Ciudad de México, septiembre 8, 2026 14:54
Cultura Francisco Ortiz Pardo Opinión

EN AMORES CON LA MORENA / La gravedad de un beso

Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores.

El siguiente es un extracto de Honrar nuestro amor (Magenta, 2026), la novela que el autor presentará este 11 de septiembre, en el Museo de Culturas Populares; en el marco del Festival Internacional Cervantino, el 9 de octubre; y en la Feria Internacional de Libro del Palacio de Minería, el 28 de febrero de 2027.

POR FRANCISCO ORTIZ PARDO

No es que quisiera averiguarlo. Pero cuando me mataba la curiosidad de saber qué nos pasaba, nunca encontraba la respuesta. Era otra forma de probar que no todo lo que existe se puede explicar y que tampoco tiene por qué ser explicado.

Cuando nos besábamos nos sentíamos como embrujados.

Algo imantado impedía que nuestros labios se separaran, como si el contacto tuviera su propia ley de gravedad. Los besos se convertían en algo tan largo como el tiempo y las circunstancias nos permitían: a veces minutos sin aire, otras horas sin mundo.

Ocurrió la primera noche, cuando aún no sabíamos nada del otro más allá del deseo. Y ocurrió también la penúltima, cuando ya lo sabíamos todo —o eso creíamos— y, sin embargo, seguíamos besándonos igual: como si cualquiera de esos besos pudiera salvarnos, o condenarnos, según como cayera la noche.

Con cada beso sentía que algo en ella peleaba por no sentirse vulnerable, pero al mismo tiempo se le abría el pecho como si hubiera encontrado por fin un respiro. Yo no entendía ese misterio, ni quería entenderlo. Me bastaba con el modo en que su boca resolvía lo que su cabeza complicaba.

Era una mujer que dudaba de todo. Pero conmigo no dudaba del beso.

Su boca era la respuesta que su mente se negaba a reconocer.

Cuando me tomaba la cara con las dos manos, yo sabía que ahí estaba ella sin armaduras: la que se atrevía a no pensar, a no calcular, a no temer que el amor tuviera consecuencias. Y quizá por eso sus besos duraban tanto: porque eran el lugar donde sí se dejaba sentir.

Había un instante —siempre el mismo— en que el beso cambiaba de naturaleza: pasaba de ser un reconocimiento a ser una confesión. Y entonces ya no éramos dos adultos midiendo el paso. Éramos un solo cuerpo sobreviviendo al mismo deseo.

Sus labios se quedaban encerrados en los míos como si soltarlos implicara aceptar que la vida podía seguir su marcha normal. Y lo normal nunca nos bastó.

Creo que por eso esos besos fueron tan peligrosos: porque nos daban un futuro imaginado en cuestión de segundos.

Quizá fue un engaño de la química, un truco del cerebro, una travesura de las hormonas. O quizá fue simplemente que el amor existe así: irracional, imposible de medir, inexplicable, cierto.

Y muchos meses después lo comprobé: cuando el beso ya no estuvo, su ausencia seguía respirando. La primera noche nos besamos para inaugurar algo desconocido. La penúltima, para no dejarlo terminar.

Entre una y otra hubo 1,279 días y también hubo todo un mundo: viajes, madrugadas, un niño que nos enseñó a amar mejor, un perfume que se quedó impregnado en mis camisas, discusiones menores e intensas, certezas mayores, silencios que daban miedo… y la esperanza orgullosa de que siempre habría un beso más.

No sabíamos —o no quisimos saber— que casi siempre lo más largo es también lo que más duele cuando termina.

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