Ciudad de México, noviembre 1, 2026 08:39
Revista Digital Noviembre 2026

La posibilidad de volver 

“Había algo tranquilizador en esos objetos. Eran pequeños pendientes que parecían decir: aquí vas a volver porque todavía dejaste algo…”

POR MARIANA LEÑERO
No sé si quienes leen esta sección saben que cada mes recibimos una propuesta sobre un tema en común. Podemos seguirla o escribir sobre otra cosa. A mí me gusta porque es un ejercicio creativo que me obliga a buscar entre mis recuerdos.

Esta vez nos propusieron escribir sobre aquello que hemos dejado sin resolver, lo que seguimos posponiendo y lo que creemos haber dejado atrás, pero que continúa acompañándonos.

No sabía bien cómo abordar el tema. Lo que sí sé es que cada vez me hago más vieja. Me gusta dramatizarlo, aunque quizá sería más adecuado decir que me hago mayor. Acumulo olvidos, arrugas, arrepentimientos y dudas, algunas tan pesadas como las certezas que me ha costado aprender.

Aunque todavía queda tiempo, cada vez queda menos. Aparecen las cosas que ya no podré hacer, las que sigo posponiendo y aquellas que, aunque posibles, sospecho que nunca haré.

Al hacer cuentas con el pasado, tengo la mala costumbre de rescatar errores, exagerar las pérdidas y dejar en letra pequeña lo que salió bien. Pero también se enciende un foquito de esperanza: todavía hay cosas que podemos arreglar. De jóvenes quizá ese foquito brillaba con más intensidad. Con los años su luz se vuelve más tenue, más real.

Mientras pensaba en el tema, encontré una representación literal: mis cajas de cachivaches, manualidades, arte.

Durante años, el garaje de mi casa fue mi estudio y un almacén de tesoros. Guardaba papeles, pinturas, marcos, pedazos de madera, telas, pinceles y cualquier objeto que pudiera servir para hacer algo. Mis hijas y yo abríamos cajones y cajas como quien abre un cofre de sorpresas. Pasábamos horas pintando, construyendo, copiando, inventando. A veces hablábamos sin parar y otras casi no. Bastaba con ver sus manos moverse, sus caras concentradas y sus risas cuando algo no salía como esperábamos.

Nada de aquello era basura. Eran proyectos por hacer, ideas que todavía no habían tomado forma. Posibilidades esperando su turno.

Todavía guardo cosas que imagino que nos podrán servir algún día. Un lienzo, pinturas, una hoja bonita. Las atesoro pensando que volveremos a abrir las cajas, que nos sentaremos a crear y que las horas pasarán sin que ninguna tenga prisa por irse.

Proyectos sin terminar y materiales nuevos siguen ahí, acumulando polvo. Un polvo que todavía duele porque aquellos días no regresan de la misma manera.

Quizá heredé de mis padres esta costumbre de guardar cosas. Siempre me ha gustado saber que puedo cambiar de casa, de ciudad o de vida, y que mis cosas seguirán ahí. Que habrá un cajón o una caja donde encontrar algo de la persona que fui.

Sin darme cuenta, quise ofrecerles esa misma certeza a mis hijas.

Con cada mudanza iban dejando cosas. De la casa a la universidad, del cuarto universitario al primer departamento, de una ciudad a otra, de un país a otro. Siempre había algo que no cabía en la maleta o que no valía la pena llevarse.

Una tacita, fotos, trabajos de la universidad, el libro preferido o esa ropa que algún día volverían a ponerse.

Yo lo guardaba todo.

Había algo tranquilizador en esos objetos. Eran pequeños pendientes que parecían decir: aquí vas a volver porque todavía dejaste algo.

Cuando Regina se fue, dejé su cuarto prácticamente igual. Ricardo insistía en convertirlo en habitación de visitas. Yo me resistía. No quería quitar su colección de miniaturas, el suéter grande o aquella bolsa demasiado pesada para meter en la maleta.

Cuando regreses, te lo llevas. O cuando vaya, yo te lo llevo.

Siempre había un después.

Con Sofía ocurrió algo parecido. Cuando se fue a Madrid, dejó ropa, trastes, su sartén preferido, cremas, cepillos, toallas, zapatos, chamarras y hasta el champú caro que había dejado a medio usar.

Con las prisas no alcanzó a organizarlo todo.

Después de despedirla, acomodé sus pertenencias. Coloqué los sartenes en la cocina, hice espacio para sus cremas, guardé sus zapatos, colgué algunas prendas y encontré lugar para sus objetos en cajones y alacenas.

Era una manera de tenerla cerca.

A veces abría un cajón y encontraba algo suyo. Lo tocaba, lo cambiaba de lugar o simplemente lo dejaba donde estaba. Durante un rato sentía que seguía compartiendo la casa con ella.

Pensaba que aquello me hacía bien.

Todavía no sé si me hacía.

Pasó casi un año desde que comenzó su vida en Madrid antes de que decidiera guardar sus cosas en cajas. Me dije que era lo más práctico.

Pero tampoco quería deshacerme de nada. Ni de lo suyo ni de lo de Regina.

Clasifiqué cada objeto por color y por uso para que, cuando regresaran, encontraran fácilmente aquello que habían dejado pendiente.

Y entonces comprendí que no estaba solamente organizando sus pertenencias.

Estaba guardando la posibilidad de que volvieran.

Durante mucho tiempo me he resistido a cerrar ciclos. La expresión me incomoda. Suena a cerrar una puerta, bajar una cortina, poner un punto final donde yo todavía quisiera dejar una coma.

Mis hijas crecieron, se fueron y construyeron sus propias vidas. Yo sigo siendo su mamá, pero ya no aquella que sabía que, al final del día, volverían a dormir en casa. Y cuesta encontrar qué hacer con todo ese amor que antes tenía tantas tareas.

Terminé de acomodar sus últimas pertenencias. Cerré las cajas y las guardé.

Y respiré.

No fue una liberación espectacular. Seguía extrañándolas, pero por primera vez pude mirar aquellos cajones vacíos sin sentir que tenía que llenarlos de nuevo con algo suyo.

Quizá cerrar un ciclo no significa detener el río, sino aceptar que el agua sigue su camino.

Puedo volver a abrir aquellas cajas para pintar, inventar o hacer algo yo sola. O con alguien más. No todo lo que guardé tiene que esperar a que ellas regresen para encontrar un nuevo uso.

Por ahora, las cajas permanecen cerradas. No sé cuándo volveré a abrirlas ni si algún día dejaré de extrañar aquellas tardes en el garaje.

Pero quizá no se trate de dejar de extrañarlas.

Tal vez saldar esta cuenta pendiente consista en aceptar que mis hijas no necesitan volver a ser niñas para que yo siga siendo su mamá. Y que puedo conservar lo que fuimos sin dejar de descubrir lo que todavía podemos ser.

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