Ciudad de México, octubre 1, 2026 07:17
Francisco Ortiz Pardo Opinión Revista Digital Octubre 2026

EN AMORES CON LA MORENA / De muertos y bloqueados

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A los muertos hay que recordarlos. A los vivos, aunque se pretenda, no se les puede olvidar.

POR FRANCISCO ORTIZ PARDO

Dado que el mercantilismo pretende cada vez más acortarnos la vida adelantándonos las temporadas —este año el pan de muerto ha vuelto a aparecer cuando todavía no terminamos de acomodarnos en septiembre—, en Libre en el Sur hemos considerado válido adelantarnos un mes al Día de Muertos para dar suficiente tiempo a una reflexión sobre los duelos que hay que enfrentar por pérdidas diversas. Porque no todas las pérdidas tienen un funeral, ni todos los muertos han dejado de respirar.

Está, por supuesto, la muerte de alguien que amamos, esa experiencia para la que ninguna cultura ha encontrado una fórmula definitiva. Pero están también las otras muertes, las que ocurren sin ataúd y que, por eso mismo, pueden resultar todavía más desconcertantes: la pérdida de un amor, de una amistad, de una casa, de una ciudad, de una época, incluso de la persona que fuimos antes de que algo sucediera. Hay vidas que se terminan sin que termine la nuestra y, entre todas ellas, existe una particularmente cruel: la de continuar vivo después de que alguien ha decidido que ya no debemos existir en su mundo.

Nunca habíamos tenido una herramienta tan eficaz para convertir una decisión afectiva en un procedimiento técnico. Basta tocar una pantalla para impedir que alguien llame, escriba o vea lo que publicamos. Una relación que pudo haber durado años puede quedar reducida, en cuestión de segundos, a una imposibilidad de contacto. El gesto tiene algo de administrativo, casi de oficina: se cancela el acceso, se elimina el nombre, se cierra la puerta. Conviene pensar cómo será la cabeza de quien piensa sus relaciones como si estuviera detrás de un escritorio, clasificando personas, archivando expedientes y decidiendo quién merece permanecer y quién debe ser dado de baja.

Y, sin embargo, resulta curioso que quienes hablan de haberse deshecho de las “personas tóxicas” necesiten anunciarlo en las redes sociales. Hay algo contradictorio en presumir públicamente de haber eliminado de la propia vida a quienes supuestamente ya no importan. Quizá porque, en esta época, hasta la ruptura puede convertirse en una forma de autopromoción: no basta con cortar un vínculo, hay que exhibir que se ha cortado, como quien publica el antes y el después de una limpieza.

Detrás de ese pequeño movimiento digital puede existir, sin embargo, una de las experiencias más dolorosas de nuestro tiempo: la sensación de haber sido borrado por alguien que antes nos reconocía.

Conviene hacer una distinción. Hay ocasiones en que cortar la comunicación es una forma legítima de protección. Frente al acoso, la violencia o la insistencia destructiva, establecer una frontera puede ser necesario. Pero existe otra forma de bloqueo, mucho más ambigua, que no busca proteger sino castigar; que no intenta poner distancia sino producir en el otro la sensación de haber sido expulsado de la existencia. Es la grotesca forma de anular a la persona que, una vez que ha dejado de ser útil, se descarta de la manera más cruel y también más indigna de quien violenta.

La diferencia importa porque nuestra época ha convertido el descarte en una virtud. Se nos ha enseñado que todo debe fluir, que nada debe detenernos, que siempre hay que avanzar, cerrar ciclos y pasar a lo siguiente. El next se ha vuelto una categoría de la existencia: si una relación terminó, viene otra; si una amistad dejó de funcionar, otra ocupará su lugar; si una persona incomoda, se elimina; si una ciudad ya no satisface, se cambia; si una parte de nosotros mismos duele demasiado, se procura sepultarla sin ceremonia.

Zygmunt Bauman describió buena parte de este fenómeno mediante la idea del amor líquido. Lo interesante es que muchos de quienes han aprendido a repetir la expresión parecen haberla convertido, sin darse cuenta, en manual de instrucciones. Se habla del amor líquido como una desgracia de nuestro tiempo, pero se actúa de acuerdo con él: mientras una relación funciona, se conserva; cuando exige demasiado, se sustituye. Se lamenta la fragilidad de los vínculos al mismo tiempo que se practica esa fragilidad como una forma de libertad. ¿A cuántos conocemos que cuestionan el amor líquido y, sin embargo, viven exactamente de esa manera?

Hay, sin embargo, una forma todavía más refinada de esta cultura de la cancelación: aquella en la que ni siquiera se bloquea al otro, pero se le anuncia que todo lo escrito entre ambos será borrado. “Empecemos de nuevo”. Y por decreto unilateral. No habrá bloqueo, aparentemente; habrá algo que pretende ser más limpio y quizá por eso resulte más brutal: eliminar la conversación, desaparecer las palabras, borrar las huellas de años de comunicación y empezar de nuevo, como si la historia pudiera reiniciarse con la facilidad de un dispositivo al que se le devuelve la configuración de fábrica. Y todavía hay que escuchar que semejante decisión ha sido sugerida por el terapeuta.

Aquí el problema ya no es solamente la pérdida de una persona, sino la pretensión de borrar la evidencia de que esa persona existió en nuestra vida. Una conversación no es únicamente una sucesión de mensajes almacenados en un teléfono. Allí quedan las palabras que dijimos cuando amábamos, cuando estábamos enojados, cuando pedíamos ayuda, cuando nos equivocábamos, cuando nos reconciliábamos, cuando imaginábamos un futuro. Borrarlo todo puede ser, desde luego, una decisión personal sobre un archivo personal. Pero cuando se anuncia al otro como parte de un proceso de “empezar de nuevo”, el gesto adquiere otra dimensión: ya no es solamente desprenderse de los mensajes, sino imponerle al otro una especie de amnesia sobre la historia compartida.

Hay algo particularmente cruel en esa fórmula: “empecemos de nuevo”. Porque nadie empieza de nuevo cuando ha vivido algo importante. Puede intentar construir otra relación, establecer nuevas reglas, modificar una dinámica, incluso perdonar y volver a confiar. Pero no puede hacer que lo ocurrido deje de haber ocurrido. Pretenderlo puede convertirse en una forma de violencia contra la memoria. Y cuando la decisión viene acompañada por la frase “mi terapeuta me dijo que lo hiciera”, la cuestión se vuelve todavía más delicada. No porque un terapeuta no pueda recomendar poner distancia, eliminar estímulos que alimentan una conducta compulsiva o retirar determinados recuerdos digitales; puede haber circunstancias en las que hacerlo tenga sentido. Lo cuestionable es convertir una recomendación profesional, cuyo contexto desconocemos, en una especie de certificado moral para borrar al otro y, con él, la historia que ambos construyeron.

Porque entonces aparece una pregunta incómoda: ¿qué significa realmente “empezar de nuevo”? ¿Se trata de comenzar una nueva etapa o de conseguir que el pasado deje de tener testigos? Una cosa es sanar y otra muy distinta reescribir. Una cosa es desprenderse de aquello que nos hace daño y otra declarar que aquello nunca tuvo valor. El duelo necesita transformación, no necesariamente amnesia.

De ahí que también resulte inquietante cierta espiritualidad convertida en moda, llena de frases sobre energía, desapego y abundancia, pero cada vez más alejada de la profundidad de las tradiciones de las que toma prestadas esas palabras. Hoy parece suficiente decir “hay que soltar” para dar por resuelto aquello que durante siglos las culturas se han dedicado a pensar: el sufrimiento, la muerte, la pérdida, la culpa, la memoria y la responsabilidad.

En diversas tradiciones del budismo tibetano existe la noción de bardo, el estado intermedio asociado al tránsito entre la muerte y el renacimiento. El Bardo Thödol, conocido en Occidente como El libro tibetano de los muertos, forma parte de una tradición de enseñanzas y rituales destinados a orientar al moribundo y al fallecido durante ese tránsito. La idea de fondo resulta poderosa incluso fuera de su contexto religioso: al muerto no se le abandona inmediatamente. Se le acompaña. Se le habla. Se reconoce que hay un proceso y que ese proceso necesita tiempo.

Tradicionalmente se habla de un periodo de hasta 49 días, durante el cual pueden realizarse recitaciones, ofrendas y otros rituales. Las prácticas varían entre escuelas y comunidades, de modo que no se trata de una fórmula única para todos los budistas tibetanos. Pero hay en ellas una concepción del duelo que contrasta violentamente con nuestra prisa contemporánea: la ausencia no tiene que ser eliminada para poder continuar viviendo.

Quizá eso sea precisamente lo que hemos olvidado.

Y no deja de ser paradójico que, mientras importamos fórmulas terapéuticas para aprender a desprendernos de todo, vayamos perdiendo la sabiduría de nuestros propios ancestros. De nuestros ancestros, habría que precisar, porque también en esto solemos cometer el error de hablar de “México” como si hubiera existido siempre tal y como hoy lo conocemos. Risa debe darnos pensar que un país que nació siglos después pueda atribuirse, sin más, la sabiduría de todos los pueblos que habitaron este territorio.

Pero algo de aquella concepción de la muerte permanece, incluso cuando la hemos convertido en folclore. ¿Cuántos conocemos que critican a Disney por apropiarse de nuestras tradiciones y, sin embargo, se quedan lejos de entender lo que Coco sí muestra de ese legado? La película podrá ser una producción de Hollywood y tener todas las concesiones de una película de Disney, pero hay algo que consigue transmitir con una claridad que no deberíamos pasar por alto: las personas no mueren mientras alguien las recuerda.

Ese es el sentido profundo de una tradición que no consiste simplemente en flores, veladoras, ofrendas y fotografías. Detrás de esos objetos existe una relación entre quienes están y quienes ya no están. El muerto conserva un lugar entre los vivos porque su nombre sigue siendo pronunciado, porque alguien cuenta su historia, porque permanece aquello que lo vinculó con los demás.

Quizá por eso resulte tan extraño que hayamos convertido el Día de Muertos en una sucesión de calaveras, maquillaje, papel picado y mercancías de temporada, mientras dejamos de escuchar aquello que la celebración viene a decirnos. Hemos conservado buena parte de los objetos y perdido algo de su significado.

Hay psicólogos deteriorados por su propia ambición, o por sus limitaciones profesionales, que en vez de ser expertos terminan condenados a ser consejeros; y hay también discursos terapéuticos que, aun cuando parten de buenas intenciones, han terminado convertidos en una colección de instrucciones para vivir sin demasiado equipaje emocional. “Cierra el ciclo”. “No mires atrás”. “Que fluya”. “Dale vuelta a la página”. Algunas de esas expresiones pueden ser útiles en determinados momentos, pero convertidas en dogmas terminan confundiendo la recuperación con la eliminación del recuerdo.

Y entonces el next se instala también en la terapia: no hay que comprender demasiado lo que pasó, sino salir de ahí cuanto antes. No hay que atravesar el duelo, sino demostrar que ya se está del otro lado. No hay que reconocer necesariamente la parte propia en una historia, sino encontrar una explicación que permita continuar sintiéndose limpio de ella.

Kundera entendió algo más complejo cuando habló de la insoportable levedad del ser. La levedad no equivale simplemente a superficialidad. Es la experiencia de una existencia que puede quedar sin peso, sin vínculos que la comprometan, sin aquello que nos obliga a responder por lo que hemos hecho y por quienes hemos amado. Nuestra época ha llevado esa levedad al teléfono: podemos borrar una conversación, eliminar una fotografía, bloquear un número, desaparecer de una red y convencernos de que también desapareció aquello que nos unía.

Pero no desaparece.

Quien bloquea puede terminar bloqueando sus propias energías, si usamos esa expresión en un sentido menos esotérico y mucho más humano. Puede impedir el contacto y no impedir el recuerdo. Puede cerrar todas las puertas y seguir habitado por aquello de lo que huyó. Puede repetir “que fluya” mientras acumula duelos que no quiere reconocer. Puede convertir el silencio en una forma de expiación y, al mismo tiempo, ejercer sobre el otro una nueva violencia afectiva.

Lo mismo puede ocurrir con quien borra. Se pueden eliminar miles de mensajes y no conseguir borrar una sola de las cosas que esos mensajes significaron. El teléfono puede quedar limpio; la memoria, no. El archivo puede desaparecer; la historia, tampoco.

Y quizá ahí se encuentre el verdadero problema de nuestra cultura del descarte: hemos aprendido a confundir la desaparición de las huellas con la desaparición de los hechos.

No se puede borrar que alguien estuvo. No se puede borrar que hubo amor porque se eliminen las conversaciones donde se hablaba de él. No se puede borrar una amistad destruyendo sus fotografías. No se puede borrar una casa porque hayamos cambiado de domicilio. No se puede borrar una ciudad porque ya no vivamos en ella. Y mucho menos puede una persona borrar de otra la experiencia de haber sido amada, deseada, acompañada o herida.

El duelo por seguir vivo después de que alguien ha pretendido anularnos es quizá uno de los más difíciles. Porque no basta con aceptar que la relación terminó: hay que recuperar la certeza de que nuestra existencia no depende de que otra persona decida reconocernos. Alguien puede borrarnos de sus contactos, de sus fotografías, de sus redes, de su casa y hasta de su relato personal. Puede decidir que nunca existimos. Pero no puede modificar retrospectivamente aquello que ocurrió.

Lo vivido ocurrió.

Y quizá el trabajo del duelo consista justamente en eso: no en conservar intacta la historia, pero tampoco en destruirla para poder seguir adelante. Consiste en darle otro lugar. En aceptar que algo tuvo un peso y que ese peso, durante un tiempo, deberá ser llevado.

Por eso podemos adelantarnos al Día de Muertos. No para consumir antes el pan de muerto, sino para pensar antes en nuestros muertos, en nuestros muertos vivos y en aquellas relaciones que hemos querido convertir en cadáveres digitales. Porque quizá la muerte nos enseña algo que el bloqueo y el borrado intentan negar: que la ausencia no se resuelve eliminando al ausente.

Y que hay historias que no necesitan ser continuadas, pero sí necesitan ser reconocidas.

Porque nadie tiene derecho a obligarnos a permanecer en una historia que terminó. Pero tampoco debería tenerlo a obligarnos a fingir que nunca ocurrió.

A los muertos hay que recordarlos. A los vivos, aunque se pretenda, no se les puede olvidar.

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