Ciudad de México, agosto 31, 2026 21:33
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El viaje que siempre dejamos para después

El 27 de septiembre se celebra el Día Mundial del Turismo. Una buena ocasión para preguntarnos cuánto conocemos de México quienes hemos viajado varias veces al extranjero.

STAFF / LIBRE EN EL SUR

Hay una clase de viaje que solemos posponer indefinidamente: el que no requiere pasaporte.

El 27 de septiembre se celebra el Día Mundial del Turismo, una fecha que se conmemora desde 1980. No es casual que haya quedado fijada ese día: el 27 de septiembre de 1970 fueron adoptados, en México, los Estatutos de la entonces Organización Mundial del Turismo.

Pero podemos darle a la celebración una vuelta menos solemne. Preguntarnos, por ejemplo, cuántos de nosotros hemos viajado una, dos, cinco o diez veces al extranjero sin haber pisado siquiera la mitad de los estados de la República.

No es un examen. Nadie tiene que recorrer los 32 estados antes de cruzar una frontera. Lo curioso es la desproporción. Podemos tener fotografías en París, Roma, Madrid, Nueva York o Londres y, cuando alguien pregunta qué conocemos de México, empezar a hacer cuentas.

Y aquí aparece una paradoja todavía más interesante: para muchos extranjeros, venir a México sí constituye un viaje importante. México es uno de los países más visitados del mundo. Millones de personas ahorran, toman un avión durante horas y llegan hasta aquí precisamente para conocer lo que nosotros tenemos alrededor.

Y si vivimos en la Ciudad de México, la paradoja puede ser todavía mayor. La capital concentra una riqueza cultural difícil de competir. Tiene casi dos centenares de museos, además de zonas arqueológicas, edificios históricos, barrios, mercados, parques, restaurantes, plazas y una diversidad cultural que alcanza para llenar muchas vidas. Tenemos el Museo Nacional de Antropología, el Castillo de Chapultepec, el Templo Mayor, Bellas Artes, el Museo Nacional de Arte, Coyoacán, Xochimilco, San Ángel, Tlalpan y Chapultepec. Y aun así podemos vivir aquí durante décadas sin haber entrado a muchos de esos lugares.

En tiempos de Instagram, la contradicción se vuelve todavía más evidente. Viajar dejó de ser solamente una experiencia y se convirtió también en una forma de exhibición. Hay quien parece llevar un marcador de países: otro aeropuerto, otra capital, otro monumento, otra fotografía. Mientras más lejos, exótico y fotogénico el destino, mejor.

El mapa del mundo termina convertido en una colección de estampitas digitales.

Lo curioso es que esa competencia por demostrar que conocemos el mundo puede convivir con una ignorancia bastante doméstica. Podemos saber dónde desayunar en París, cuál es el barrio de moda en Madrid o qué playa de Bali produce mejores fotografías y no tener la menor idea de qué hay a dos o tres horas de nuestra casa.

Parece que para que un sitio nos resulte interesante primero tiene que aparecer en Instagram.

Y México no precisamente carece de lugares para descubrir. Hay 177 Pueblos Mágicos, distribuidos en 31 entidades. A eso se suman ciudades coloniales, zonas arqueológicas, reservas naturales, playas, pueblos y destinos que ni siquiera necesitan un nombramiento para resultar interesantes.

El propio país ha construido, además, enormes desarrollos turísticos para atraer visitantes. Cancún, Ixtapa, Huatulco, Los Cabos y Loreto son algunos de los grandes destinos desarrollados por FONATUR.

Y, sin embargo, seguimos teniendo la impresión de que para viajar hay que irse lejos.

Es verdad que no todo puede explicarse por la falta de curiosidad. Está la inseguridad, y sería absurdo ignorarla. Hay regiones a las que hoy muchas personas prefieren no viajar, aunque tengan ganas de conocerlas. Eso condiciona decisiones y sería irresponsable fingir que no existe.

Sólo que tampoco podemos atribuirle todo.

Durante décadas hubo destinos que funcionaron casi como ritos de iniciación. Acapulco fue uno de ellos. Para varias generaciones de mexicanos, conocer el mar significaba ir a Acapulco. La carretera, la Costera, el hotel, la playa, La Quebrada: todo formaba parte de una especie de bautizo turístico nacional.

No hacía falta descubrirlo en Instagram. Se iba porque había que ir.

Ahora podemos organizar durante meses un viaje a Europa y no saber qué hay al otro lado de la carretera que tomamos todos los días.

Y hay otra cosa que hemos perdido: la posibilidad de perdernos.

Antes uno preguntaba por dónde era. Tomaba una desviación equivocada. Llegaba a un pueblo que no estaba en el itinerario. Preguntaba dónde comer y terminaba en un sitio que ningún algoritmo habría recomendado.

Ahora el GPS corrige inmediatamente nuestros errores. Nos dice cuándo doblar, cuánto falta, dónde estacionarnos y hasta cuánto tardaremos en llegar. Hemos ganado precisión, pero quizá hemos perdido una parte de la aventura.

Porque perderse podía ser también descubrir.

Hay lugares a los que casi nadie llega. No aparecen en las listas de moda, no tienen el restaurante viral ni la fotografía obligatoria. Y eso no significa necesariamente que sean mejores. Significa que todavía pueden permitir algo que el turismo masivo dificulta: llegar sin saber exactamente qué vamos a encontrar.

El viaje cercano tiene algo de eso.

No necesita grandes preparativos. A veces basta con decidir que el sábado iremos a ese sitio por el que hemos pasado durante años. Una colonia, un museo, una plaza, un pueblo, una ciudad. No para hacer una reseña ni para conseguir una fotografía que demuestre que estuvimos ahí. Simplemente para ver qué hay.

Porque lo cercano tiene un defecto terrible: nos resulta familiar antes de conocerlo.

El extranjero exige atención. Lo cercano no. Creemos que ya sabemos cómo es porque hemos pasado junto a él cientos de veces.

Quizá por eso viajar por México requiera recuperar algo que no tiene que ver con el presupuesto, la inseguridad ni el número de países acumulados en Instagram: la curiosidad. La disposición a desviarse un poco. A no tener todo previsto. A preguntarle a alguien dónde comer. A perderse, incluso.

No se trata de sustituir París por Puebla, Roma por Morelia o Nueva York por Monterrey. Se trata de recordar que una cosa no impide la otra.

El problema aparece cuando creemos que conocer el mundo consiste necesariamente en ir cada vez más lejos.

Tal vez el turismo también pueda consistir en acercarnos.

Este 27 de septiembre, antes de revisar cuánto cuesta el próximo vuelo internacional, podríamos mirar el mapa de México. No para sentirnos mal por los estados que nos faltan, sino para descubrir cuántos lugares hemos dejado para después.

Tal vez el próximo viaje no necesite aeropuerto, pasaporte ni una fotografía para presumir.

Tal vez sólo necesite apagar el GPS de vez en cuando y, por una vez, dejar de pasar de largo.

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