Ciudad de México, mayo 13, 2021 05:05
Mariana Leñero Opinión

Raspones y abolladuras acompañados de soberbia

POR MARIANA LEÑERO

Eso de la manejada nunca se me ha dado.  Parte de mi ineptitud la heredé de mi padre. Los carros que tuvimos estaban llenos de abolladuras y raspones, pero a él no le importaba. Cuando mi padre manejaba mantenía la palanca de velocidades en primera o si se sentía intrépido en segunda. Pero nunca escuchamos el sonido suavecito de la tercera o cuarta velocidad sino el sonido carrasposo como de borracho escandaloso a lo largo del periférico.

Por eso mi madre fue la encargada de enseñarnos a manejar. En mi caso, el curso duró poco. Con mis refunfuñones y malos modos de escuincla adolescente, mi madre claudicó.  Salió del carro y me dijo: “Sólo aprenderás cuando dejes de ser tan soberbia.”  En tono retador respondí “No conozco la palabra”. Y a lo lejos escuché: “Búscala en el diccionario”.

Cuando leí la definición, su significado me quedó como anillo al dedo. Ahí estuvo el aprendizaje, no en la manejada. Aprendizaje que se extendió del volante a la carretera de mi vida. Soberbia, actitud orgullosa, arrogante que no deja avanzar, ni para adelante ni para atrás como cuando estacionas un carro. 

Así que con la soberbia como mosca rondando entre la caca de mis defectos, fue que aprendí a manejar. Si lo que ahora hago se le llama haber aprendido.  

Cuando vivía en México nuestros carros no eran del año y no resaltaban los raspones y las abolladuras que yo Les acomodaba. Cuando el carro ya había acumulado suficientes catorrazos, sin mucho alboroto mis padres lo llevaban con el hojalatero de la colonia. Don Joaquín y su hijo Chema nos conocían bien y nos “hacían precio”.  Podíamos negociar. Éramos de la familia.        

En cambio,  en Estados Unidos fue diferente. No hay hojalateros de la colonia. Como las marcas en mis ojos y frente los raspones en el carro, no se arreglan sino son desplazados por carros nuevos. Esa costumbre de no tolerar la incomodidad que causa lo imperfecto. El úselo,  tírelo y  cámbielo a su máximo esplendor. 

En México no me cuestioné si sabía manejar, sólo lo hacía. No titubeaba. Así, como mis decisiones. Los baches de la ciudad eran mis propios baches. No tenía miedo. Tendría que haberlo tenido pero no fue así. Ahí andaba entre rayón y golpe, manejando  contenta en mi ciudad imperfecta. Imperfecta como yo.

En Estados Unidos no me asombraron las calles aplanadas y perfectamente señalizadas; lo único que me asombró fueron las calles  de miedo e inseguridad por las que comencé a manejar. 

Si bien pasé fácilmente el examen de manejo teórico, el práctico lo reprobé 3 veces.   A menos de 10 metros  manejados el examinador con libretita en mano y cara de pedo, me gritó en un inglés abrumador: STOP.

–¿Usted no se ha fijado cuál es la falta que acaba de cometer?  Me dijo al mismo tiempo que le temblaba el párpado del ojo.

Lamentablemente moví la cabeza con un no. Salió del carro como una vez lo hizo mi madre en mi adolescencia. Si bien no aludió a mi soberbia, porque más bien era mi ineptitud, sí señaló al  piso, con mucha enjundia. Ahí estaba la flecha amarilla pintada tamaño pata de dinosaurio mirando puntiagudamente hacia mí.  “Wrong way”, me miró con rabia.   

 Así fue como comencé a vivir con inseguridad mis trayectos en carro en los abismales freeways y calles bien pavimentadas de este país que me recibía.

 En estos momentos sigo sin manejar bien, pero manejo. Si llegase acomodarle un rayón al carro, le echo la culpa a mis hijas. No sé si Ricardo me cree o si me hace creer que me cree. Sea como sea, no me gusta aceptar mi error y no hay hojalateros de la colonia que me ayuden.

 La soberbia sigue apestando el camino de mi vida. Ya conozco la palabra, no tengo que buscarla en el diccionario. Sé qué aún tengo mucho que aprender,  cómo me dijo mi madre.

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