Ciudad de México, septiembre 12, 2026 20:56
Cultura

Llena “Honrar nuestro amor” el Museo de Culturas Populares

La primera novela de Francisco Ortiz Pardo fue presentada este viernes 11

Alrededor de 150 lectores, familiares, amigos, escritores, artistas y periodistas acudieron al encuentro literario.

Adriana Segovia, Ivonne Melgar y Ximena Sánchez Echenique participaron en la conversación, moderada divertidamente por el actor Rodrigo Murray.

La obra aborda el amor, la separación, el duelo, la responsabilidad afectiva y las formas de reconstruirse después de una relación.

STAFF / LIBRE EN EL SUR

Una historia de amor que llega a un fin interminable. Ese es uno de los ejes de Honrar nuestro amor, primera novela de Francisco Ortiz Pardo, presentada este viernes 11 de septiembre ante alrededor de 150 lectores, familiares, amigos, escritores, artistas y periodistas reunidos en el Museo Nacional de Culturas Populares.

Publicado por Editorial Magenta, a cargo de Alejandro Cabello, el libro fue comentado por Adriana Segovia, Ivonne Melgar y Ximena Sánchez Echenique, en una conversación moderada por el actor Rodrigo Murray, quien imprimió a la presentación un tono divertido y cercano.

La novela, que transcurre entre 2019 y 2023, tiene como telón de fondo la Ciudad de México, la pandemia y el confinamiento. A través de una relación amorosa marcada por la intensidad, el deseo, la separación y el duelo, Ortiz Pardo explora aquello que permanece cuando una historia compartida parece haber terminado.

El amor y la responsabilidad afectiva

Adriana Segovia, socióloga por la UNAM, maestra en Terapia Familiar por el Instituto Latinoamericano de Estudios de la Familia, docente y supervisora clínica, explicó que leyó Honrar nuestro amor, de Francisco Ortiz Pardo, en tres tiempos: el encuentro y la relación, la separación y el duelo.

Le pareció significativo que se trate de una historia de amor narrada desde la perspectiva de un hombre dentro de una relación heterosexual. “Para enamorarnos no tenemos que leer nada, ni necesitamos terapia ni consejos. Pero para atravesar un rompimiento, no hay sol que nos caliente ni libro que nos salve”, señaló.

Según Segovia, la novela permite observar simultáneamente el enamoramiento, el rompimiento y el duelo, y comprender cómo cada etapa modifica la percepción de las otras. A partir de ello, planteó algunas preguntas: ¿romper siempre es devastador?, ¿todos lo vieron venir menos uno?, ¿hay buenas y malas formas de terminar una relación?

Su respuesta es que toda ruptura duele, pero no necesariamente tiene que ser devastadora. La diferencia está, en buena medida, en la manera en que se lleva a cabo. Las malas formas de terminar exhiben toxicidades, heridas y traumas; las buenas, en cambio, muestran las partes saludables y decentes de quienes participan. “Porque que sepamos terminar bien habla de quiénes somos nosotros, no del otro”, afirmó.

En la relación narrada en la novela, Segovia identificó mentiras, engaños, relaciones encimadas, ambivalencias, dobles mensajes y formas de doble vínculo. Recordó una frase del protagonista: “Yo, que supe poco después de nuestra primera noche juntos que estaba enamorado y que ya no había querido ver a nadie más, no entendía qué lugar tenía en el suyo”.

También se detuvo en una frase de Araida: “Te quiero demasiado como para acercarme”. Para la especialista, se trata de un lenguaje cruzado, en el que cualquier respuesta parece equivocada: acercarse está mal, pero alejarse también. Aunque pueda sonar poética, esa expresión puede convertirse en una forma de justificar la evasión y producir un profundo atrapamiento emocional.

Segovia subrayó, además, que toda relación es política, pues en ella intervienen relaciones de poder determinadas por el género, la clase, la educación, el estatus y las condiciones económicas. En la novela, esas relaciones también están atravesadas por el poder político y por estructuras externas a la pareja. Por ello, advirtió, Araida no debe ser reducida a la víctima de un hombre poderoso: las personas con poder pueden ser al mismo tiempo horribles y atractivas, lo que vuelve más complejas las decisiones y las lealtades.

Uno de los ejes de su intervención fue la responsabilidad afectiva, entendida como la capacidad de reconocer que nuestros actos, decisiones y omisiones tienen efectos concretos en la persona con quien nos vinculamos.

No se trata solamente de hacerse cargo de lo que uno siente, sino también de lo que hace y deja de hacer. Implica decir qué se quiere, qué ya no se quiere, qué se puede ofrecer y qué no se puede sostener, sin esconderse en la ambigüedad ni utilizar el lenguaje amoroso para evitar conversaciones difíciles.

La responsabilidad afectiva no obliga a permanecer en una relación ni a seguir amando. Sí exige cuidar la forma de comunicar los cambios, tomar decisiones y terminar. Una ruptura puede ser dolorosa sin ser cruel; lo que debe evitarse es añadir mentira, manipulación, incertidumbre deliberada o desaparición.

“No siempre la responsabilidad es 50/50”, explicó. Se distribuye de acuerdo con las decisiones, los acuerdos, las mentiras, los silencios, las relaciones de poder y las posibilidades de elección de cada persona. No se trata de repartir culpas de manera automática, sino de reconocer la participación específica de cada quien.

En ese sentido, las palabras no bastan para reparar los daños. Decir “te amo” no compensa desaparecer, mentir, romper acuerdos o mantener a alguien esperando. Tampoco un perdón general sustituye el reconocimiento de acciones concretas y de sus consecuencias.

Segovia resumió esta idea con una frase de la novela: “Eso es responsabilidad afectiva. Me hago responsable de mis sentimientos, doy cuenta de ellos, y de lo que mis acciones puedan provocar en ti”.

Las formas de terminar

La especialista identificó cuatro momentos oscuros en la ruptura narrada por Ortiz Pardo. El primero es lo que llamó un “pleito ratero”: una dinámica en la que alguien acusa al otro de haberle hecho daño, se presenta como víctima y utiliza esa confusión para desaparecer sin dar explicaciones. El propio protagonista lo describe como “un guion extraño, casi adolescente: el del despecho que necesita victimizarse para desaparecer sin dar explicaciones”.

El segundo momento es la desaparición misma. Desaparecer de la vida de alguien a quien se ha amado, sin explicar las razones, constituye una forma de violencia emocional, porque deja al otro atrapado en preguntas que no encuentran respuesta.

El tercero consiste en pretender honrar el amor mediante palabras, mientras los actos siguen reproduciendo contradicciones. Segovia recordó que existen rituales terapéuticos para honrar una relación, pero advirtió que ninguna fórmula tiene sentido si no está acompañada de una revisión sincera de lo ocurrido y de la asunción de responsabilidades.

El cuarto aparece en la devolución de objetos personales acompañados de escritos amorosos, pero sin la disposición de dar la cara, responder preguntas o reconocer acciones específicas. Un perdón vago y general, dijo, no sustituye la decencia de hablar.

Para Segovia, comprender las heridas y los traumas de una persona puede generar empatía, pero no justifica cualquier conducta. El protagonista llega a entender que cuando Araida siente demasiada cercanía, tiende a desaparecer; sin embargo, comprender esa reacción no elimina el daño que produce.

Por eso prefirió hablar no sólo de salud mental o emocional, sino también de decencia: la decencia de hablar, de no negar el diálogo y de reconocer que el otro participó en una historia compartida.

Se puede tener miedo, estar confundido o no saber cómo terminar, concluyó, pero las heridas no deben convertirse en permiso para lastimar sin hacerse responsable. Saber terminar bien no depende únicamente de quien decide concluir: aunque la ruptura sea unilateral, sus efectos son compartidos.

El miedo, el silencio y la pandemia

La experimentada periodista multimedia Ivonne Melgar destacó el tránsito de Francisco Ortiz Pardo del periodismo a la literatura. Elogió su oficio como reportero y cronista, así como la manera en que ese entrenamiento se transforma en una escritura capaz de observar los detalles, registrar los ambientes y construir personajes complejos.

Señaló que la novela conmueve, mueve y lleva al lector a mirarse a sí mismo. En su lectura, uno de los ejes del libro es la relación entre amor, miedo y silencio. Para ilustrarlo, leyó algunos pasajes:

“Siempre pensé que los amores felices son ruidosos: carcajadas en restaurantes, pasos acelerados para alcanzar el beso en el semáforo, conversaciones que se enciman. Pero lo nuestro, cuando fue feliz, sonaba a ala. Esa vibración leve que uno solo escucha cuando se queda quieto”.

También citó:

“Nos habíamos enamorado como se enamoran quienes ya vivieron demasiado: con miedo a perder lo único que se siente verdad”.

Y:

“El miedo también es amor que no se sabe dónde poner”.

Melgar consideró que Honrar nuestro amor puede leerse como una novela del confinamiento. La pandemia, dijo, puso a prueba tanto el sistema inmunológico como los vínculos personales: algunas amistades se perdieron, otras se fortalecieron, cambiaron las formas de trabajar y aparecieron maneras inesperadas de vivir el amor en el encierro.

En la novela, la relación de la pareja se había decantado durante un viaje por ciudades españolas y portuguesas. Sin adelantar la trama, Melgar señaló que la convivencia durante la pandemia somete a prueba las defensas emocionales, culturales e íntimas de los personajes. De ahí surge una pregunta central: si se trató de un amor que pudo existir gracias al confinamiento o si, por el contrario, el encierro terminó por asfixiar la libertad de un amor clandestino.

La periodista observó que la novela tiene también elementos de un thriller psicológico y la relacionó con La mujer justa, de Sándor Márai. En ese contexto, leyó otra frase del libro:

“Entonces comprendí que la felicidad, cuando ha sido clandestina tanto tiempo, también teme a la luz”.

Melgar destacó, además, la escrupulosa narrativa de Ortiz Pardo, semejante al trabajo de los orfebres de la filigrana, sobre todo cuando se ocupa de situaciones que podrían parecer triviales. En esos pasajes, dijo, el autor encuentra una manera de revelar la complejidad emocional de sus personajes. Como ejemplo, mencionó una escena relacionada con una sesión de yoga durante la pandemia, donde un episodio cotidiano adquiere una carga significativa dentro de la historia.

En otro momento, subrayó la dimensión política de la novela. Señaló que uno de sus personajes evoca los días en que México tuvo un vocero oficial encargado de explicar las medidas para mitigar la pandemia, pero que se daba el lujo de no usar cubrebocas o de justificar por qué el jefe del Estado podía prescindir de él. La referencia, explicó, apunta a la contradicción entre el discurso de la autoridad y la conducta de quienes debían orientar a la población frente a la emergencia sanitaria.

La periodista consideró que el libro aporta también un registro de la vida pública y de ciertas formas de hacer política desde una supuesta superioridad moral, capaz de convertir el compromiso social en una forma de estatus.

En el terreno íntimo, Melgar observó que la novela desnuda la génesis cultural y familiar de personajes que pueden atribuirse una condición de salvadores, aunque no necesariamente hayan compartido las experiencias concretas de la vida cotidiana. En el caso de los protagonistas, descendientes de exiliados españoles, aparecen la nostalgia, el linaje, la idea de que la izquierda es sinónimo de decencia y la percepción del país como un paciente crónico.

La contención, el miedo a apartarse de los mandatos familiares y el silencio funcionan, así, como formas de distancia. De ahí otras frases que la periodista leyó durante la presentación:

“Yo sabía que esa llamada traía consigo lo que el poder siempre exige: obediencia emocional”.

“Adentro, el silencio venía de algo más: la certeza de que amar, en nuestro caso, tendría consecuencias”.

“Cuando las discusiones crecieron, Huberto respondió con el mismo método con que enfrentaba los diagnósticos: más autoridad, menos escucha”.

Melgar concluyó que la novela está hecha de música, lugares, intriga política y emociones reconocibles: tanto para quienes hubieran querido quedarse como para quienes finalmente se quedaron. Una historia que, dijo, funciona como arnés y parapente: permite sujetarse, pero también lanzarse.

Objetos, espacios y memoria

Ximena Sánchez Echenique, licenciada en Letras Hispánicas y maestra en Literatura Latinoamericana por la UNAM, destacó la dimensión autobiográfica de Honrar nuestro amor, novela de Francisco Ortiz Pardo protagonizada por un hombre y una mujer nacidos en la Ciudad de México durante los años setenta.

La autora de Sobre todas las cosas, obra ganadora del Premio Internacional de Narrativa Ignacio Manuel Altamirano 2003, así como de El ombligo del dragón y Por cielo, mar y tierra, explicó que la historia se desarrolla entre 2019 y 2023, a lo largo de casi cuatro años en los que sus protagonistas intentan romper mandatos, convenciones y formas aprendidas de relacionarse.

La novela está estructurada en tres partes: El pacto de las jacarandas, Amor pandémico y La condena del paraíso. En ellas, el amor aparece como una experiencia atravesada por el deseo, la intimidad, la pérdida y la necesidad de comprender aquello que, aun después de haber terminado, continúa formando parte de la vida.

Sánchez Echenique se refirió a la novela como una geografía del deseo, pues los espacios no funcionan únicamente como escenarios, sino como parte de la memoria amorosa: el parque Tlacoquemécatl, la colonia Guerrero, el Metro Zapata, Tlalpan, una cabaña en Huasca y el barrio de Salamanca, en Madrid, entre otros lugares.

En ese sentido, relacionó el libro con El museo de la inocencia, de Orhan Pamuk, donde los objetos, los espacios y los recuerdos conservan una relación con el amor incluso después de que la pareja ha terminado. La referencia también permite pensar en esos “museos de las cosas” que todos construimos, consciente o inconscientemente, alrededor de una relación: lugares, fotografías, objetos, calles, muebles, regalos y pequeños vestigios que terminan guardando una parte de lo vivido.

En Honrar nuestro amor, la ciudad y sus rincones se convierten también en depósitos de la experiencia: lugares donde el amor ocurrió y que, por ello, adquieren una vida propia dentro de la memoria. No se trata únicamente de recordar a través de las cosas, sino de reconocer que ciertos objetos y espacios sobreviven a la relación y continúan hablando de ella cuando ya no están sus protagonistas.

También destacó el lirismo contenido de la escritura, así como el papel de los diálogos y los silencios. El diálogo, dijo, aparece como una condición necesaria del amor, mientras que el silencio puede convertirse en una grieta que termina por abrir una fractura entre quienes alguna vez compartieron una intimidad.

En particular, se detuvo en la protagonista, hija de inmigrantes españoles, y en los temas del exilio, la huida, el arraigo y la pertenencia. El personaje está marcado por una herencia familiar en la que el desarraigo, la nostalgia por el terruño y la necesidad de sobrevivir conviven con un mundo donde lo correcto parece ser callar, contenerse y racionalizar incluso la vida doméstica.

Para la escritora, mientras la protagonista encuentra en la huida una forma de salvación, su amante busca el encuentro consigo mismo mediante la escritura. Frente a la evasión de ella, él emprende otro tipo de desplazamiento: un viaje hacia su interior, hacia las emociones que durante mucho tiempo permanecieron sin nombre.

El libro, hecho “de tinta y de insomnio”, transforma la memoria en hogar. La escritura deja de ser únicamente el registro de una relación para convertirse en una manera de recuperar lo vivido, reconocer sus zonas dolorosas y construir un espacio propio después de la pérdida.

Sánchez Echenique señaló que, al novelar su historia “con la mano de un escritor”, el protagonista decide situarse “en la orilla de la existencia”, no para recuperar la relación, sino para recuperar su verdad. La novela se convierte así en el borde desde el cual es posible contemplar el amor, narrarlo y comprenderlo.

La escritura aparece como un espacio para “contarse su verdad, sanar emocionalmente y abrir su mundo interior”. En lugar de aquella novela que los protagonistas habían imaginado escribir juntos, el narrador construye un libro-homenaje a su amada y cumple la promesa de leerla para alegrarse por haberla amado plenamente y dejar atrás el dolor.

De esta manera, el acto de escribir no busca ajustar cuentas ni reconstruir artificialmente la relación. Su propósito es integrar la experiencia, reconocer lo que significó y permitir que el protagonista deje de vivir el recuerdo como una herida abierta. La literatura funciona, entonces, como una forma de asumir la verdad sin reducirla a una explicación única.

Sánchez Echenique sostuvo que todos debemos ser capaces de honrar nuestro amor, entendido en sus múltiples formas y destinatarios, comenzando por el amor a uno mismo y por la capacidad de recobrarnos.

La novela de Ortiz Pardo, dijo, es finalmente la novela de “un hombre pleno que se ha atrevido a mostrarse vulnerable ante el mundanal mundo”; de “un hombre sin armaduras que ha decidido integrarse, a través de la palabra escrita, para dejar de adolecerse y florecer: hombre luz, hombre-jacaranda, hombre-paraíso”.

La escritura, “hogar sin fisuras”, es para el autor un estrenarse a cada instante y mostrarse “tal cual se es desde la totalidad”. En ese proceso, el protagonista encuentra una forma de asumir lo vivido, reconocer sus emociones e integrar sus distintas partes después del dolor.

Lo que permanece después del final

Con sus dotes histriónicas y humorísticas, Rodrigo Murray aportó una intervención amena, ágil y cercana. A través de la ironía y el juego escénico, habló también de la ficción como ese territorio donde la realidad puede transformarse, deformarse y adquirir nuevos sentidos; un espacio en el que los recuerdos, las personas y las experiencias dejan de pertenecernos del todo para convertirse en materia literaria.

Su participación permitió subrayar que Honrar nuestro amor no debe leerse como una reproducción literal de la vida, sino como una obra en la que la imaginación reorganiza lo vivido. La ficción, sugirió Murray, no consiste únicamente en inventar, sino también en modificar, ocultar, exagerar y revelar de otra manera aquello que creemos conocer. Con humor, dejó abierta la puerta para que cada lector descubra qué parte de la historia pertenece a la realidad y cuál nace de la libertad creadora del autor.

Francisco Ortiz Pardo, reportero y cronista con más de tres décadas de trayectoria periodística, explicó que Honrar nuestro amor no pretende contar una historia de amor con un final feliz, sino explorar aquello que permanece cuando la relación ha terminado.

La felicidad, señaló, no es un estado permanente y las historias de amor tampoco tienen un solo final. Sin embargo, la sociedad prepara a las personas para estudiar, competir, trabajar y producir, pero no necesariamente para enfrentar la pérdida de quien se ama.

El amor funciona como un espejo: cuando una relación termina, no sólo se pierde al otro, sino también a la persona que uno era dentro de ese vínculo. La novela dialoga con conceptos provenientes de la psicología —como el apego, las heridas emocionales y los patrones de conducta—, aunque sin convertirlos en etiquetas o diagnósticos.

En ese sentido, Ortiz Pardo advirtió que una novela psicológica no es un manual de psicología. La literatura, dijo, no tiene que cerrar las incertidumbres, sino abrirlas y ayudar a formular mejores preguntas.

“Nadie da vuelta a una página sin llevar escrita la anterior”, afirmó.

El autor también se refirió a la dificultad que tienen muchos hombres para nombrar el dolor y reconocer lo que les ocurre emocionalmente. Por ello, consideró que cada lector termina de escribir el libro desde su propia experiencia, sus pérdidas y sus formas de amar.

“No espero que esta novela ofrezca respuestas. Me bastaría con que ayude a formular mejores preguntas”, concluyó.

La presentación terminó con una convivencia con vino y la firma de ejemplares.

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