Ciudad de México, septiembre 15, 2026 14:57
Francisco Ortiz Pardo Opinión

EN AMORES CON LA MORENA / Lo que el amor deja

Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores.

El texto que aquí se publica fue leído durante la presentación de la novela Honrar nuestro amor, del mismo autor, realizada el viernes 11 de septiembre en el Museo de Culturas Populares.

POR FRANCISCO ORTIZ PARDO

Que si esta es una novela sobre el amor, la respuesta es sí. Pero no es una novela sobre los finales felices. La felicidad no es un estado permanente y las historias de amor tampoco tienen un solo final.

Nadie nos enseña qué hacer cuando termina una historia de amor.

Nos enseñan matemáticas, historia, geografía. Nos enseñan a competir, a trabajar, a producir. Nos preparan para casi todo. Pero nadie nos prepara para perder a la persona que amamos. Nadie nos explica qué hacer cuando el amor deja de ser un refugio y se convierte en una herida.

No quise escribir únicamente la historia de una pareja. Me interesó escribir sobre lo que el amor revela de nosotros. Porque el otro nunca es solamente el otro. También es el espejo donde terminamos descubriéndonos. A través de él aparecen nuestras virtudes, nuestros miedos, nuestras contradicciones y nuestras heridas. Cuando una historia de amor termina no sólo perdemos a alguien. También desaparece la persona que éramos junto a ese alguien.

Honrar nuestro amor es una novela psicológica. La literatura y la psicología no compiten entre sí; se necesitan. Una explora el misterio de la condición humana; la otra intenta comprenderlo. Entre ambas transita esta historia.

Por eso aparecen en ella la teoría del apego, las heridas de la infancia y esos patrones de conducta que parecen acompañarnos toda la vida. No como diagnósticos ni como respuestas, sino como herramientas para comprender por qué amamos como amamos, por qué repetimos una y otra vez las mismas historias y por qué, a veces, terminamos lastimando precisamente a quienes más queremos.

Esta narrativa también nos pone frente al dilema que Sartre planteaba acerca de la responsabilidad en la libertad. El filósofo francés acuñó la famosa frase de “somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros”. Mi novela busca desvelar lo que ocurre cuando no hacemos nada con lo que hicieron de nosotros.

La psicología intenta comprender desde categorías. La literatura comprende desde personas. Una aspira a explicar; la otra acepta que siempre habrá una parte de la condición humana que permanecerá abierta al misterio. Es precisamente en ese misterio donde se desarrolla esta historia.

Una novela no está escrita para que todos entiendan lo mismo. Está escrita para que cada lector encuentre una lectura distinta. La historia es la misma; la lectura nunca lo es. En realidad, toda novela termina de escribirse cuando alguien la lee.

Hay expresiones que me provocan alergia. Una de ellas es “dar vuelta a la página”. Sé que suele decirse con la mejor intención. Pero muchas veces quien la pronuncia proyecta su propia dificultad para escuchar el dolor ajeno. Nadie da vuelta a una página sin llevar escrita la anterior. Todos llegamos a un nuevo amor con las marcas, las cicatrices y los aprendizajes del anterior. No empezamos de cero. Empezamos desde donde nos dejaron nuestras heridas.

Hay otra paradoja que me interesa. He encontrado hombres profundamente sensibles frente al dolor de las mujeres e incapaces de reconocer el suyo. A veces esa empatía hacia el dolor femenino termina convirtiéndose en el mejor escudo para no confrontar las propias heridas.

Resulta más sencillo mirar hacia afuera que mirar hacia adentro. Denunciar las violencias que padecen los demás exige sensibilidad. Reconocer las propias heridas exige vulnerabilidad. Y eso suele ser mucho más difícil.

Tal vez por eso esta historia ha encontrado, en más de una ocasión, una recepción más abierta entre mujeres que entre algunos hombres. Muchas lectoras entienden que una de las herencias más perversas del patriarcado consiste precisamente en haber educado a los hombres para desconfiar de su propia vulnerabilidad. Un hombre que no puede nombrar su dolor tampoco alcanza a comprender del todo la manera en que ese dolor condiciona su forma de amar.

Esta novela no pretende establecer competencias entre sufrimientos. El dolor no distingue género. Lo que cambia, muchas veces, es el permiso que cada sociedad concede para expresarlo.

Escribir es el acto más coherente de la inherente soledad. Es el lugar donde aceptamos que nunca conoceremos del todo a los otros, porque tampoco terminaremos de conocernos a nosotros mismos.

Existen novelas eternas: las que uno escribe mientras camina, las que corrige una y otra vez sin decidirse nunca a terminarlas. Las otras salen al mundo en medio de sus imperfecciones, porque llega un momento en que también hay que dejarlas ir.

Quizá por eso la literatura sigue siendo indispensable. No resuelve el misterio de la condición humana; nos permite habitarlo.

No espero que esta novela ofrezca respuestas. Me bastaría con que ayudara a formular mejores preguntas. Y si, en ese camino, algún lector encuentra una manera distinta de mirar su propio duelo, sentiré que todo este transitar mío habrá valido la pena.

Compartir

comentarios

Artículos relacionadas