Ciudad de México, noviembre 1, 2026 08:40
Revista Digital Noviembre 2026

Alguna vez impostergable

“Las cuentas pendientes no siempre serán saldadas. Ya sea uno el deudor o a quien, ingenuamente, la vida le deba algo, en ocasiones no cabe más que hacer de tripas corazón y conformarse con saber que, al menos, se hizo el intento de llevar todo en buena lid”.

POR OSWALDO BARRERA FRANCO

No siempre se tiene una certeza absoluta; es más que una premonición, una sentencia. La claridad en ella ilumina y exhibe cualquier duda que hubiera quedado oculta en algún rincón de la conciencia y bajo el peso del orgullo personal.

Puede tratarse de la voz del arrepentimiento, tardío a veces, pero igual de riguroso. Aquella voz que en cualquier momento, incluso a deshoras, cuando uno quiere poner la mente a descansar, reclama por lo que ha quedado pendiente, inconcluso pero nunca olvidado, en el trayecto que tenía como escala aquello que optamos por pasar de largo o de lo que nos desviamos por recorrer una ruta más tranquila o atractiva en apariencia.

Porque es fácil ir dejando que el tiempo se encargue de acomodar todo en su sitio, aleatoria y alevosamente, pero no siempre es así, para que luego aquel acomodo no sea el que más nos convenga. Así que más vale poner manos a la obra, sacudirnos el polvo del desgano o la pena, hacer un balance de las cuentas pendientes y ver cuáles de ellas merecen una segunda oportunidad, que no siempre se da, cierto, pero pesa más la incertidumbre que tener la seguridad de ello.

He hecho el balance de aquellos asuntos pendientes en mi recorrido hasta ahora, acomodados por categorías y grados de abandono y arrepentimiento. Veo que algunos en verdad parecían impostergables, debían ocurrir sí o sí, hasta que se fueron diluyendo y hundiendo a la vez en un marasmo de desidia o estulticia que los dejo irremediablemente desperdigados en un ciclo atemporal. Los hay de todos tipos y alcances, responden a distintos momentos y caprichos, así como a decisiones a veces cuestionables, y las consecuencias de cada uno van de lo más nimio a interrogantes de orden existencial y tribulaciones constantes.

Y entre todos ellos, a estas alturas, quizá el único en verdad relevante, si lo quiero ver así, es el de concluir una etapa de mi preparación académica para dar comienzo a otra. Hasta ahora, por fortuna, no he requerido algún papel que diga “se le concede el título de…”, con el cual pueda sumar a mis credenciales profesionales el grado académico correspondiente que me autorice a trabajar en aquello en lo que, a lo largo de casi treinta años ya, me he desarrollado profesionalmente, siempre en un proceso continuo de aprendizaje. De hecho, ahora que exploro otras opciones, busco más lo que cumpla con el axioma del “quiero que…” en lugar del “debo de…”. Sí, a estas alturas esto es un privilegio, uno que quizá esté en entredicho, pero que ilustra precisamente el tema de las cuestiones definitorias.

Porque ya el hecho de poder estudiar una carrera o un posgrado habla más de un privilegio que de una necesidad, tomando en cuenta lo abrumante que resulta el panorama laboral en un mundo que demanda capacidades y aptitudes que no siempre se aprenden o desarrollan en un aula. El grado académico importa, nunca lo he cuestionado ni despreciado, pero la vorágine de una demanda de conocimientos más empíricos no siempre permite que una carrera cubra dicha demanda, salvo en casos muy específicos. La capacitación constante y una oportuna actualización de conocimientos se enfrentan también a otras circunstancias, como la inmediatez y el dominio de herramientas que cambian constantemente.

Ante ese panorama, lo que alguna vez era impostergable ahora entra en otros parámetros y conlleva nuevas formas de interpretar y usar la información de la que uno dispone. Por ello, cerrar el círculo de mi preparación académica me parece de pronto un sinsentido, más un antojo que una exigencia, ya que éste nunca se cierra: todo el tiempo se reacomoda, se reinicia y se transforma, con lo que llevarle el paso se convierte en el verdadero desafío a la hora de tomar la decisión de concluir algunos ciclos y dar comienzo a otros.

¿Qué nos hace ignorar o renunciar a una decisión de la que luego nos podamos arrepentir? En mi caso concreto, podría decir que ha sido una serie de circunstancias que, más que llevarme a decidir, me fueron aletargando para permitir que fueran otros los que decidieran por mí, lo que es una excusa patética, lo sé. Sin embargo, hoy sigo enfrentando circunstancias con las cuales decidir conscientemente acaba por ser un espejismo. Y aun así, siempre queda la comezón de concluir, de alcanzar la meta, cuando ésta ya ni siquiera es a la que uno aspiraba cuando arrancó la travesía. El periplo de Odiseo cambia de Ítaca durante su eterno peregrinar por aguas cada vez más inciertas y traicioneras.

Las cuentas pendientes no siempre serán saldadas. Ya sea uno el deudor o a quien, ingenuamente, la vida le deba algo, en ocasiones no cabe más que hacer de tripas corazón y conformarse con saber que, al menos, se hizo el intento de llevar todo en buena lid. Porque el camino puede estar lleno de arrepentimientos, de dudas y lamentaciones, pero a veces esos asuntos remisos que hemos ido dejando a su suerte pueden volver a aparecer, al salir de una curva inesperada o durante una tormenta, para recordarnos que aún no hemos concluido este transitar y, más que en pesadas anclas, pueden convertirse en nuevos puntos de partida.

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