Ciudad de México, noviembre 1, 2026 07:09
Francisco Ortiz Pardo Opinión Revista Digital Noviembre 2026

EN AMORES CON LA MORENA / Los tiempos inconclusos

Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores.

El saldo pendiente no se evapora con el tiempo ni se disipa en el ajetreo de las calles; se hereda.

POR FRANCISCO ORTIZ PARDO

A lo largo de las distintas presentaciones de mi novela Honrar nuestro amor, he tenido la fortuna de asomarme a un territorio tan íntimo como revelador: las conversaciones que se tejen al final del acto, cuando los micrófonos se apagan y los lectores se acercan a compartir sus propias certezas. Una de las cosas más gratificantes que me han compartido es que en algunos casos mi novela les ha animado a continuar sus duelos inconclusos, procesos no carentes de dolor, por supuesto. De esa retroalimentación viva y desinteresada ha surgido un descubrimiento persistente sobre la condición humana en nuestros días. Descubro, no sin cierto asombro, la pasmosa facilidad con la que los duelos no concluidos —o peor aún, la suma estratificada de pérdidas que no nos dimos tiempo de procesar— terminan por volverse parte del paisaje, integrándose a la rutina como si fueran un mueble más de la casa.

Existe una leve e inevitable ironía en cómo aprendemos a convivir con el peso de lo que no ha cerrado. La vida cotidiana nos exige seguir caminando, pagar las cuentas a tiempo y responder los mensajes pendientes, mientras por dentro arrastramos una colección callada de ausencias y quiebres.

En el mejor de los casos, hay que decirlo, no hay cinismo en ello: es simplemente la inercia urbana, ese torbellino de compromisos que nos arrastra sin tregua. En el peor de los escenarios, sin embargo, caemos presos del utilitarismo más feroz y de la cultura del descarte, actuando como modernos Tarzanes que se sujetan de una liana afectiva para soltarla de golpe y alcanzar otra, y más tarde otra, y así toda la vida en una fuga perpetua para no tocar el vacío. Avanzamos por la vida usando y desechando vínculos, sin detenernos a pensar que aquello que hacemos a otros, eso mismo que escatimamos en dignidad hacia el prójimo, difícilmente habrá de regresar para dignificarnos o llenarnos a nosotros mismos.

Esa inercia se nutre a menudo de miedos aprendidos: patrones de defensa que fuimos heredando para no exponernos a la intemperie emocional. Aprendimos a temerle a la vulnerabilidad, a sospechar del llanto y a considerar el detenimiento como una forma de fracaso productivo. La ciudad, con su ritmo inclemente y sus pantallas encendidas, premia la prisa y castiga al que se queda a solas con sus muertos. En ese sentido, la prisa no es solo velocidad, sino un refugio cobarde para no encarar a los propios fantasmas. La verdadera trampa no es sentir dolor, sino asumir que vivir consiste en ir amontonando pérdidas en algún rincón de la memoria y acelerar el paso para que no nos alcancen.

Es ahí donde se vuelve apremiante desmitificar ciertas fórmulas del consuelo fácil que la cultura popular y los manuales de autoayuda han terminado por distorsionar. Una de las más extendidas y perniciosas es esa consigna expedita de “dar la vuelta a la página”, acompañada por la falsa promesa de que las marcas del dolor se pueden disipar con el simple paso de los días o un mero decreto de la voluntad. Las cicatrices del dolor no se borran; pero se pueden convertir en aompañantes apreciadas por quien realmente ha vivido. Pretender limpiarlas de un plumazo es una ilusión vana. Algo similar ocurre cuando los aparadores comerciales banalizan aquella sentencia de resonancia oriental sobre el dolor y el sufrimiento. En la enseñanza budista original, la distinción alerta precisamente sobre cómo el dolor no procesado degenera en un sufrimiento estéril; lejos de ser una patente de corso para evadir el duelo, advierte que si la herida no se encara, se convierte en una pesadumbre continua y vacía que solo parece dar tregua cuando la muerte irrumpe para recordar a los deudos que todo, absolutamente todo, es impermanente.

Y lo es, sin duda. Sin embargo, en ese ínterin donde nos negamos a mirar de frente lo que duele por temor a rompernos, el sufrimiento no desaparece: se reconvierte, muta y adopta disfraces insidiosos cuyas consecuencias terminan pagando las personas más cercanas a nosotros. Pagando, en suma, por aquello que nuestros miedos y nuestras prácticas del descarte no nos permitieron resolver en su momento. La lección sartreana cobra aquí una vigencia atroz al recordarnos que poco o nada hemos hecho con lo que los demás hicieron de nosotros, una premisa que jamás nos eximirá de la propia responsabilidad. Jean-Paul Sartre señalaba que la libertad es una condena precisamente en la medida en que somos seres libres, pero no necesariamente capaces de asumir el peso de nuestras decisiones. En ese terreno, las trampas más elaboradas las tendemos contra nosotros mismos.

Los pendientes en el amor ilustran con nitidez este fenómeno. La cobardía cotidiana de no dar explicaciones a quien se abandona, el silencio calculado o la huida elegante —justificados casi siempre por el pavor al conflicto o por la conveniencia utilitaria del momento— terminan por revertirse tarde o temprano como un bumerán, bajo esa figura que la sabiduría del mundo espiritual entiende como amor kármico. Lejos de reducirse a una simple venganza cósmica o a una fatalidad punitiva, el lazo kármico en el amor funciona como un espejo pedagógico e implacable: nos devuelve, a través de nuevos encuentros o de insospechadas quiebras emocionales, exactamente la misma lección de dignidad que nos negamos a aprender o a otorgar en el pasado. Es una fuerza restauradora del equilibrio que nos reitera que el afecto inconcluso no se evapora, sino que permanece orbitando hasta que entendemos el sentido profundo del respeto al otro.

Es aquí donde la raíz de esta condición alcanza su hondura definitiva. Al final, no somos más que inventores del tiempo, una herramienta métrica concebida para intentar entendernos en medio del caos; sin embargo, nos falta la humildad indispensable para aceptar que el tiempo —y lo que en la vorágine cotidiana calificamos torpemente como su “pérdida”— no son más que la vara con la que medimos nuestra propia soberbia. En esa misma línea de extravío colectivo, no deja de resultar sintomático que hoy pretendamos anestesiar la angustia de la finitud recurriendo a la más estéril de las distracciones digitales, consumiendo algoritmos y pantallas con la falsa ilusión de que la hiperconectividad suple el pulso de la cercanía real. En el amor, por ejemplo, se ha vuelto cotidiana esa queja mercantil de “no me hagas perder el tiempo”, como si un intento fallido, una aproximación torpe o una sola frase pronunciada desde la honestidad no hubieran valido la pena por el simple hecho de no haber alcanzado un desenlace productivo. Le hemos impuesto un valor económico al alma y al calendario, contabilizando los afectos como si fueran transacciones bursátiles.

El ególatra ser humano, deslumbrado por su propia capacidad para generar conocimiento, transformar su entorno y dominar la técnica, cae en la soberbia de pensar que puede tasarlo todo y permitirse el lujo de ignorar lo esencial: la urgencia de no dejar cuentas abiertas. Pero el saldo pendiente no se evapora con el tiempo ni se disipa en el ajetreo de las calles; se hereda. Pasa de generación en generación, dejando ataduras no solo en la repartición de riquezas materiales, sino, sobre todo, en la transmisión de las pavorosas pobrezas del alma.

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