Ciudad de México, junio 16, 2026 17:44
Francisco Ortiz Pardo Opinión

EN AMORES CON LA MORENA / La meta de la vida es morir contento

Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores.

Lo importante no es llegar a viejo, sino llegar acompañado por una vida que reconozcamos como nuestra.

POR FRANCISCO ORTIZ PARDO

La frase es de Jodorowsky. Pensé en ella estos días porque es mi cumpleaños, o tal vez porque los cumpleaños tienen la extraña capacidad de colocarnos frente al paso del tiempo, incluso cuando seguimos sintiéndonos los mismos. Uno descubre que está más para allá que para acá, aunque las únicas pruebas visibles sean las canas que poco a poco van ganando terreno a la oscuridad y ciertas arrugas que el espejo se empeña en recordar. Porque, si soy sincero, sigo sintiéndome más cerca del chaval que fui que del adulto que se supone que debería ser.

Algunos me explican esa sensación por el hecho de no tener hijos. Puede ser. Aunque sospecho que las causas de la vida —entre ellas las del amor— a veces sacan más canas que los propios hijos. Lo cierto es que sin causas los sentidos se pierden. Uno puede levantarse, trabajar, comer, dormir y repetir la rutina durante años sin preguntarse demasiado para qué. Y a eso terminan llamándole vida.

Pienso en quienes hacen de la rutina una forma de existencia apenas aderezada con maratones de Netflix. Tantas fuerzas desperdiciadas. Porque si una parte de la pasión que somos capaces de desplegar frente al futbol y otras aficiones que nos hacen vibrar se transformara en capacidad para mirar al prójimo, para no ser indiferentes frente a las injusticias, para interesarnos genuinamente por lo que ocurre más allá de nuestro pequeño círculo, el mundo seguramente sería otro. Y no lo digo porque seamos capaces de hacer magia, sino por la fuerza de la intención. Porque las sociedades también se construyen a partir de aquello a lo que decidimos prestar atención. La indiferencia, aunque pocas veces se le nombre así, también es una forma de participación. Cada vez que decidimos no mirar, estamos permitiendo que otros decidan por nosotros qué merece importar y qué no. Me sigue sorprendiendo la facilidad con la que aceptamos que la vida ocurra únicamente dentro de los límites de nuestras preocupaciones inmediatas.

Pero las causas son las que terminan dando dirección a los años. Las causas públicas y también las privadas; las que tienen que ver con la ciudad, con la justicia o con la comunidad, pero también las del amor, la amistad, la lealtad y la memoria. Son ellas las que impiden que el tiempo se convierta únicamente en una sucesión de días parecidos entre sí.

Porque al final no recordamos cada jornada, sino aquello que nos importó, aquello por lo que estuvimos dispuestos a alegrarnos, a preocuparnos, a luchar o incluso a sufrir. Tal vez por eso las canas que van ganando terreno a la oscuridad son también la huella de aquello que decidimos tomarnos en serio.

Con los años he empezado a pensar que lo importante no es cumplir años, sino cómo se cumplen. Incluso en la posibilidad de dormir sin culpa porque el cuerpo lo demanda, de amar el cuerpo, escucharlo y sentirlo. Comprender que los objetivos no se cumplen necesariamente por estar acompañados, sino por aprender a ser buenos acompañantes de los demás y también de uno mismo.

Durante mucho tiempo negué mis cumpleaños sin saberlo. No porque me molestaran, sino porque me parecían irrelevantes. Llegaba la fecha y no sabía qué hacer ni adónde ir. Era un día más en el calendario.

Empezó a importarme cuando comprendí que lo que realmente se festeja no es el cumpleaños, sino el hecho de estar vivo. Entonces todo cobró sentido. Celebrarlo o no celebrarlo dejó de ser lo importante. Lo importante fue que ya no pasó desapercibido.

Este martes voy a yoga con ese espíritu. Sin grandes planes. Sin necesidad de hacer algo extraordinario. Porque pocas cosas tienen más valor que dedicar un momento a uno mismo. Porque quererse también requiere práctica.

Para llegar a la clase camino aproximadamente un kilómetro. El aire todavía conserva la humedad y la frescura que dejó el aguacero de la noche anterior. Hay algo en esas mañanas lavadas por la lluvia que obliga a bajar el ritmo. Los árboles parecen respirar distinto, las calles recuperan por unas horas cierta calma y uno termina escuchándose mejor a sí mismo.

Y entonces pienso.

Pienso en las canas y en las arrugas, pero también en todo aquello que no aparece frente al espejo. En las personas que me formaron, en los afectos que permanecen, en las causas que me impidieron pasar por la vida como un simple espectador. Pienso también en quienes me provocaron dolor.

Pienso en ellos sin quedarme indiferente.

Porque quererse no consiste en cultivar el rencor, pero tampoco en negar aquello que no merecíamos y que dejó una huella indeleble. Hay heridas que no desaparecen por decreto ni porque alguna moda psicológica nos invite a soltarlas de inmediato.

Perdonar también es hacerse claro en aquello que no queremos para nuestras vidas. No significa olvidar, minimizar ni justificar. Mucho menos fingir que nada ocurrió. Significa reconocer una experiencia, comprender lo que nos dejó y decidir que no seguirá gobernando nuestros pasos.

Lo que realmente no está en nuestro control es la desconfianza que otros pueden sembrar en nosotros. Hay heridas que modifican la forma en que miramos el mundo y a las personas. No porque nos vuelvan peores, sino porque nos vuelven más conscientes de la fragilidad de los vínculos. Y es precisamente en ese territorio, hecho de alegrías y dolores acumulados, donde cobran una relevancia extraordinaria la lealtad y la congruencia.

Porque la confianza no se construye con discursos ni con promesas. Se construye con actos repetidos en el tiempo. Con la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Con la capacidad de permanecer cuando sería más cómodo desaparecer. Con la responsabilidad de hacerse cargo de las consecuencias que nuestras decisiones tienen sobre los demás.

La frase de “dar vuelta a la página” sintetiza buena parte de las confusiones de nuestro tiempo. En apariencia invita a seguir adelante, pero con demasiada frecuencia termina convirtiéndose en una forma de negación. Como si la vida fuera un libro del que pudiéramos arrancar capítulos enteros sin alterar la historia. Como si aquello que nos ocurrió pudiera quedar atrás simplemente porque decidimos no volver a mirarlo.

Dar vuelta a la página suele implicar negar los hechos, pero también negarnos a nosotros mismos. Porque somos igualmente aquello que nos alegró y aquello que nos dolió. Somos las decepciones, las pérdidas, los errores y las ausencias que nos obligaron a comprender algo que antes ignorábamos. Pretender borrar esas experiencias no nos libera de ellas; nos empobrece.

Por eso buena parte del coaching contemporáneo termina siendo un fraude, además de uno muy costoso. Nos vende la ilusión de una felicidad permanente construida sobre el olvido, sobre la supuesta obligación de soltar, cerrar ciclos y mirar siempre hacia adelante. Pero una vida no se construye olvidando. Se construye integrando.

Las heridas no desaparecen porque las declaremos concluidas. Se transforman. Se convierten en memoria, en experiencia, en cautela, en sabiduría o incluso en creación.

Nadie nos quita tampoco la capacidad de creación que a veces nace del dolor. Hay que saber decirlo sin pena y sin vergüenza. Durante mucho tiempo nos han querido convencer de que la felicidad consiste en evitar cualquier forma de sufrimiento, como si una vida lograda fuera aquella que transcurre sin heridas. Sin embargo, buena parte de lo que somos proviene justamente de aquello que nos dolió.

No hay alegría sin tristeza. No porque debamos buscar el sufrimiento, sino porque la alegría adquiere profundidad cuando ha conocido su contrario. La gratitud, la ternura, la lealtad, incluso el amor, se comprenden de otra manera después de una pérdida, de una decepción o de una ausencia. Las tristezas de la vida no son un error del camino; forman parte del camino.

La frase de “dar vuelta a la página” está ligada también a la cultura del descarte. A esa idea cada vez más extendida de que las personas, como los objetos, pueden sustituirse con facilidad cuando se vuelven incómodas. Los bloqueos digitales, tan a la orden del día, suelen presentarse como una forma de establecer límites. Y por supuesto que existen situaciones en las que son necesarios, como cuando alguien nos acosa, nos amenaza o invade persistentemente nuestro espacio. Pero fuera de esos casos, muchas veces terminan legitimando algo muy distinto: la incapacidad de sostener una conversación difícil, de hacerse responsable de las propias decisiones o simplemente de mirar al otro a los ojos.

Las pantallas nos han dado innumerables posibilidades, pero también una ventaja comodina para quienes no quieren hablar. En esta era digital resulta más sencillo desaparecer que explicar. Más fácil bloquear que argumentar. Más cómodo silenciar que escuchar.

Por eso nos fugamos hacia los chats cada vez que nos da miedo una conversación verdadera. Porque una conversación verdadera implica riesgos. Implica decir palabras con la boca y no con los pulgares. Implica gesticular, quedarnos en silencio cuando no encontramos la frase correcta, ponernos temblorosos, mostrar nuestras inseguridades, nuestra desmemoria, nuestra falta de talento para ciertos temas. Implica exponernos.

También implica escuchar. No únicamente esperar nuestro turno para responder. Escuchar de verdad. Permitir que el otro exista frente a nosotros con toda su complejidad, incluso cuando lo que tiene que decir nos incomoda.

Las miradas encontradas tienen una fuerza que ninguna pantalla puede reemplazar. Frente a frente es más difícil tratar a las personas como si fueran objetos de consumo emocional, utilizados mientras satisfacen una necesidad y descartados cuando dejan de hacerlo. Frente a frente resulta más complicado olvidar que detrás de cada vínculo hay una historia, una expectativa, una confianza depositada.

Quizá por eso la cultura del descarte necesita de la distancia. Necesita convertir a las personas en perfiles, en contactos, en conversaciones archivadas. Porque cuando reconocemos plenamente la humanidad del otro, también reconocemos la responsabilidad que tenemos frente a ella.

Y esa responsabilidad, aunque a veces resulte incómoda, es una de las condiciones de cualquier vida auténtica. Porque nadie construye una historia propia huyendo constantemente de las historias compartidas.

Y entre todas esas ideas aparece también uno de los recuerdos más bonitos de mi infancia.

Los cumpleaños con mi mamá.

Tomábamos aquellos Ruta 100 desde Cuemanco hasta Perisur. Íbamos solo ella y yo. Solíamos terminar en Martí para comprar los Adidas del año. Otras veces una manopla para jugar beisbol.

Durante mucho tiempo pensé que recordaba aquellos objetos. Hoy creo que recuerdo otra cosa. Recuerdo el trayecto. Recuerdo la compañía. Recuerdo sentirme querido.

Tal vez por eso aquellos tenis significaban tanto. No porque fueran unos Adidas, sino porque eran una expresión de amor. Y quizá por eso tampoco necesitaba otros durante el resto del año. Había algo en ese ritual que bastaba.

Los regalos de mi tía y madrina Elvira también son eso. Han llegado cada año, desde el primero. No importa demasiado si fueron grandes o pequeños. Lo importante ha sido la constancia del gesto, como si cada cumpleaños me recordara que ese día merece ser señalado, pero no simplemente porque nacimos, sino por todo lo que hemos hecho con la vida desde entonces. Por los afectos que nos han formado, por las personas que han dejado huella y por la historia que, poco a poco, vamos construyendo.

Si hacemos realmente una historia que no sea la de los demás, entonces esa historia nadie nos la puede robar ni borrar. Se queda con nosotros como se quedan los recuerdos que importan, los afectos verdaderos y las experiencias que nos transformaron. No depende de una fotografía, de una cuenta bancaria ni de los objetos que acumulamos. Permanece porque ya forma parte de quienes somos.

Con el tiempo uno descubre que los objetos duran menos que los significados. Los tenis desaparecen, las manoplas se pierden, los regalos cambian de lugar o terminan olvidados en algún cajón. Lo que permanece es aquello que representaban. El amor de una madre. La generosidad de una madrina. La certeza de haber sido importante para alguien.

Tal vez por eso seguimos buscando tanto. Porque confundimos el significado con las cosas que alguna vez lo transportaron. Pensamos que necesitamos más cuando en realidad lo que anhelamos es volver a sentirnos vinculados a algo que importe.

Y entonces pasan los años.

Seguimos persiguiendo cosas cuyo nombre conocemos pero cuyo significado ignoramos. Las deseamos porque parecen importantes, porque llenan el momento, porque nos permiten seguir adelante. Sin embargo, muchas veces olvidamos que buena parte de lo que realmente nos sostiene ya estaba ahí, en los afectos que nos fueron construyendo.

Por eso creo que envejecer solo cobra sentido en esa medida. De otra forma se sufre. Si acumulamos amor y vamos dejando atrás los trapos que ya no sirven —en el sentido más metafórico de la palabra— terminamos construyendo algo parecido a una poesía propia. Una forma singular de habitar el mundo. Una historia que nadie más puede vivir por nosotros.

Porque para morir contento resulta difícil haber vivido en la superficie. Lo superfluo, lo banal y lo frívolo pueden proporcionar anécdotas, incluso momentos agradables, pero rara vez construyen una historia. Son destellos que entretienen mientras duran y que después se confunden unos con otros. Una vida, en cambio, se sostiene sobre aquello que nos transforma, nos compromete o nos obliga a mirar más allá de nosotros mismos. Las anécdotas ocupan páginas; los afectos, las pérdidas, las convicciones y las causas terminan escribiendo la trama. Y es esa trama, más que cualquier logro o posesión, la que nos permite reconocer nuestra propia historia cuando volvemos la vista atrás.

Y entonces la frase de Jodorowsky deja de sonar como una ocurrencia brillante para convertirse en una posibilidad.

La meta de la vida es morir contento.

No porque la muerte sea una meta, ineludible final, sino porque llegar contento al final supone haber vivido una vida propia. Una vida en la que las alegrías y las tristezas hayan encontrado su lugar. Una vida en la que no hayamos sido meros consumidores de experiencias, sino autores de una historia. Una vida en la que supimos amar, equivocarnos, perdonar, recordar y permanecer.

Porque si llegamos a construir una historia verdaderamente nuestra, una historia hecha de afectos, de causas, de memoria y de presencia, entonces nadie podrá robárnosla. Nadie podrá borrarla.

Y quizá, cuando llegue el momento de bajar del autobús, lo importante no sea cuánto duró el trayecto, sino haber prestado atención al camino.

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