El costo de las promesas
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Prepararse para un acontecimiento que promete prosperidad implica invertir antes de haber vendido un solo peso. Cuando el espectáculo termina, muchos descubren que lo único garantizado era el gasto.
POR NANCY CASTRO
MADRID. El verano no es lo que nos dijeron que era. Las vacaciones en la playa, con todo incluido, ya no son para cualquiera. Ya no basta con querer ir: hay que poder pagarlo. El tiempo compartido dejó de ser una puerta de acceso y se convirtió en otra deuda. Están los osados, los que se atreven a pedirle crédito al banco para sostener la idea del descanso. Pero incluso eso tiene un límite.
El verano —ese que alguna vez se nombraba como descanso— quedó enterrado en días de una juventud que pocos recuerdan con nitidez, como si hubiera pertenecido a otra economía, a otro cuerpo, a otra vida posible.
Decían que este verano México se recuperaría con el Mundial. Lo decían como se dicen las cosas que no requieren prueba, como si la promesa fuera suficiente. Para la gente de a pie, insistían, representaría una gran oportunidad.
Quizá esa sea la promesa más persistente de nuestro tiempo: creer que el futuro siempre compensará el sacrificio del presente…”
Pero ya sabemos que el negocio es para unos cuantos. Mientras tanto, los comercios que sobreviven alrededor de los estadios hacen cuentas, remodelan fachadas, traducen menús, cambian precios y aprenden algunas frases en otros idiomas. Compran refrigeradores nuevos, amplían inventarios, contratan personal por unos días y alargan sus jornadas con la esperanza de que una mínima parte de ese dinero llegue hasta ellos.
También está la otra expectativa: la de pertenecer. Vestir la camiseta oficial, consumir las promociones, reunirse frente a una pantalla o conseguir un boleto para un partido parecen formas de participar en la fiesta. Pero incluso esa pertenencia tiene un precio. El Mundial no sólo vende fútbol; vende la ilusión de que consumir es formar parte del acontecimiento.
La expectativa también cuesta dinero. Prepararse para un acontecimiento que promete prosperidad implica invertir antes de haber vendido un solo peso. Cuando el espectáculo termina, muchos descubren que lo único garantizado era el gasto.
Quizá esa sea la promesa más persistente de nuestro tiempo: creer que el futuro siempre compensará el sacrificio del presente. Primero fue: trabaja todo el año y descansarás en verano. Después: invierte en tu negocio y el Mundial te recompensará. Luego: endeúdate hoy porque mañana recuperarás la inversión. Cambian los escenarios, pero la promesa permanece intacta. También aparece la promesa de la modernización. Nuevos estadios, transporte e infraestructura. La pregunta es quién utiliza esas obras una vez que termina el evento y quién paga su mantenimiento.
Quizá nunca nos vendieron el verano. Nos vendieron la idea de que, si trabajábamos lo suficiente, algún día podríamos comprarlo.

















