Corrupción

Publicado por Staff on Jue, 10/12/2017 - 17:05
Opinión de: 
Dinorah Pizano

El México de las recientes tres décadas incorporó a la narrativa nacional un elemento que de a poco se abrió espacio en el imaginario colectivo como reducto ante determinadas circunstancias. La propia palabra goza de un marco referencial cuya construcción obedece a sinnúmero de estímulos provistos por la arena política, mismos que en el discurso merecen condena pero en la práctica gozan de cabal salud. Me refiero a la corrupción.

Fuerzan los hechos a colocarlo como una amalgama, como una parte fundamental en el engranaje que dota de vida a los agentes que integran gobiernos de diverso nivel. Incluso permitió la cohesión en torno a una forma de razonar la acción pública desde la comodidad del erario y bajo siglas del partido dominante durante la mayor parte del siglo pasado.

Tanto el concepto como las acciones que influencia quedaron evidenciadas en cruel expresión de edificios derruidos y vidas perdidas producto de un fenómeno natural. Conforme transcurren los días se arraiga en la ciudadanía la idea de “la corrupción mata”. Si bien es un ejercicio de sintaxis que surge en un momento de crispación, me gustaría ahondar respecto a las causas, lo que desde mi punto de vista origina la existencia, generalización y normalización de la práctica en cuestión.

Es imposible discernir con claridad qué la propicia, es decir, si el ofrecimiento por una de las partes o la petición de otra. Lo concreto es que se convirtió en una herramienta cercana y la cual ninguno de los actores en cuestión al momento de dirimir un asunto desconoce. La normalización llegó cuando no existieron consecuencias para los grandes actos de corrupción. Por el contrario, las instituciones comunican que actúan de coyuntura en coyuntura, por lo tanto en cuanto transcurre el tiempo y la efervescencia respecto a un tema pasan al siguiente sin acción concreta alguna.

Por ejemplo, el hermano de un expresidente fue sujeto de justicia mediante la devolución de una cantidad monetaria ajena a la imaginación de millones de mexicanos. Cuando midieron que la ciudadanía no tenía claro el porqué de la acusación por corrupción, emergió el tradicional “Usted disculpe”.

Perdimos la estructura y, por difícil que parezca de asumir, para los ciudadanos el eje que articula las acciones de los diversos órdenes de gobierno es hoy la corrupción. No debe pasar desapercibida la reciente publicación de Transparencia Internacional con el informe de la serie Barómetro Global de la Corrupción, el cual indica que más del 51 por ciento de los mexicanos incurrió en actos de soborno a las autoridades para acceder a servicios básicos.

Insisto en que es difícil encontrar la génesis direccional, pero tal cantidad no es producto de una simple asociación racional de elementos, sino que es determinada por la racionalidad situada de las personas, es decir, se toman decisiones en función no de la mayor cantidad de atributos que se le conceden a determinado acto y los beneficios a largo plazo que tendrá para la construcción de intencionalidades colectivas, entran en juego factores como el tiempo, donde la jornada laboral impone ritmos cercanos a las 14 horas, los costos monetarios versus la eficiencia en la obtención de servicios, la impunidad que prevalece aún ante fraudes del tamaño de la Estafa maestra y la común relación con la idea de “esto es poco en comparación con...”.

Tampoco debemos resignar colocar a la corrupción como un atributo de la cultura nacional, como se intenta transmitir desde ciertas instancias del Estado. Por cultura  entendemos matriarcado del Istmo, mayordomía en los pueblos, organización ciudadana, economía solidaria, policías comunitarias, concejos campesinos, comunidades de pescadores, tekio, faenas, comisariados ejidales, bienestar como derecho, negocios de barrio, las charlas a la puerta de casa, las vueltas por el kiosko, y un enorme y rico etcétera.

De ninguna manera la corrupción forma parte de los ciudadanos, nadie nace corrupto, así como nadie nace con propensión al crimen, por ello debemos señalarla y desterrar a quienes encontraron bajo su robusto brazo la manera de transitar en la impunidad, mismo que hoy no alcanza para tapar a los muertos por la corrupción y especulación inmobiliaria. 

 

 

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