Cordonazo y bendición de animales, por San Pancho
San Francisco predicando a las aves. Oleo sobre lienzo de Antonio Carnicero Mancio ((1748-1814).
Pocos son los que hoy recuerdan el sentido y el origen del llamado cordonazo, una entrañable tradición casi olvidada que marca el final de las lluvias otoñales en la capital.
Cada 4 de octubre, los templos y atrios se llenan de vida con familias que llevan a sus mascotas a recibir una entrañable bendición en honor al santo patrono de los animales, San Francisco de Asís.
STAFF/LIBRE EN EL SUR
Hoy amaneció lloviendo en la Ciudad de México… El equinoccio de otoño trae consigo no solo un cambio notable en el termómetro de la capital, sino también una de las tradiciones más arraigadas en el calendario popular y litúrgico de octubre.
Con la festividad de San Francisco de Asís, cada 4 de octubre, una fecha que convoca tanto la devoción religiosa como la sabiduría empírica del campo mexicano frente al comportamiento impredecible del clima urbano, la memoria colectiva revive costumbres de antaño que parecían sepultadas por el ritmo de la modernidad.
En el imaginario del país, esta efeméride marca tradicionalmente el fin de la época de lluvias intensas mediante un fenómeno meteorológico conocido popularmente como el cordón de San Francisco.
La creencia popular sostiene que este día se registra de manera invariable el último gran aguacero o tormenta fuerte de la temporada, un temporal simbólico con el que la naturaleza parece despedir los meses húmedos para dar paso al descenso térmico característico de la nueva estación.
Nuestros abuelos solían advertir sobre este fenómeno con respeto, preparando techos y caminos ante la furia repentina de un cielo que amenazaba con descargar sus últimas reservas de agua antes de dar paso a los vientos limpios de octubre.
Paralelamente, la figura luminosa del santo patrono de los animales y de la ecología inspira una hermosa celebración secular y religiosa en numerosas parroquias diseminadas por las diversas alcaldías de la capital mexicana.
Durante esta conmemorativa jornada, los fieles acuden con fervor a los templos para presentar a sus fieles compañeros —desde perros guardianes y gatos caseros hasta aves y otros animales domésticos— ante los altares.
El propósito principal es recibir la tradicional bendición, un acto profundamente conmovedor que honra el respeto absoluto y la hermandad que el fraile italiano profesaba hacia toda la creación, considerándolos hermanos menores del hombre.
Estas expresiones culturales reflejan con claridad la persistencia de antiguas costumbres que logran vincular de manera armónica la vida cotidiana de las comunidades urbanas con los ciclos naturales y la protección animal.
Mientras las ciudades crecen con planchas de asfalto y torres de cristal, estos pequeños reductos de fe popular y memoria climática sobreviven como testigos de un pasado rural que se niega a desaparecer por completo del paisaje metropolitano.
Los sacerdotes que rocían agua bendita sobre los lomos de los perros y las jaulas de las aves repiten un gesto milenario que humaniza las ciudades y devuelve a las familias un sentido de comunidad y cercanía con la naturaleza.
Asimismo, la llegada de este frente frío y las lluvias asociadas al santo de Asís sirven como recordatorio de que los ritmos de la tierra siguen vigentes a pesar del pavimento, el tráfico y la contaminación que caracterizan a la gran urbe moderna.
Entre la añoranza por los días cálidos que se van y la aceptación resignada de las tolvaneras y frescas brisas otoñales, los capitalinos encuentran en esta festividad un pretexto ideal para detenerse un momento y mirar alrededor.
Es fundamental rescatar estas narrativas del olvido colectivo, pues forman parte indiscutible de nuestra identidad cultural y de la riqueza intangible que se transmite de generación en generación en los barrios tradicionales de la Ciudad de México.
De este modo, entre truenos lejanos que anuncian el fin del temporal y ladridos festivos en los atrios eclesiásticos, el cuatro de octubre se consolida como una fecha donde convergen el misterio del clima y la ternura hacia los seres vivos.

















