparate. Tendrá estadios llenos, ceremonias, transmisiones y celebración. Pero, en muchos sentidos, terminará funcionando más como escenario simbólico y folclórico dentro de una maquinaria gigantesca cuyo centro de gravedad estará en otro lado.
Mientras tanto, España llegará al Mundial como una de las grandes favoritas. Y quizá esa diferencia ayude a explicar algunas cosas. Ahí sigue existiendo una combinación de estructuras sólidas de formación, cultura futbolística territorial y una liga donde todavía sobreviven equipos profundamente arraigados a sus barrios. La selección española atraviesa uno de sus procesos de renovación más interesantes desde la generación campeona de 2010. Hay una nueva camada de futbolistas surgida precisamente de ese ecosistema que continúa funcionando incluso en medio de la mercantilización brutal del futbol europeo.
Eso no significa idealizar al futbol español. También ahí existen desigualdades profundas y una creciente concentración económica. Pero aun así sobreviven elementos que en otros países —México entre ellos— parecen haberse debilitado peligrosamente: competencia real, formación constante y una relación todavía viva entre ciertos clubes y los territorios que les dieron origen.
Madrid resume perfectamente esa contradicción. Por un lado están los gigantes globales. El Real Madrid, convertido ya en una marca planetaria que factura más de mil millones de euros al año y juega en un Santiago Bernabéu remodelado casi como una nave futurista diseñada para espectáculos internacionales, turismo premium y experiencias corporativas. El Atlético de Madrid, aunque conserva todavía cierta narrativa popular, forma parte también de la aristocracia económica del futbol europeo.
Y luego están los otros equipos. Los que todavía conservan barrio.

Yo terminé haciéndome del Atlético de Madrid no por tradición familiar ni por un conocimiento profundo del futbol español, sino por una especie de intuición emocional. El Atlético me recuerda un poco al Cruz Azul de Ciudad de México: un equipo urbano, popular, acostumbrado a convivir con cierta épica del sufrimiento y con una relación emocional intensísima con su gente.
Además, me encanta Madrid. Me gusta lo español, la ciudad, sus contradicciones y esa mezcla extraña de decadencia y vitalidad que aparece en tantos rincones. Pero justamente por eso nunca podría irle al Real Madrid. Hay algo demasiado perfecto, demasiado corporativo y demasiado consciente de su propia grandeza en el club blanco. Incluso el nombre parece diseñado para imponer solemnidad institucional antes que cercanía humana.
El Atlético, incluso convertido hoy en una potencia económica europea, conserva todavía algunos rastros de otra identidad. Durante décadas fue el gran club popular madrileño, el equipo de quienes no terminaban de sentirse representados por la solemnidad aristocrática del madridismo. No es casual que buena parte de la progresía cultural madrileña simpatizara históricamente con el Atlético. Tampoco es casual que los Alcántara de Cuéntame cómo pasó fueran atléticos. La serie entendía algo fundamental sobre Madrid: el Atlético representaba emocionalmente a una ciudad más humana, más contradictoria y menos solemne.
Y aun así, el Atlético ya no es exactamente un club de barrio. El verdadero equipo barrial de Madrid es el Rayo Vallecano.
Cuando quedé fascinado con lo que vi en Vallecas, me puse a averiguar un poco más sobre esos equipos que sobreviven a la sombra de los gigantes. Hasta entonces mi relación con el futbol español había sido más emocional que informada. Sabía del Atlético por afinidad intuitiva, pero conocía poco de la historia del Rayo y del Getafe. Tampoco entendía del todo por qué seguían despertando tanta identificación humana dentro de una ciudad dominada futbolísticamente por marcas globales. Y fue entonces cuando apareció algo mucho más interesante que el futbol mismo. Apareció el barrio.
Vallecas fue durante décadas uno de los grandes receptores de migración obrera dentro de España. Ahí llegaron familias enteras desde Andalucía, Extremadura o Castilla-La Mancha para trabajar en fábricas, talleres y obras de construcción mientras Madrid crecía hacia arriba. El barrio desarrolló una identidad profundamente popular, sindical y vecinal.
De ahí nació también buena parte del carácter político del club. El antifascismo del Rayo no apareció como estrategia estética ni como moda reciente. Tiene raíces sociales e históricas muy concretas. Vallecas fue uno de los bastiones republicanos durante la Guerra Civil Española y durante el franquismo conservó una fuerte tradición obrera y de izquierda. Esa memoria política terminó permeando también al club y a buena parte de su afición.
El grupo ultra Bukaneros, fundado en 1992, consolidó después una identidad abiertamente antifascista, antirracista y de izquierda radical dentro de una parte importante de la grada. En Vallecas son habituales las banderas republicanas, consignas antifascistas y mensajes vinculados a luchas vecinales o causas sociales. Incluso medios internacionales especializados en cultura futbolera describen al Rayo como uno de los clubes con identidad política más explícita del futbol europeo contemporáneo.
Eso también ha generado conflictos notorios. El caso más famoso ocurrió en 2017 con el delantero ucraniano Roman Zozulya. Parte importante de la afición rayista protestó ferozmente contra su llegada debido a supuestos vínculos del jugador con grupos ultranacionalistas de extrema derecha en Ucrania. Las protestas fueron tan intensas que el préstamo terminó cancelándose antes de que debutara oficialmente. Años después, durante un partido contra el Albacete, el encuentro fue suspendido tras cánticos de sectores de la grada llamándolo “nazi”.
Pero incluso más allá de esos episodios, lo importante es entender que el antifascismo del Rayo forma parte de algo más amplio: una identidad barrial profundamente ligada a la idea de comunidad, resistencia vecinal y oposición al futbol convertido exclusivamente en negocio.
Lo verdaderamente extraordinario sigue siendo el estadio. El Estadio de Vallecas parece resistirse a la lógica del fútbol contemporáneo. No impresiona por monumentalidad ni por lujo. Sobre la calle del Payaso Fofó apenas aparecen muros pintados rudimentariamente con rayas rojiblancas y grafitis barriales hechos casi artesanalmente. Hay una pequeña tienda de recuerdos que entre semana parece prácticamente abandonada.

Cuando llega el partido, el barrio entero despierta. Las calles se llenan de camisetas rojiblancas, humo de comida y familias caminando hacia el estadio. Los edificios contiguos participan literalmente del espectáculo. Desde algunos pisos puede verse parte del campo y de las tribunas. Hay balcones que funcionan accidentalmente como palcos populares desde donde durante años vecinos vieron gratis partidos contra el Barcelona o el Real Madrid.
Eso hoy parece imposible porque Vallecas todavía conserva una textura urbana profundamente humana. El estadio apenas supera los 14 mil espectadores y mantiene una arquitectura irregular, con tres gradas principales muy visibles y una cabecera incompleta donde prácticamente entra visualmente el barrio. No parece una arena diseñada para consumidores globales. Parece todavía un estadio de fútbol.
Durante años existieron proyectos para trasladar al Rayo a un estadio moderno, más rentable y comercializable. Pero buena parte de la afición entendió que mover al club fuera de Vallecas implicaría arrancarle una parte esencial de su alma, porque el Rayo no representa solamente un equipo sino una forma de pertenencia.
Y quizá justamente por eso la relación emocional de la afición del Rayo con la Primera División resulta tan distinta a la de los grandes clubes españoles. Para el Real Madrid, quedar fuera de Champions League puede considerarse una catástrofe institucional. Para el Barcelona, terminar tercero suele vivirse como fracaso. En Vallecas, en cambio, mantenerse en Primera División ya representa muchas veces una pequeña hazaña colectiva.
La distancia entre unos y otros no se mide solamente en la tabla de posiciones, sino en los recursos con los que compiten. Mientras el Real Madrid mueve presupuestos que superan los mil millones de euros anuales y puede fichar a figuras globales formadas en las mejores canteras o consolidadas en las ligas más poderosas del planeta, y el Atlético opera también dentro de la élite económica europea con ingresos de varios cientos de millones de euros, el Rayo Vallecano sobrevive en otra dimensión. Sus ingresos representan apenas una fracción de los de sus vecinos ilustres y su mercado natural no son las superestrellas sino futbolistas descartados por clubes mayores, jugadores en busca de una segunda oportunidad, veteranos que prolongan su carrera y jóvenes que todavía intentan abrirse paso. Mientras unos compiten por conquistar el mundo, el Rayo suele competir primero por seguir perteneciendo a su barrio.
Uno de aquellos veteranos fue, curiosamente, el mexicano Hugo Sánchez, cuando ya tenía 35 años de edad. Después de triunfar en el Atlético y convertirse en leyenda del Real Madrid, terminó jugando en Vallecas cuando pocos imaginaban que aún le quedaba futbol por ofrecer. Y sin embargo marcó 16 goles. La anécdota ilustra bien la diferencia entre los gigantes y los clubes de barrio: mientras unos compran estrellas en su mejor momento, los otros suelen apostar por quienes todavía buscan demostrar que no han dicho su última palabra.
La mejor clasificación histórica del Rayo en liga fue el octavo lugar conseguido en la temporada 2012-2013 bajo Paco Jémez, una campaña considerada todavía legendaria dentro del club. Ese registro fue igualado posteriormente cuando el equipo volvió a clasificarse para competición europea. A principios de los años 2000 el Rayo alcanzó además los cuartos de final de la Copa UEFA tras clasificarse gracias al premio Fair Play de la UEFA, una de las historias más improbables y entrañables del fútbol español reciente.
Y sí existe además una cierta cercanía cultural entre parte del universo rayista y el Atlético de Madrid, aunque conviene decirlo con rigor y sin exageraciones románticas. No significa que los aficionados del Rayo “sean” del Atlético ni mucho menos. Vallecas conserva una identidad muy propia y muchos sectores de la afición rechazan cualquier subordinación simbólica frente a clubes grandes.
Pero sí existe afinidad histórica. Un estudio sociológico elaborado por Betfair junto con las consultoras BRT United y Punto de Fuga encontró que el Rayo Vallecano aparecía como el segundo equipo favorito entre aficionados del Atlético de Madrid consultados en esa muestra. El mismo análisis mostraba también que el Rayo es uno de los clubes que menos rechazo generan en España debido a su imagen de humildad y autenticidad barrial.
Getafe cuenta otra historia. Más sobria, más industrial y menos romántica quizá, pero igualmente humana. Getafe nació desde el cinturón obrero del sur madrileño, entre fábricas, avenidas funcionales y trabajadores que diariamente se desplazaban hacia Madrid capital. Su club nunca desarrolló la identidad política de Vallecas, pero sí una especie de dignidad obrera y pragmática. El Coliseum no tiene el encanto caótico del estadio del Rayo, aunque conserva otra rareza importante: sigue sintiéndose como un club local dentro de una ciudad trabajadora.
Y quizá ahí reside lo verdaderamente valioso de estos equipos. No son solamente marcas. Todavía conservan comunidad.
Hace unas semanas, en un pequeño bar hondureño de Vallecas, me tocó ver cómo la comunidad migrante seguía partidos europeos como si se tratara de una final propia. Lo curioso era que muchos llevaban camisetas del Real Madrid. En teoría eso parecería una contradicción dentro del territorio simbólico del Rayo. Pero la migración transforma también las identidades futboleras.
Para muchos latinoamericanos recién llegados, el Real Madrid representa primero la gran ciudad global, el equipo reconocible en todo el planeta. Después viene el barrio. Y Vallecas termina absorbiendo lentamente a quienes llegan.
Porque el futbol sigue funcionando como un enorme pretexto para convivir. Ahí, en esos bares pequeños, hondureños, ecuatorianos, españoles, dominicanos o marroquíes terminan discutiendo un penalti como si llevaran años conociéndose. Se insultan durante noventa minutos y luego vuelven a brindar juntos. El futbol democratizó no solamente el deporte sino también ciertas formas de convivencia colectiva.
Y quizá ahí sobrevive todavía algo noble del juego. Porque debajo de toda la maquinaria obscena del negocio, debajo de las apuestas, del marketing y de las marcas globales, siguen existiendo lugares donde el futbol conserva textura humana.
Por eso equipos como el Rayo Vallecano siguen siendo importantes. Porque recuerdan algo que el futbol moderno parece empeñado en olvidar: este deporte nació antes que las corporaciones, antes que los fondos de inversión y antes que las campañas globales de marketing. Nació en los barrios y en la calle. Y mientras existan equipos capaces de conservar aunque sea una parte mínima de esa memoria colectiva, el futbol, quiero suponer, seguirá siendo algo más que una industria multimillonaria disfrazada de pasión.
















