Ciudad de México, julio 3, 2026 12:46
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‘Ahogado el niño’, gobierno de CDMX lanza estrategia para evitar más tragedias el domingo

STAFF / LIBRE EN EL SUR

Tras la muerte de cuatro personas el pasado miércoles, la autoridad improvisa medidas de contención

La Jefatura de Gobierno pasó de presumir cifras de asistencia récord para festejar el futbol, a exhortar a la prudencia ciudadana.

La estrategia de “Puntos Mundialistas” llega tarde ante una gestión que privilegió la promoción sobre la seguridad.

STAFF / LIBRE EN EL SUR

La tragedia, compañera inseparable de la ineficacia oficial, parece ser el único motor capaz de poner en marcha las manecillas del reloj burocrático en esta capital.

Apenas el pasado miércoles, la ciudad se vio sacudida por la muerte de cuatro personas —tres de ellas por asfixia y una joven de apenas 19 años—. Este saldo fatal exhibe hoy la fragilidad de nuestra convivencia.

Ante este luto reciente y la inminencia del partido entre México e Inglaterra, la autoridad ha sacado del cajón de las ocurrencias la estrategia “En esta cancha la seguridad también juega”.

La premisa, tardía y previsible, intenta ahora, con un discurso impregnado de buenas intenciones, lo que se debió prever hace meses: evitar que la euforia se transforme nuevamente en luto.

Este cambio de timón gubernamental resulta, cuando menos, cínico. Ocurre tras cuatro ocasiones anteriores en las que el propio gobierno capitalino presumió y buscó capitalizar políticamente el hecho de que la gente se volcara a las calles para celebrar los triunfos de la Selección Mexicana.

Con un gozo desmedido, casi irresponsable, el aparato oficial se pavoneaba en cada partido, celebrando como un logro de gestión el que cada vez fueran más los ciudadanos que se congregaban en torno al Ángel de la Independencia.

Todavía poco antes de conocerse el deceso de las cuatro personas, la Jefa de Gobierno pregonaba en redes sociales, con el entusiasmo propio de quien presume un Récord Guinness, que la asistencia en los puntos de reunión superaba el millón de aficionados.

El nuevo plan de “contención” contempla una serie de medidas técnicas que, aunque necesarias, revelan la falta de planeación previa.

Para este domingo, se ha dispuesto el encauzamiento obligatorio de flujos peatonales en Paseo de la Reforma mediante vallas metálicas que segmentarán la afluencia hacia el Ángel de la Independencia, con el objetivo de evitar los “cuellos de botella” que resultaron fatales el miércoles pasado.

Se ha anunciado también la implementación de filtros de seguridad en los accesos perimetrales, donde personal de la Secretaría de Seguridad Ciudadana realizará revisiones para inhibir la entrada de objetos contundentes, vidrio y bebidas alcohólicas.

La estrategia se complementa con una descentralización forzada hacia los llamados “Puntos Mundialistas” en diversas alcaldías, donde se han instalado pantallas gigantes en explanadas con capacidades de aforo estrictamente delimitadas por Protección Civil.

En estos sitios, se ha instruido la habilitación de brigadas de atención médica inmediata con unidades móviles de terapia intensiva y personal paramédico desplegado estratégicamente.

Asimismo, el gobierno ha ordenado el cierre preventivo de estaciones de transporte público en puntos críticos y la reconfiguración de rutas de evacuación para permitir la dispersión rápida de los asistentes tras el silbatazo final.

Resulta paradójico que, mientras se despliega este operativo, la infraestructura pública y la capacidad de respuesta ante emergencias reales hayan sido puestas a prueba de la peor manera, resultando en pérdidas humanas que hoy lamentamos.

El esfuerzo actual por evitar aglomeraciones en el Ángel es, en esencia, un intento por esconder el polvo debajo de la alfombra tras los fatídicos sucesos de mitad de semana.

La gestión de riesgos, reducida a recomendaciones para no subir a monumentos o identificar rutas de evacuación, parece más una salvaguarda legal para el gobierno que una solución integral a la problemática de una ciudad que explota ante el menor evento de masas.

Lo que hoy se presenta como un despliegue operativo “integral” no es más que la crónica de una reacción precipitada.

El gobierno, atrapado entre su necesidad de control y la realidad de una ciudad que se le desborda, confía en que la responsabilidad recaiga únicamente en el ciudadano.

Se les pide sensatez, se les ruega no beber en exceso y se les exhorta a esperar pacientemente para abandonar los sitios de reunión, como si la cordura pudiera dictarse por decreto mientras se ignora la falta de una política de convivencia que trascienda al partido en turno.

La historia de esta ciudad, tristemente, se escribe a menudo sobre la base de las omisiones. Se lanzan estrategias ante la sombra de la catástrofe, buscando mitigar los daños de una negligencia previa que se disfraza de prevención.

“Ahogado el niño”, el gobierno manda a tapar el pozo, esperando que la afición, al menos por este domingo, sea más prudente que quienes han tomado las decisiones desde el escritorio.

El resultado, más allá del marcador en la cancha, será la prueba de fuego para una administración que sigue esperando a que el agua le llegue al cuello para empezar a nadar.

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