Ciudad de México, noviembre 1, 2026 07:56
Revista Digital Noviembre 2026

Mí tía Silvia, la menor de las hermanas

“Con el tiempo ese lazo que creíamos indestructible se fue debilitando poco a poco y las promesas fueron quedando en el olvido…”

POR PARICIA VEGA

Cuando nací en Tijuana, el 25 de julio de 1957, mi tía Silvia Manuela vivía en la casa familiar que tuvimos en la colonia Hipódromo. No son muchos los recuerdos o imágenes que tengo de mis primeros meses de vida, aunque heredé bastantes fotos que me permiten reconstruir de alguna manera esa época.

Según me contó mi mamá, María Teresa (RIP), ella me tenía en brazos mientras el biberón se calentaba en la estufa, bajo la atenta vigilancia de mi tía. Sin embargo, como la leche tardaba en llegar a la temperatura adecuada, en uno de los arrullos de mi mamá, estiré el brazo y con la manita de bebé le metí un gran pellizco a Silvia. Seguramente pude asociarla con esa tardanza y fue la manera de pedirle que se apurara.

Esa anécdota quedó registrada en la historia familiar como  “gracioso” ejemplo de mi demandante precocidad desde entonces. Pero ahora leo el incidente como un aviso de la entonces inimaginable tensión que se daría muchos años después,  entre nosotras durante nuestra vida adulta o la última parte de nuestra vida.

Los meses pasaron y llegó la fecha en la que había que bautizar a la niña con el nombre de Rosa Patricia y mi madre eligió a la menor de sus hermanas, Silvia Manuela, para que se convirtiera en mi madrina, es decir, en su comadre.

Se trata de una distinción de gran peso porque la tradición católica indica que “a falta de padres, padrinos” y como buenas feligresas tanto mi madre como mi tía estaban muy conscientes de lo que significaba ese nuevo lazo y compromiso espiritual. Desde entonces, mi tía Silvia se convirtió en una segunda madre para mi, a mi lado, en cualquier circunstancia.

Los días transcurrieron al ritmo de una ciudad en expansión vertiginosa. Y mi vida tenía lugar entre el entonces Distrito Federal y Tijuana, la ciudad en la que tuve noticia –y mi madre también– de que además de mi hermano Elmer, “aparecieron sorpresivamente” tres medios hermanos (Salvador Jr., Eduardo y Beatriz), producto de una relación que mi padre había tenido en la capital mexicana y que había finiquitado por medio del divorcio correspondiente.

A lo hecho, pecho. Supongo que desde entonces la relación entre mi tía Silvia y su cuñado Salvador Vega se fue tensando y nunca más se recompuso y esa tía instaba a mi madre a que dejara a ese hombre parrandero y jugador –verbos muy mexicanos—que le había ocultado la existencia de sus primeros tres hijos.

Llegó el momento en que la ludopatía de mi padre –antes se le llamaba el vicio del juego—se volvió insostenible y mis progenitores decidieron separarse de una manera definitiva, situación que desde muy chica me metió en camisa de once varas al tener que ocultar el hecho pues en esa época el divorcio o separación legal era inaceptable en las escuelas católicas en las que siempre me metieron a estudiar.

Y un día, mi tía Silvia se quedó a vivir en la Ciudad de México, en una magnífica casona tipo colonial californiano hasta hoy ubicada en la colonia Cuauhtémoc –y que he descrito en colaboraciones anteriores para Libre en el Sur—y que me permitió, sin yo tener vela en el asunto, transitar de Tijuana a una capirucha que me abrazó de inmediato, al menos arquitectónicamente desde 1967 pues yo estaba familiarizada con ese estilo fronterizo, desarrollado en los confines de México y Estados Unidos, que recordaban de manera mitológica lo que habían sido las misiones de origen español que estaban desperdigadas a lo largo de la costa californiana.

Lo que viene al caso, en esta historia, es que en esa casa de la colonia Cuauhtémoc viví muy feliz con mi madre y mi tía-madrina que, de alguna manera, se propuso compensar la ausencia de mi padre. Así que desde entonces, cuando empecé a cursar el cuarto año de primaria, la secundaria –salvo el intervalo de la prepa que volví a Tijuana—y la carrera universitario nos convertimos en un trío indestructible e inseparable.

Las tres, compartimos durante muchos años todo tipo de aventuras:  viajes en automóvil al interior del país, proyectos, expectativas, sueños, espectáculos y las famosísimas noches bohemias en esa casa que duraban los fines de semana alargados. Mis dos mamás me fueron integrando a su círculo de conocidos y amistades entre las que crecí y muy pronto también me adoptaron.

Sin embargo, nada dura para siempre. Siguiendo, imagino, el cronómetro biológico mi tía se casó con un puertorriqueño, hijo de una celebridad musical. En pleno encandilamiento confió en la promesa de que podría venir a México cuantas veces quisiera. Y de ahí surgió un pacto no escrito entre las hermanas: dividirían la propiedad de la Cuauhtémoc en partes iguales, al tiempo que mi madre asumió todos los gastos y mantenimiento de una propiedad que siempre ha requerido de una inversión considerable para conservarla en buen estado.

Como este texto y otros, forman parte de unas memorias familiares que he decidido ir escribiendo, resumo en pocas líneas lo que desarrollaré más ampliamente en otro espacio.

Mi segunda madre, mi tía Silvia, se fue a vivir a Puerto Rico, la llamada Isla del Encanto, que sí lo es. En lugar de viajar a México, mi madre se trasladó a la paradisíaca isla para acompañar a mi tía durante sus dos partos los meses que fue necesario. Mientras tanto yo permanecía en la CDMX a cargo de la casona. A pesar de mi juventud me tocaba asumir esa responsabilidad.

Esto sucedió hace unos 45 años. Miguel Ángel, el esposo de mi tía Silvia, decidió llevarse a la familia al campo puertorriqueño: Trujillo Alto, con el propósito de terminar la construcción de una casa que les heredó la queridísima tía Victoria Hernández.

La caprichosa vida y las decisiones de mi tío, propiciaron que Silvia Manuela viviera aislada en las colinas y dejara paulatinamente de visitar a su país y a su familia de sangre. Con el tiempo ese lazo que creíamos indestructible se fue debilitando poco a poco y las promesas fueron quedando en el olvido. Sin embargo ese feliz tiempo en la casona de la colonia Cuauhtémoc permanece imborrable.

Mi madre murió hace un par de años en la ciudad de México a los 90 años de edad, sin poder materializar ese pacto de sangre entre hermanas… una típica historia en las familias mexicanas. ¿Por qué la mía iba a ser diferente?

(Esta historia continuará en otra ocasión…)

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