Ciudad de México, diciembre 1, 2022 23:08
Francisco Ortiz Pinchetti Opinión

POR LA LIBRE/ Egresado de Harvard.

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“Era, como ahora, vísperas del aniversario de la Revolución Mexicana, pero en el año 1985 –cuando se cumplían 75 años del inicio de la sublevación armada encabezada por Francisco I. Madero–, cuando acudí a la afamada Universidad de Harvard…”

POR FRANCISCO ORTIZ PINCHETTI

No es por presumir, pero yo soy egresado de Harvard, la institución de enseñanza superior más antigua de los Estados Unidos y una de las más prestigiadas del mundo. Les cuento:

Era como ahora vísperas del aniversario de la Revolución Mexicana, pero en el año 1985, en que se cumplían 75 años del inicio de la sublevación armada encabezada por Francisco I. Madero. Viajé a Boston, en Massachusetts, como enviado del semanario Proceso para entrevistar en la Universidad de Harvard al destacado historiador estadunidense John Womack Jr.

El doctor Womack, que actualmente tiene ya 85 años edad, es especialista en la gesta revolucionaria de 1910-1017, pero particularmente en la figura, el entorno y la historia de Emiliano Zapata y de su lucha. Autor de Zapata y la Revolución Mexicana (Ed. Siglo XXI, 1969), ha sido considerado uno de los mejores y más acuciosos biógrafos de ese personaje, que escudriñó como pocos los mitos y leyendas tejidos a lo largo de los años en torno al llamado por unos El Caudillo del Sur y por otros El Atila morelense debido a su predilección por incendiar haciendas.

De entrada, el especialista ofrece en su obra principal una visión bien distinta de la figura del revolucionario y su entorno, el pueblo de Anenecuilco, en Morelos. Así empieza el sorprendente prólogo de su obra más conocida:

Éste es un libro acerca de unos campesinos que no querían irse de donde eran y que, por eso mismo, hicieron una revolución. Nunca imaginaron un destino tan singular. Lloviera o tronase, llegaran agitadores de fuera o noticias de tierras prometidas fuera de su lugar, lo único que querían era permanecer en sus pueblos y rancherías, puesto que en ellos habían crecido y en ellos, sus antepasados, por centenas de años, vivieron y murieron, en ese diminuto estado de Morelos del centro sur de México…

Antes de las nueve de aquella fría y lluviosa mañana de noviembre entré al campus de Harvard por la Johnston Gate, una reja de hierro construida en 1890, la más antigua y principal de las 25 puertas que dan acceso a la Universidad fundada en 1636. No puedo negar la emoción que sentía al avanzar por un andador poblado de estudiantes ataviados con gorras y bufandas hacia los vetustos, centenarios edificios de tabique rojo que se levantaban al fondo.

Disfruté el chasquido de la hojarasca que cubría el pasillo de adoquín al pisarla, me detuve un momento por voltearme y mirar por última vez a lo lejos los edificios de la afamada Universidad y salí por la misma puerta de hierro por la que había entrado casi siete horas antes. Y fue entonces que egresé de Harvard…”

La intención de la entrevista, concertada previamente desde México para las 9:30 horas, era claramente pedir al doctor Womack su visión del Zapata de su historia y de la Revolución, frente al México actual.

“Históricamente –me dijo– fue un éxito político. Lo que hicieron los revolucionarios, los revolucionarios que ganaron –porque hubo otros que perdieron– fue descubrir la manera de arreglar las sucesiones en el poder. El problema del Porfiriato fue que el partido dominante era un solo hombre, finalmente mortal. Don Porfirio fue una especie de PRI en su época. El problema era ese: que un partido no puede depender del hecho de la mortalidad. Mientras vivía, Díaz había resuelto el problema de la sucesión: pero al final eso ya fue imposible”.

Y completó:

“Lo que los revolucionarios exitosos lograron en los años veinte y treinta fue solucionar ese mismo problema por medio de un partido político, que toma su forma moderna cuando el general Cárdenas lo reforma para integrar en él a los sindicatos y a las organizaciones campesinas: para integrarlos fundamentalmente al aparato electoral”.

Su conclusión era que el PRI, que en este entonces ya con 65 años en el poder, había suplantado al Porfiriato de principios del siglo pasado, con todos sus excesos, vicios, atrocidades… y cualidades.

Conversamos en español durante poco más de una hora, grabadora de por medio, en su breve oficina de profesor de Historia Latinoamericana y Economía en la Universidad de Harvard, un cubículo realmente modesto atiborrado de libros, papeles y fotografías.

Al terminar, urgido por la elaboración de mi texto para su envío oportuno a la redacción de Proceso, le pedí a mi entrevistado el favor de facilitarme un lugar donde pudiera transcribir la entrevista, así como una máquina de escribir, a lo que accedió amablemente. Me parece que sería ya demasiado presuntuoso asegurar que el doctor Womack fue mi director de tesis. Lo que sí puedo contarles es que él personalmente me condujo hasta la pequeña sala de juntas adyacente a su despacho en el que había sólo un librero vacío, varias sillas y una mesa larga sobre la cual estaba una máquina de escribir mecánica.

–Aquí puede trabajar son ningún problema –me dijo sonriente el famoso historiador, mientras encendía el plafón de luz. –Todo el tiempo que necesite.

Estuve ahí por espacio de tres, cuatro horas. De vez en vez me levantaba para estirar las piernas y mirar por la ventana hacia el hermoso jardín arbolado. Caía ya la tarde cuando guardé en mi pequeña mochila las 20 hojas de mi “tesis”, cerré la puerta del cubículo y fui en busca del famoso profesor de Historia, para despedirme y darle las gracias. Se había ido. Su oficina estaba cerrada y no se encontraba tras su escritorio tampoco la secretaria que me recibió a mi llegada.

Caminé entonces por un largo pasillo, baje la escalinata y salí del viejo, hermoso edificio. Había escampado ya. Atravesé un parque sembrado de pinos, cedros y abetos, cuyo follaje estaba ya dorado por el verano. Disfruté el chasquido de la hojarasca que cubría el pasillo de adoquín al pisarla, me detuve un momento por voltearme y mirar por última vez a lo lejos los edificios de la afamada Universidad y salí por la misma puerta de hierro por la que había entrado casi siete horas antes.

Y fue entonces que egresé de Harvard.

Válgame.

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