COSECHA ROJA / Los desatinos de la inocencia
Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores.
Imagen creada.
Dos delincuentes huyen hacia Oaxaca tras un asalto, pero una parada en carretera los enfrenta al deseo, la violencia y el azar.
POR GUILLERMNO FABELA QUIÑONES
¡Pa’ su mecha!, allá adelante le partieron su madre a un cabrón -dijo Federico, al momento de frenar el carro, con un violento pisotón de su pie.
En el asiento de atrás Inocencio, junto a Gloria dormida a su lado, se despertó, alarmado por el frenazo más que por la exclamación de su compinche. Acomodándose en el asiento, preguntó qué ocurría; no estaba para sustos después de las horas pasadas tan gratas sin habérselo propuesto. Ahora les esperaba una larga jornada, por una carretera que, a esa hora, supuestamente debía estar más tranquila.
-Escuché tres balazos, seguramente fue un asalto, no lejos de aquí, por los fogonazos que logré ver en la oscuridad…
-¡Puta madre!, eso nos pudo haber ocurrido a nosotros… yo creo que mejor nos regresamos –dijo Inocencio, restregándose los ojos, con su voz aguda que se podía escuchar sin que tuviera que esforzarse al hablar.
Federico lo miró por el espejo retrovisor, alertado por palabras tan rotundas. Berta, hecha un ovillo en el asiento del copiloto, dormía anestesiada por el licor. Pero regresar era imposible, los buscaba la policía, quizá para darles muerte sin juicio alguno. Se habían metido con las mujeres equivocadas y dar marcha atrás era ir directo al matadero, como corderos indefensos. ¿Quién iba a saber que una muchacha tan bonita y coqueta fuera hija del hombre más pudiente del pueblo? Sólo estaban de paso, cansados de un viaje que se alargaba más de lo previsto.
Al entrar al restorán al borde de la carretera en la salida del pueblo, llamó su atención una muchacha que pasó a su lado para dirigirse a la sinfonola empotrada en una esquina del salón, con un garbo que era imposible no admirar, vestida con un pantalón tan ceñido que sus nalgas se dibujaban como si la tela fuera transparente, y una blusa color rosa igual de ajustada al torso, lo que permitía disfrutar el armonioso volumen de los senos, su turgente pezón. Llevaba lista la moneda que introdujo en la ranura del aparato pasado de moda, muy vistoso por su forma y sus colores que destellaban al empezar a funcionar. Al escucharse la música, de los tiempos en que ambos eran chamacos de primaria, ella empezó a contonearse, provocativamente, al ritmo contagioso de Rigo Tovar y sus músicos.
Tomaron asiento a una mesa, a pocos metros de la que otra joven también la miraba. Se distrajo al verlos, fuereños de rostro juvenil pero facha de pelafustanes que le cayeron mal al primer vistazo; absortos, mirando con lascivia a la bailarina, cuyos movimientos eran una invitación a desnudarla con los ojos, mientras su amiga la observaba, cohibida por la desenvoltura que mostraba su compañera.
Inocencio y Federico intecambiaron miradas demostrativas de su beneplácito; luego que la rockola calló y la muchacha llamativa tomó asiento junto a su compañera, ambos se pusieron de pie para caminar hacia las jóvenes; Federico se adelantó para preguntar si podían acompañarlas. La desenfadada miró a su amiga, ésta bajó la cabeza sin pronunciar una palabra; de cualquier modo aceptó, con un gesto que no les pareció prometedor. Se presentaron con nombres falsos, como ingenieros en su servicio social que venían a sumarse al personal de la Comisión Nacional de Agua. Apenas estaban llegando, les sería útil la información que pudieran proporcionarles sobre la vida en la ciudad.
Federico, el más atrevido, de fuerte complexión y alta estatura, moreno claro de pelo lacio cortado a la moda y facciones armoniosas; Inocencio, menos agraciado, con ojos saltones y labios grandes, pero con una sonrisa que infundía confianza. La muchacha provocativa dijo llamarse Berta; como su amiga seguía muda, desconfiada y mustia, añadió el nombre de ella: Gloria. Las dos acababan de terminar la preparatoria, estaban festejando el acontecimiento; sus demás condiscípulas se habían retirado media hora antes, ahora trataban de aprovechar su tiempo del mejor modo posible; aunque en esa población no eran muchos los sitios atractivos para pasar ratos agradables.
Federico aprovechó el momento para decirles que tiempo les sobraba, podían acompañarlas el resto de la tarde, con un tiempo lluvioso era mejor estar a resguardo escuchando música que andar en la calle. Gloria se negó; su voz denotaba alarma, desconfianza, estupor. Berta la detuvo al tratar de levantarse, la conminó a que se calmara. No debía portarse como provinciana temerosa de todo. Inocencio sonrió, mostrando sus dientes un poco salientes, para decir que no querían forzarlas, simplemente platicar para pasar un rato ameno. Federico se sumó, añadiendo que les vendría bien a los cuatro conocerse mejor, seguramente tendrían oportunidad de seguirse viendo; estaban llegando, no conocían a nadie, sería muy grato para ellos contar con su amistad; les demostrarían que los capitalinos no son como los pintan.
Al escucharlo, Gloria desistió de su deseo de marcharse; si Berta quería seguirles el juego, ella estaría dispuesta a secundarla; la conocía de sobra, por lo mismo debía cuidarla, evitar que quisieran pasarse de la raya. Federico llamó a la mesera, una mujer de edad incierta, un poco pasada de peso pero con formas bien dibujadas; se acercó con gestos de fastidio. Eran pasadas las seis de la tarde, a esa hora el cansancio empezaba a manifestarse. Ambos pidieron cerveza para aliviar el agobio de las horas en la carretera; ellas siguieron bebiendo su limonada. En las demás mesas del lugar, siete en total, apartadas de la que ocuparon los cuatro, hombres maduros departían tranquilos, como ausentes de lo que ocurría a su alrededor, metidos en sus charlas de las que sólo se escuchaban susurros.
Federico notó que las únicas mujeres en el lugar eran sus acompañantes, a quienes los contertulios fingían ignorar; aunque de vez en cuando las miraban de soslayo, ahora con más insistencia al haber aceptado la compañía de dos desconocidos. El tiempo se les fue sin sentir, escuchando a Berta contar sus aventuras escolares que enrojecían a su amiga cuando la aludía de modo burlesco, por ser tan diferente a ella; aun así eran amigas inseparables, desde la primaria.
El restorán se fue quedando vacío, sin que ellos lo notaran; se sentían libres de la carga que traían antes de entrar. La compañía de las dos muchachas, llenas de vigor y de curiosidad por conocer más del mundo fuera del pueblo en que su vida transcurría con una monotonía inacabable, los hizo olvidar el plan de continuar su viaje. Ambas representaban más edad, no sólo por su precoz desarrollo corporal, sino por el afán de Berta de mostrarse más vivida, su amiga por ser más juiciosa.
Lo que más los satisfizo, al menos a Federico, fue ver el interés que Berta mostraba por la música; verla bailar con movimientos sensuales que la hacían ver de más edad, lo hizo olvidar el motivo de su viaje. Gloria parecía estar resignada, le era impensable modificar la conducta de su amiga. Para Federico no pasó inadvertido el contraste entre ambas, y que aun así se llevaran apaciblemente; lo atribuyó a que Gloria, en el fondo, veía en su amiga lo que le gustaría ser.
Llegó el momento en que a Inocencio le pareció una pérdida de tiempo seguir allí; no sólo eso, sino un peligro en tanto que su viaje al sureste era para escapar de la justicia, no por motivos turísticos ni de esparcimiento. Le susurró en el oído a Federico que debían marcharse, pronto caería la noche y las carreteras a esas horas son más peligrosas. El gesto de éste fue de rechazo, con su mano derecha le pidió calma, a lo que Inocencio no puso objeción: desde que se conocieron, Federico se imponía en todos los casos; aunque nunca antes se habían visto en una situación como la que ahora enfrentaban.
Su delito: asaltar a un sujeto que salió del banco con una buena suma de dinero; lo sabían por la información que les pasó por el celular el cajero que lo atendió, cómplice de ellos. No era la primera vez que cometían un atraco así, de los cuales siempre salían bien librados gracias a su habilidad y sangre fría; y sobre todo a su destreza con la motocicleta en la que se escabullían fácilmente, zigzagueando entre los vehículos y metiéndose en calles muy transitadas del Centro Histórico.
Las cosas no se hubieran complicado si a Federico no se le ocurre festejar el éxito del robo, esa misma noche. Siempre se resguardaban en su cuartucho en la vecindad de la Colonia Guerrero, hasta dos o tres días después de cometer un latrocinio. Escondían la motocicleta en el taller del hermano de Federico; aunque sospechara que su hermano menor seguía sus pasos, de los que ahora buscaba apartarse por voluntad propia más que por obligación impuesta por las autoridades, nunca antes le había dado motivos para confirmar sus recelos.
Lo que el cajero del banco no sabía era que el dinero que entregó al tipo, a cambio de un cheque avalado por el gerente general, pertenecía a un personaje cuyos negocios estaban apuntalados por dinero sucio. Gracias a la descripción que hizo de los rateros el afectado, no les fue difícil identificarlos: Federico estaba fichado en la Fiscalía, por el mismo delito del que ahora debía ser castigado. El empresario no hizo la denuncia, no tenía caso: era tiempo perdido. Encomendó a su hombre de confianza, un ex policía, amigo del que fue asaltado por los rufianes, que se encargara de corregir el error, sin perder tiempo.
No le fue difícil dar con el hermano de Federico, gracias a la información de un viejo conocido, un burócrata de la Fiscalía que en sus años productivos había sido un excelente policía, como también lo había sido el ahora victimado, hombre sesentón cuya experiencia de la vida compensaba sus facultades físicas, perdidas de golpe después de un enfrentamiento con un grupo de facinerosos de una banda de Tláhuac. Se salvó de milagro, con el apoyo económico de quien ahora era su jefe, amigo cercano del comandante, ya fallecido. No dudó en darle empleo, y el ex policía aceptarlo al ser la única opción que le quedaba para sobrevivir con dignidad.
El hermano de Federico, aunque hubiera querido encubrirlo, decidió no hacerlo para poner fin a sus fechorías, antes de que subieran de nivel como era previsible que tendría que suceder. Dijo dónde estaría a esa hora, con la súplica de que no le hicieran daño. Si escapó fue gracias a Inocencio, quien al ver por la ventana del departamento un carro blanco con parachoques en la defensa, alertó a Federico. Este, acostumbrado a desconfiar de todo, subió a la azotea del edificio; identificó el vehículo, sin dudarlo se brincó a la construcción aledaña para escapar por otra calle, seguido por Inocencio.
Federico intuyó que su hermano había informado donde encontrarlo; en represalia, decidió dirigirse al taller de éste, no para reclamarle sino para robar un carro, sin que se diera cuenta; a esa hora él estaría comiendo, en su casa cerca del taller. Procedieron a toda prisa; el tiempo se encargaría de que los olvidaran. Federico propuso que lo más conveniente era abandonar la ciudad. A Inocencio se le ocurrió irse a Oaxaca, a casa de un tío hermano de su mamá con quien de niño llevó muy buena relación. El dinero no era problema: ahora tenían de sobra para pasar una buena temporada en el pueblo donde dijo Inocencio que vivía su tío.
-Sería mejor regresar -recomendó Inocencio, arrepentido de su audacia-, no vaya a ser que los cabrones que nos vieron en el restorán nos quieran partir la madre… nos miraban con mucho recelo.
Federico no hizo caso, pisó el acelerador, pero de inmediato tuvo que frenar bruscamente para no arrollar a un sujeto que surgió de las sombras, desfalleciente, con el claro propósito de que lo auxiliaran. Se vio obligado a parar el carro, con tal violencia que Berta se golpeó en el tablero del vehículo, en tanto que Inocencio era lanzado sobre el asiento delantero sin tener oportunidad de proteger a Gloria, quien como si fuera un trapo rodó hacia la parte baja del mismo, la más dura por no estar acojinada.
Ambas muchachas se despertaron alarmadas, sin precisar qué había ocurrido. Inocencio, atónito, no atinaba qué hacer a continuación. Federico, indignado, se sobrepuso rápidamente al percance, con ganas de golpear al impertinente. No lo hizo al verlo herido, acercarse trastabillando al carro, con el cuello y parte del saco cubiertos de sangre. Pensó en rematarlo, de lo que se arrepintió de inmediato; además, la pistola con la que hicieron el asalto estaba guardada en la cajuela y no convenía sacarla: las muchachas se pondrían histéricas.
Ellas se despertaron con claros signos de estar al borde de un colapso nervioso, Berta con visibles consecuencias de su borrachera. Hacían esfuerzos por salir del carro, quizás con la idea de regresar al pueblo del que no debieron salir, arrepentidas de su liviandad, particularmente Berta, quien se brincó el asiento para abrazar a Gloria. Inocencio abrió la puerta, salió a tratar de sacar al hombre de la carretera. Federico lo secundó; era lo único razonable. Como los faros seguían encendidos, el herido se hizo visible al acercarse. Gloria, como si un coyote aullara, lanzó un grito que los paralizó:
-¡Es mi papá!…
Salió del carro para abalanzarse sobre el herido, mientras Berta hacía esfuerzos notorios por tratar de ayudarla, sin conseguirlo por su confusión. Recordó que había tomado más que Gloria, quien la conminaba a salir del restorán. No le hizo caso, obstinada en seguir divirtiéndose para que su padre sintiera lo que ella sentía en su infancia, cuando llegaba borracho y golpeaba a su mamá sin haberle dado motivo.
Berta enmudeció, quedó paralizada por el grito desgarrador de Gloria; Federico e Inocencio intercambiaron miradas, como preguntándose qué debían hacer, tan imprevista situación los colocaba en una encrucijada. Inocencio hubiera querido seguir su camino, dejarlas y desaferrarse de un compromiso que les traería más problemas; pronto serían auxiliadas por alguien que pasara por ahí, de eso estaba convencido; Federico, por motivos que no pudo explicarse, decidió apoyarlas, era su deber después de haberlas sonsacado, con ánimo de seguir viviendo una aventura romántica insospechada. Berta ya no era virgen, se lo confesó cuando se besaron hasta el paroxismo, mientras bailaban “de cachetito”, decidida a pasar la noche al lado de ese desconocido que le había caído bien, al fin que su padre ni cuenta se daría de su ausencia, seguramente entretenido con su amante. Su madre, muerta cuatro años atrás, descansaba en paz de las golpizas de un marido que no la merecía.
Inocencio estaba molesto con Gloria por su actitud santurrona, convencido de que nada lograría por las buenas y no estaba dispuesto a doblegarla; nunca lo había hecho con ninguna de sus amigas ocasionales. Salió del carro, para encender un cigarro y sentir el frescor de la noche, en espera de Federico, decidido a exigirle que las dejaran en el poblado próximo, cuyas luces se distinguían a corta distancia, cuando mucho un kilómetro.
Ahora la situación daba un giro de ciento ochenta grados, con la postura de Federico de no abandonarlas, en plena carretera con un hombre al borde de la muerte, con el agravante de que era el padre de una de ellas, sin tener idea de cómo actuar en una situación tan dramática. Con voz firme ordenó a Inocencio que lo ayudara a meterlo en el asiento delantero del carro; a las muchachas las acomodó en el de atrás, él en medio de las dos, sin darles tiempo a dilucidar lo que debían hacer por cuenta propia.
Inocencio, con el volante firmemente asido, tomó asiento al lado del herido, a quien apretaron firmemente el cinturón de seguridad; refunfuñando su descontento, con ganas de tener el valor de desobedecer a su amigo. Pero sólo de pensar, fugazmente, en las consecuencias de lo que sobrevendría en sus actuales circunstancias, se olvidó de todo para centrarse en cómo arrostrar un escollo con el que no contaban. Se hacía diversas conjeturas mientras manejaba con la mirada prendida a la cinta asfáltica, iluminada por los faros del vehículo.
Gloria, recuperada la conciencia por el dolor de ver a su padre en una situación de suma gravedad, trataba de darle ánimos. Pensó que los delincuentes deben haber supuesto que lo habían matado; o que no tuvieron tiempo de asegurarse, al escuchar que un vehículo se aproximaba y las cosas se complicarían. Abordaron el vehículo del hombre y se perdieron en la oscuridad de la carretera, dejando su motocicleta, seguramente robada; obviamente eran astutos, lo demostraba el hecho de no encender los faros. Federico se imaginó que venían siguiendo a su víctima, lo demostraban las huellas de las llantas en el terraplén; al acercarse a la curva lo deben haber alcanzado, entonces se acercaron para dispararle en la cabeza, aunque la bala sólo había rozado una parte del cerebelo; otra le pegó en la parte superior del hombro izquierdo, sin afectar órganos vitales; varios disparos más no dieron en el blanco.
Al verse solos en el amplio salón, Inocencio sintió que se le achicaba la voluntad. Instó a Federico a continuar su camino, era lo único sensato antes de que las cosas se complicaran. En su argumentación lo apoyó la mesera, involuntariamente: se acercó a la mesa para decirles que debían marcharse, era hora de cerrar. Sin embargo, con una sonrisa melosa susurró al oído a Federico que los podría seguir atendiendo en un saloncito más cómodo, sin vista a la calle, por una buena propina. Federico aceptó sin chistar, sacó un fajo de billetes de la bolsa interior de su chamarra, separó algunos y se los entregó. Inocencio hizo un rictus de contrariedad, movió la cabeza a un lado y otro y alzó los hombros, resignado.
El propietario del restorán conocía muy bien al padre de Berta; lo odiaba por sus arbitrariedades, de las que era víctima con frecuencia. Por eso se desentendió de lo que podría ocurrir a las muchachas, aunque se preocupó de que después lo supiera y le quisiera reclamar su actitud. Aplacó su resquemor con el convencimiento de asegurarse que nada les ocurriera, mientras estuvieran allí. Juró que no volvería a dejarlas entrar, con el argumento de no infringir la ley que prohíbe el acceso a menores de edad, que lo eran al contar con diecisiete años, lo sabía perfectamente. Era menos complicado lidiar con Berta que con su padre, por eso los parroquianos del lugar, siempre los mismos, las ignoraban: una medida tangencial de castigar al progenitor de la muchacha, hombre que ejercía su poder con soberbia innecesaria, que todos sufrían y se lamentaban en silencio.
Gloria hizo el intento de marcharse sola, fastidiada de seguirle la corriente a Berta. La detuvo usando su fuerza, mirándola fijamente unos segundos antes de abrazarla, primero con brusquedad y luego con delicadeza. La mesera los pasó a un cuarto acogedor, amueblado con dos mesas y ocho sillas más confortables, cuatro en cada una, comunicado al salón principal por una puerta que se cerraba por dentro, con acceso directo a la cocina, por donde entró y salió la mesera cuantas veces fue requerida por Berta y Federico.
La mesera se mostró muy solícita, a sabiendas de que Federico le quedaría muy agradecido. Se lo imaginó en su cama, una vez que se hartara de las muchachitas insípidas, luego ella se quedaría incluso con los dos jóvenes, aunque no se lo pidieran; como hembra aún conservaba sus carnes firmes, sus ansias en la mejor etapa, suficientes para enseñarles cosas nuevas a los dos veinteañeros. Con todo, no quiso forzar las cosas: que fueran ellos los que decidieran el camino a seguir.
No fue otro que continuar con las muchachitas, una de las cuales era mojigata por donde se la mirara. La mesera no entendía cómo se podían entender las dos siendo tan diferentes. En este salón la música era gratis, provenía de un megáfono empotrado en la pared, que para Berta fue una invitación a continuar bailando con más desenfado. Pronto, Federico se contagió del placer que sentía Berta con sus movimientos sensuales y se puso a bailar con ella; Gloria parecía disfrutar viéndola, sin importarle la compañía de Inocencio, preocupado por mantenerse ecuánime a fin de continuar su viaje lo más pronto posible, más que por la frivolidad del ambiente.
Con el fin de que se acelerara el desenlace de una convivencia inconveniente para la mesera, con una sonrisa maliciosa le sugirió a Federico cambiar cerveza por una bebida más fuerte; éste asintió, complacido; miró a Inocencio con firmeza, antes de que quisiera protestar dijo:
-Me gustaría una cuba, ya me harté de la cerveza, sólo sirve para empanzonar… a las muchachas tráeles lo que pidan, con unos tacos de la mejor botana que tengan… este cuarto invita a disfrutar y dejar afuera los problemas.
Con cara de enojo, Gloria desaprobó las palabras de Federico; quiso protestar, poner fin a una convivencia que ya rebasaba los límites acostumbrados. Berta la frenó, con brusquedad; debía dejar de quejarse, estaban festejando un acontecimiento importante: pronto entrarían a la universidad en la capital del estado, su vida cambiaría, tendrían que amoldarse a una nueva situación, lejos de sus padres. Gloria inclinó la cabeza, incapaz de responder a su amiga como lo deseaba, con un sentimiento de impotencia que la enmudecía.
Berta ordenó otra cuba para ella, Gloria pidió limonada, no podía forzarla a beber licor, por el bien de las dos; Inocencio siguió con cerveza; tenía muy claro que debía mantenerse sobrio, él debía continuar manejando el carro. La mesera lanzó una mirada inquisitiva a Federico, con la intención de que comprendiera que estaba dispuesta a ser su cómplice. No se dio por enterado, o si lo hizo no estaba dispuesto a seguir un juego sucio.
A Berta y Federico el tiempo se les fue sin sentir, en tanto que Gloria e Inocencio mostraban su inconformidad al paso de los minutos, que se les hicieron una eternidad. Por su parte, la mesera no estaba dispuesta a perder una oportunidad pocas veces vista en su aburrida cotidianidad. Quería que las muchachitas ingenuas se vieran forzadas a dejar a los jóvenes, así podría invitarlos a su casa y sacarles un buen dinero, que seguramente traerían; el fajo de billetes que sacó Federico de la bolsa de su chamarra era un obvio indicio.
Con esa idea, la mesera se aseguró de que las candorosas escolapias se vieran obligadas a irse a sus casas; aconsejaría que un taxista de total confianza las llevara a sus domicilios. Sin pensarlo dos veces, a la limonada de Gloria agregó dos gotas de un somnífero efectivo, que ella misma usaba cuando la soledad le provocaba insomnio. A la cuba de Berta, bien cargada de ron, le agregó una gota; fue suficiente para que la segunda cuba no se la pudiera terminar: le vino un sopor repentino, que derivó en necesidad de vomitar. Se puso de pie para correr al baño, a cinco pasos de la mesa. Gloria se alarmó, se paró también, para acompañarla, aprovechar el percance y obligarla a que de una vez se marcharan de allí.
La mesera no contó con la firmeza de Federico para oponerse a su sugerencia de pedir un taxi. Ellos las llevarían a sus casas; se molestó, a tal grado que los amenazó con llamar a la policía por abusar de menores de edad, Federico le clavó sus ojos llenos de rencor, le dijo que no se buscara problemas innecesarios. Sacó de otra bolsa de su chamarra más billetes, los contó a la vista de ella y le dio la mitad.
-Más vale que no te metas, haz de cuenta que no estuvimos aquí… ambos somos policías, venimos de la capital en busca de un peligroso delincuente que seguramente se esconde en un pueblo cercano a este -dijo, mientras buscaba en su cartera una credencial que lo acreditaba como miembro de la Secretaría de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de México. Se la mostró a la mesera, quien la observó y se demudó al extremo de perder su lozanía. Fue tan convincente la seguridad de Federico que la mesera no se imaginó que fuera falsa.
El propietario, detrás del mostrador que separaba la cocina del salón con vista a la calle, un hombrecillo mofletudo con cara de aburrimiento, adormecido por su abulia y cansancio, no se dio cuenta de lo que su empleada tramaba con los desconocidos. Mientras menos lo supiera, mejor para su negocio; más aún cuando de por medio estaba la hija del hombre más prominente de la región, de quien dependía, en buena medida, la marcha del restorán.
La mesera los vio salir, arrepentida de sus pensamientos libidinosos; no quiso saber más de una situación que a final de cuentas no le reportaría más beneficios que los ya obtenidos. Ambas muchachas estaban afectadas por el somnífero, lo que a final de cuentas obligó a Federico a subirlas al carro para llevarlas al poblado más cercano, sin tener que cambiar el itinerario preestablecido. Allí las dejarían, cerca de la Cruz Roja o de un hospital, sin involucrarse más con ellas.
Unos kilómetros después se toparon, inopinadamente, con el hombre que se salvó de milagro de morir a orilla de la carretera, quien resultó ser el padre de Gloria. Al reconocerlo ella, a Federico no le quedó más opción que auxiliarlo, no hacerlo era más riesgoso: se verían obligados a deshacerse de las muchachas; era eso o exponerse a que su viaje se complicara, una vez que Berta le informara a su padre que las llevaban secuestradas, excusa perfecta para librarse del castigo que le impondría por haberse emborrachado sin pensar en las consecuencias. Lo más razonable, dedujo de sus cavilaciones, era llevar al herido al primer hospital, allí se quedarían las muchachas y ellos podrían continuar su viaje con menos zozobra.
La carretera, distante a menos de cincuenta metros del restorán, se perdía en las sombras una vez que la luz que surgía del establecimiento se difuminaba. Eran las nueve de la noche, pero Federico se imaginó que serían pasadas las doce. El paso de las horas fue fugaz, entretenido descubriendo los encantos de Berta, que constató eran superiores a los imaginados mientras bailaban, sin ocultar su interés mutuo en llevar a su culminación el deseo que fue subiendo de nivel con el roce de los cuerpos. De ahí que, sin decir nada, salieron por la puerta trasera del local donde estaba estacionado el carro. La oscuridad fue un incentivo para entregarse a la lujuria que se apoderó de los dos, desconocida por Berta, soterrada en Federico.
El trayecto al poblado, cuyas luces se veían a mayor distancia de la que era en realidad, se hizo eterno para los cuatro, con el herido a punto de perder conciencia por el continuo flujo de sangre; aunque la herida en la nuca era superficial, expelía líquido negruzco que pronto manchó el asiento y el cinturón de seguridad. Instintivamente Gloria taponó la herida con su chalina de lana; se olvidó de su malestar tratando de que su padre se mantuviera despierto. Se quejaba tan lastimosamente que Inocencio iba con los nervios desechos, con ganas de callarlo con un golpe en la quijada. Federico notó el malestar de su compinche, le ordenó que se detuviera; él continuaría manejando, la borrachera se le había bajado con la impresión.
El ladrido de perros anunció su entrada al poblado. Las calles estrechas, con baches uno tras otro, obligó a Federico a bajar la velocidad al mínimo. Farolas de años de uso daban una iluminación como de pueblo fantasma. Recorrieron varias manzanas, todas tan iguales que parecía que daban vueltas en círculo. Lo que las diferenciaba eran tiendas de abarrotes y cantinas en algunas esquinas, con luz en las fachadas, a esa hora cerradas la mayoría. De ahí que Inocencio, fastidiado y malhumorado, dijera que lo recomendable, para no seguir perdiendo el tiempo, era preguntar dónde atender a un enfermo. Le indicó a Federico que una cuadra antes había visto un changarro abierto.
Al verlo entrar, los cuatro parroquianos que se encontraban en el lugar, de pie en un mostrador atrás del cual los atendía quien debía ser el propietario, enmudecieron. Inocencio notó que estaban jugando a los dados y bebiendo cerveza. Dio las buenas noches, con su mejor cara de joven tranquilo. Se acercó, con las manos por delante para que vieran que no entraba con malas intenciones. Sin más preámbulos, les dijo el motivo de su irrupción: debían llevar a un enfermo grave adonde pudieran atenderlo. Uno de los contertulios, un hombre maduro castigado por los años, se apartó del mostrador, se encaminó a la puerta de salida, invitando a Inocencio a que lo siguiera. Salió a la banqueta para explicarle, con señas que era más fácil entender que sus palabras, la ruta a seguir para dar con el único hospital en el pueblo.
En pocos minutos lo encontraron, en la parte opuesta por donde habían entrado a la población. Desde afuera se notaban carencias, pero la urgencia obligaba a dejarlo allí. Lo cargaron entre los dos, Inocencio a regañadientes, tratando de no manchar de sangre su ropa. En la mesa de recepción sólo había una mujer, que los recibió con cara de fastidio. Le explicaron la gravedad de la situación, pero ni aun así se despabiló. Por suerte, en ese instante salió un médico, quien reconoció a Berta y se acercó, con actitud solícita. Ella se adelantó para decirle el motivo de su presencia allí, sin darle oportunidad a saludarla como era su intención, que notó Federico. Para él era obvio que la conocía, pero no era oportuno entablar pláticas protocolarias. El galeno, seguramente un recién graduado haciendo su servicio social, se acercó al herido para auscultarlo. En su rostro, primero con muestras de preocupación, se dibujó una sonrisa.
-Lo trajeron oportunamente, parece que sus lesiones no son graves, pero de haber dejado pasar más tiempo se hubiera desangrado, principalmente por la herida en la nuca -dijo dirigiéndose a Berta.
En ese momento notó que ella había bebido, al igual que los dos pelafustanes que las acompañaban. Hizo un gesto de contrariedad, sin dejar de hacer lo que demandaba la circunstancia: ordenar a la recepcionista que llamara a los camilleros para llevar al herido al quirófano. Hubo que esperar unos minutos, eternos para las dos parejas, lapso que aprovechó el médico para preguntar dónde y cómo lo habían hallado. La respuesta la dio Federico, escueta y desafiante:
-Estuvimos cenando en el restorán que se encuentra al borde de la carretera, allí nos conocimos… nos pidieron que las trajéramos aquí, no nos pudimos negar al ver que ya era noche… como nosotros vamos a Oaxaca no nos desviábamos de nuestra ruta… a medio camino el señor salió a nuestro encuentro, vimos que estaba herido. Ella (señalando a Gloria) lo reconoció con la luz de los faros, así que nos detuvimos para auxiliarlo…
El médico pareció satisfecho con la explicación, no hizo más preguntas. En ese instante llegaron dos enfermeros, a quienes ordenó lo que debían hacer. Inocencio creyó oportuno el momento para despedirse de las muchachas, pero se adelantó Federico para decirle a Berta que las podían esperar, el tiempo que fuera necesario. Inocencio se demudó; de la palidez inicial al escucharlo, su rostro se fue enrojeciendo. Federico lo notó, enseguida le pasó su brazo derecho por la espalda y lo condujo a la puerta de salida, sin dar tiempo a que su ira estallara.
Lo encaminó al carro, estacionado enfrente de la fachada del galerón blanco de dos pisos adaptado como hospital. Inocencio trató de zafarse del brazo de Federico, pero éste lo afianzó más sin dejar de caminar. Comprendió que no tenía más opción que obedecer. Sin embargo dejó salir su coraje, su impotencia, su angustia, insultando a su amigo desde la infancia, su protector en la escuela, su maestro en las aulas de la vida, prematuramente obligados a valerse por sí mismos por las circunstancias: ambos eran huérfanos, sin una madre que los guiara, con padres que en vez de ayudarlos les daban pésimo ejemplo y un trato que los endureció, física y emocionalmente.
-¡Ya ni chingas, pendejo! -espetó Inocencio-, como si no tuviéramos un putamadral de problemas te buscas más… Aquí nos pueden hasta linchar, somos unos perfectos desconocidos, ¡no faltará quién se le ocurra inventar cualquier chingadera de nosotros!
Federico lo dejó sacar su coraje, lo subió al carro en el asiento del copiloto, que presentaba un manchón de sangre coagulada; él entró para ponerse al volante. Encendió un cigarro, le dio una profunda calada, arrojó el humo y continuó en silencio, en espera de que Inocencio se calmara.
-Pareces vieja histérica -dijo Federico, con voz tranquila-, no te adelantes a los hechos… aquí estamos más seguros que en una pinche carretera que desconocemos… ¿No ves cómo está de oscura la noche? Traemos poca gasolina y corremos el riesgo de que nos asalten si nos quedamos parados.
Inocencio asimiló el regaño, aunque siguió refunfuñando su indefensión, su incapacidad para no vislumbrar más allá de lo que se podía palpar y ver, capacidad que Federico tenía de sobra. Le pidió un cigarro, ya con voz normal, dispuesto a dejarse llevar por su único amigo, como siempre lo había hecho. Se hizo un silencio en el interior del vehículo, roto a intervalos por ladridos de perros, como si dialogaran entre ellos para mantenerse despiertos.
Minutos después, calmada su inquietud con el cigarro, Federico le dijo a Inocencio que tratara de dormir, él entraría al hospital. Quería saber más sobre el médico, le había caído bien a pesar de imaginar que le llevaba la delantera con Berta. Lo envidió, no sólo por eso, sino porque podía aspirar a llevar una vida normal, expectativa muy lejana para él, quizá imposible de hacer realidad. Conocer a una muchacha como Berta era ya un premio que recibía de la vida. Le gustaría tenerla de amiga, pero eso era un sueño que más valía olvidar. Se despediría de ella de una vez, sin dar margen a un capricho del que no pudiera zafarse.
Al entrar, la vio sentada en una banca junto a Gloria, ambas con la cabeza hundida en el mentón, como si durmieran. Berta volteó a mirarlo, se puso de pie, tratando de no despertar a Gloria. Caminó hacia él, desperezándose con movimientos felinos. Lo invitó a pasar y tomar asiento en otra banca, unos metros alejada de la que ocupaba su amiga. Así lo hizo, dando gracias al cielo de que no hubiera más gente, y que la recepcionista estuviera tan fastidiada de su tarea cotidiana que se mantenía pegada al celular y viendo la televisión.
Berta fue la primera en hablar, con la vista clavada en el suelo:
-Te agradezco infinitamente nos hayas ayudado… sin ti seguramente el papá de Gloria ya estaría muerto… Debes estar pensando que el médico tuvo que ver conmigo, la verdad es que él fue quien me desvirgó… me dejé por puro despecho. Me habría gustado que tú lo hubieras hecho, me atrajiste desde el primer momento que te vi entrar al restorán.
Federico la escuchó, inmutable, sin precisar si creerle o no. La dejó que hablara, con la mirada clavada al piso, haciendo conjeturas sobre los motivos que tendría Berta para mentirle o decirle la verdad de sus sentimientos, comparándose con el joven profesionista cuyo futuro era más promisorio que el suyo. Esto lo inclinó a concluir que Berta se dejaba llevar por el odio a su padre, que mientras más daño se hiciera ella misma más se vengaba de él. De ahí que llevara ventaja sobre el médico. Ella no buscaba un hombre que le ofreciera seguridad, sino alguien con quien encauzar sus instintos autodestructivos.
La abrazó para besarla, ella ofreció sus labios de modo que sus ganas de llegar al clímax se avivaron de tal modo que la tomó del brazo y la condujo a un baño cuya puerta se abrió sin dificultad. No les importó el fétido olor que salió del interior, ni el desaseo evidente de tiempo atrás. Mucho menos que Gloria se despertara de su modorra y se diera cuenta de lo que estaba ocurriendo, como así fue. Su primer impulso fue levantarse de la banca, correr al mingitorio para agarrarlos in fraganti, lo demás no le importaba. Con todo, pudo frenar su rabia al pensar en su padre: un escándalo al interior del hospital, cuando su vida pendía de un soplo de aire, podría repercutir en la atención que se le estaba brindando. Se tragó su coraje, decidida a romper definitivamente su amistad con Berta.
Se puso de pie para dirigirse a otro sector del pasillo y sacar de su cabeza la escena de Berta gozosa en brazos de un desconocido. Lo logró, gracias a que al final del corredor encontró a uno de los enfermeros, quien salía del quirófano, con la ropa manchada de sangre, despojándose de su gorro y su mascarilla. Al verlo se apresuró a interceptarlo; su rostro juvenil, en ese momento ajado por el dolor. Le preguntó cómo estaba el herido, el enfermero se molestó, pero al notar la angustia de la muchacha se calmó. Sin dejar de caminar, le dijo que aún no podía decir nada definitivo, aún seguía en la mesa de operaciones, iba por un material que les hacía falta; por lo pronto, el peligro de muerte ya había sido superado.
-Sólo espero que tengamos a la mano lo que necesitamos, en este hospital falta de todo, por eso nadie viene, a menos que tengan dinero para comprar medicamentos y lo que haga falta -dijo malhumorado.
Gloria se tranquilizó al escucharlo, regresó a la banca donde estaba sentada, dispuesta a cumplir su intención de romper su amistad de toda la vida con Berta. Ahora lo primordial era cuidar a su padre, devolverle el amor que siempre había demostrado por ella. Desde que lo conducían al hospital le surgió la idea de que sufrió el asalto por andarla buscando, se imaginó que debió encontrarse con alguna de sus condiscípulas de regreso a su casa, preguntó por ella; le respondió que después de comer se habían despedido, se había quedado con Berta en el restorán. Recordó que siempre le recomendó que no intimidara tanto con ella, la hija de su patrón. La conocía como una niña mimada, caprichosa, sin freno a su comportamiento irrespetuoso. No la culpaba: era el reflejo de su padre, sin el contrapeso de una madre o hermanos en alianza conjunta contra el déspota.
“Ahora me doy cuenta que mi padre tenía razón, pero mientras más me insistía más crecía mi interés en afianzar su amistad… siempre la envidié, la vi como el modelo a seguir a pesar de ser muy diferentes, a su lado me sentía segura, nadie de la escuela se metía conmigo… pero con todo esto ahora todo cambió, me siento traicionada, humillada, no puedo perdonarla”, se dijo Gloria, dispuesta a romper su amistad con Berta inmediatamente, apenas saliera del cuartucho inmundo donde se estaría revolcando con un perfecto desconocido.
En el carro, Inocencio dormitaba, rumiando a intervalos el desatino de complicarse la vida con un par de muchachitas ajenas a su vida, pueblerinas que seguramente tenían quien las estuviera cuidando. “De plano Federico es un pendejo o un loco que le vale madre todo… se lo voy a decir, con muchos huevos aunque me quiera obligar a seguirlo. Prefiero que cada quien siga su camino, si él quiere darse en la madre, que lo haga solo… le voy a exigir que me dé mi parte del robo, si no quiere que sigamos a Oaxaca yo me regreso, ya estuvo bueno de pendejadas”.
No quiso forzar las circunstancias: debía esperar a Federico, tendría que salir cuando se impusiera la ansiedad de fumar un cigarro. Se adormeció pensando en su plan de esconderse en Santa María de Huatulco, un pueblo cerca del mar donde pasó días inolvidables en que acompañaba a su madre, quien allí buscaba refugio cuando no soportaba más los tratos despóticos de su marido, padrastro de Inocencio, quien desde que lo conociera sintió un odio que le estrujó las tripas; a partir de ese día su vida cambiaría radicalmente, al volverse más arisco de lo que ya era. Sintió el desapego de su madre peor que si lo golpeara con una vara de membrillo, como lo hacía cada vez que la mandaban llamar de la escuela para quejarse de su mal comportamiento.
Cuando Gloria vio salir a Berta, alisándose el largo cabello y ajustándose el cinturón y la blusa, sintió como una cuchillada en el vientre. De no mediar el sitio en que se hallaban, la situación tan dramática en que estaba su padre, seguramente se abalanzaría contra ella, la golpearía sin importar que a final de cuentas ella misma llevara la peor parte, como otras veces ya había sucedido. Esta vez sería la definitiva, rompería su amistad para siempre, no le daría oportunidad de que la obligara a doblegar su voluntad. Aguantaría su rencor en respeto a su padre: la prudencia era forzosa, necesaria en ese trance en que su vida corría peligro.
Fingió estar dormida, por lo mismo no haberse dado cuenta de la estupidez de Berta, que sobrepasaba los límites que debía seguir como mujer con un futuro promisorio gracias a la fortuna de su padre, a su belleza. Simuló despertar sobresaltada, cuando sintió la mano de Berta sacudiéndola.
-Despierta, quiero decirte la decisión que acabo de tomar -dijo al verla abrir los ojos-: me voy a ir con Federico, no porque lo quiera sino para salir de este agujero… no te quiero forzar a que vengas conmigo, menos ahora cuando tu deber es cuidar a tu papá…
No la dejó continuar, se puso de pie para darle una cachetada en el rostro con todo el odio que sintió recorrer su cuerpo. Vio cómo Berta se cubría el rostro con actitud defensiva, como nunca antes la había visto. En ese instante salía Federico del baño, vio lo sucedido y de cuatro zancadas llegó adonde ellas estaban. Abrazó a Gloria por la espalda y la obligó a calmarse, mientras Berta se reponía de la impresión. La enfermera salió de su letargo al escuchar los gritos, se puso de pie y se encaminó hacia la banca con la intención de poner fin a una escena inesperada, propia de una de las tantas telenovelas que miraba en sus tediosas horas de inactividad.
Los conminó a tranquilizarse, tener conciencia de la situación por la que estaban allí, dar gracias a Dios de que esa noche no hubiera más pacientes, pues la zacapela habría rebasado la prudencia que debía seguirse en un hospital. Sus palabras fueron más eficaces que si hubieran entrado guardias a separarlos. Le sobraba razón, lo pensó cada uno de los tres conforme a sus circunstancias. Federico se percató del riesgo que corría de seguir en ese lugar; Berta en la imprudencia fatal de dejarse llevar por sus bajos instintos; Gloria en las consecuencias que tendría el escándalo en la atención a su padre.
Federico fue el primero en reaccionar: soltó a Gloria, miró a Berta con una mirada que revelaba su arrepentimiento y se encaminó a la puerta de salida; Berta descifró el mensaje de su mirada y agachó su cabeza; Gloria cambió su actitud radicalmente; del enojo pasó a un llanto que imploraba compasión, piedad, perdón a su arrebato. Ambas se abrazaron, llorando compulsivamente, sin que importara nada más en el mundo que su necesidad de estar juntas.
En el vehículo, Inocencio roncaba como si estuviera en su cama y no en el asiento trasero de un carro que habían robado sin pensar en que de ese modo ponían en riesgo la libertad condicional del hermano de Federico. No quiso despertarlo, hecho un ovillo cómodamente; no tenía caso hacerlo salir de su sueño, como si aún siguiera siendo el niño que conoció tres lustros atrás. Encendió el motor, satisfecho de que la realidad se impusiera a sus desatinos. Se imaginó la cara de contento que pondría Inocencio al despertar y percatarse que regresaron al sitio donde se inició su aventura.















