COSECHA ROJA / Las aulas satánicas
La trágica caída de un joven atrapado entre la pobreza, la violencia y la pérdida familiar, que pasa de la marginalidad y el encierro a una fallida búsqueda de redención en las calles.
POR GUILLERMO FABELA QUIÑONES
No aguanto un día más entre cuatro paredes cuando he sido tan libre como perro callejero. Vale más morir que sentir como si me estuviera ahogando. No recuerdo si ya cumplí un mes o si llevo tres semanas en esta mazmorra de paredes borroneadas, durmiendo en el suelo que huele a mierda. Lo mismo da el tiempo que sea: todos los días son iguales. Me saca de quicio no poder correr con mis amigos del barrio como estoy acostumbrado; con ellos fisgoneando, por las rendijas del baño público, a las muchachas, casi siempre las mismas, y sentir tal emoción que lo hace a uno olvidarse de todo. Cuando pienso en esas aventuras me dan ganas de llorar y me duele más el encierro.
Al principio me divertía leer las pendejadas que los presos han escrito en las paredes, pero pronto me aburrí. Yo mismo decidí dejar mi testimonio, encontré una piedrita filosa en un rincón y con ella me puse a escribir: “Aquí estuvo Pedro…” Me arrepentí, avergonzado de poner mi apellido; la tiré por entre las rejas y me senté en el piso de cemento, frío como el hielo.
Tanto que me gustaba la escuela, tan buenas calificaciones que llevaba. Siempre me gustó estudiar y ahora no puedo hacerlo. Me daba mi tiempo para ayudar a mi padre, aunque no le gustaba que lo hiciera porque descuidaba mis estudios. Lo ayudaba lo más que podía, pero el trabajo en el taller nunca tenía fin. Había que trabajar de sol a sol, y aun así lo cerró por tanta deuda. Entonces fue chofer, mesero, electricista, plomero, todo lo que se presentara; nunca más tuvo un trabajo fijo; aun así, nunca dejó de buscar el modo de evitar que pasáramos hambre mis tres hermanos y yo, dos hombres y una mujer, mayores que yo, a quienes no volví a ver desde que se fueron, cada uno por su lado, hace ya más de un año. Espero que les haya ido mejor que a mí, no se hayan visto forzados a hacer nada malo para ganarse la vida. En este momento sólo pienso que no tengo por qué estar aquí, entre estas cuatro paredes que alguna vez tuvieron pintura y hoy son un horrible manchón de letras chuecas y dibujos grotescos de mujeres tetonas.
Lo que más coraje me da es saber que no tengo por qué estar aquí, cuando lo único que hice fue andar vagando por las calles en busca de algo para comer y de un lugar donde dormir. Mi mamá no quiso saber ya nada de mí, poco tiempo después de que murió mi padre; mis hermanos ya se habían ido. Me abandonó sin que le importara dejarme solo en la casa. Ahora la entiendo: la soledad es muy cabrona. Fue inútil esperarla durante tres días, con la esperanza de que regresaría en cualquier momento; me quedé con las ganas de volverla a ver. Sólo espero que se encuentre bien, que no haya tenido problemas nomás por ser la mujer de mi padre. Ella temía lo peor, por eso mismo, por ser la esposa de quien los policías dijeron era un peligroso narcotraficante. Estoy seguro que lo confundieron, nunca supe que hiciera nada malo, por eso siempre vivimos al día, “nomás para acumular deudas”, como decía mi mamá.
El taller se fue achicando, los clientes se fueron yendo. Mi mamá se puso a trabajar en una fábrica de ropa y ni así acabaron los problemas, como si el dinero se esfumara. Estoy seguro que el único delito que cometió mi padre fue ser pobre, sin huevos para hacer algo malo; de haberlos tenido no habríamos padecido tantas penurias, de eso estoy seguro.
Nunca voy a creer que lo mataron porque andaba metido en el narcotráfico. Si así fuera lo hubiera sabido, tengo la edad suficiente para darme cuenta. Mi mamá sí que andaba mal. No la culpo, tanta pobreza y tanta decepción la volvieron loca, todo le caía mal y seguramente hasta yo. No era así antes de que mi papá se quedara sin trabajo. La edad se le echó encima y ya no lo quisieron aceptar en ninguna parte; no llegaba a los cincuenta años, aunque representara como diez más. Siempre quiso darnos un buen ejemplo, por eso digo que era un buen hombre; tal vez por eso se le “cerraba el mundo”, como decía en son de disculpa. Las cosas comenzaron a ir de mal en peor, “como si Dios nos hubiera enviado un castigo” decía mi madre. Tantas quejas obligaron seguramente a mis hermanos a irse de la casa, cada uno por su lado.
Mi hermana dejó la escuela y se metió a trabajar en una lonchería, donde salió con su “domingo siete”, como decía mi mamá. Le dijo que se fuera antes de que mi papá la quisiera matar. Siempre decía él que nada le disgustaría tanto que tener que mantener a un bastardo. Nunca supe por qué lo decía, ahora entiendo que adivinaba lo que habría de sobrevenir por el comportamiento de mi hermana, muy dada a coquetear al saberse bonita y con muchas ganas de tener un mejor futuro.
No sé dónde ande ahora mi pobre hermana. Lo último que supe fue que vivía en Tijuana, váyase a saber haciendo qué. Mi madre se arrepintió de su decisión y se culpaba de lo que pudiera ocurrirle; desde entonces empezó a ser diferente. Se encerraba en su cuarto, sin querer salir ni para comer la comida que yo le preparaba, cuando ella siempre había sido muy hacendosa. Días antes se había ido mi hermano, apresuradamente; lo andaba buscando la policía, dizque había participado en un robo con una pandilla. Que yo sepa, nunca le gustó tener amigos, mucho menos meterse con pandilleros. Era muy solitario, hasta tímido. Me parece una jalada eso de que andaba con una runfla de rateros. Es mayor que yo tres años, pero parecía más grande por su seriedad y porque creció muy pronto. Lo último que supe de él es que se había ido a Cancún, con la intención de volverse “pescador de gringas”, me decía entre bromas para disipar el tedio. Allá vive un tío, hermano de mi madre, quien siempre nos invitó a que fuéramos a verlo. Ojalá esté con él, lo deseo de todo corazón. Aquí trabajaba y estudiaba, con mucho ánimo que me contagiaba. Era mi mejor amigo.
Nunca le perdonó mi mamá a mi padre no haberlos ayudado de algún modo. ¿Pero qué podía hacer si él andaba en las mismas, sin tener trabajo fijo? Eso lo sé perfectamente, se lo reprochaba él mismo a cada rato, con un odio que le brotaba por los ojos inyectados. Se la pasaban haciéndose reproches todo el tiempo; por eso me extrañó que sin haberse peleado, él día que mi mamá se fue, ya no regresara. Fue un viernes, recuerdo muy bien pues al día siguiente, sábado, era el día de la semana que mi padre no salía de la casa; “harto de andar callejeando”, como decía. Muy temprano ese día ella salió a buscar trabajo, según dijo. El tiempo transcurrió sin sentir, nos cansamos de esperarla y mi papá salió a buscarla. Tampoco regresó, como lo constaté al despertarme en medio de una oscuridad sombría. Lo bueno es que tampoco ella supo que se había quedado viuda; eso es lo que pienso.
En un solo día me quedé huérfano por partida doble. Así lo pensé en la noche, cuando me fueron a decir que mi padre estaba muerto y tenían su cadáver en el Hospital General, adonde debía ir algún familiar a reconocerlo y firmar un papel. Pensé que allí encontraría a mi madre, pero por más que la esperé nunca llegó. Sentí una soledad peor que la que siento aquí entre estas cuatro paredes.
En el Hospital General me llevaron a un cuarto muy frío, tétrico, con ruidos extraños que me erizaron los vellos de los brazos. Me dio mucho miedo cuando entré, me puse a temblar y me avergoncé al mirar de soslayo al fulano que me acompañaba, con su cara de maniático que aceleró mi miedo. En una de las planchas de cemento, la última al final del cuarto, estaba mi padre. Lo reconocí aunque tenía la cabeza manchada de sangre seca que le cubría la mitad de la cara. Toda su ropa estaba manchada de sangre y lodo. Me quedé paralizado al verlo, aunque mi primera intención era salir corriendo de allí. Mi siniestro acompañante me tomó del brazo y me sacó una vez que, con un movimiento de cabeza, le di a saber que el muerto era mi padre. En la madrugada regresé a la casa, con la esperanza de ver a mi madre, esperándome cargada de reproches. Me daba gusto pensar que me iba a regañar y hasta darme de cinturonazos. Mi decepción fue tremenda cuando encontré la casa sola, más tétrica que nunca. No soporté tanta soledad y silencio y me salí. Por suerte esa noche no hacía tanto frío y pude dormir, acurrucado en un rincón de la iglesia del barrio, temblando, más por miedo que por el frío. En la mañana, muy temprano regresé, con la alegría de pensar que ahora sí mi mamá estaría de vuelta, muy enojada por mi ausencia, con ganas de triturarme para saciar su coraje.
La esperé el resto del día, comiendo lo poco que encontré en la cocina. Al anochecer me salí, llorando y con más temor que el día anterior. Anduve vagando, no recuerdo cuanto tiempo, hasta que me agarraron unos policías y me trajeron a este pinche lugar de mierda. Me acusaron de malviviente, sin preguntarme nada, sin interesarse por mi situación. Yo tampoco tenía ganas de decirles nada.
Las cosas se complicaron cuando supieron que yo era hijo del “fulano que mataron en el asalto en la casa del presidente municipal”, escuché decir. Me cambiaron aquí, donde empecé a odiar estas cuatro paredes que son lo único que veo, aparte de los compas que me impiden pensar a solas en mi desgracia. Ahora nomás espero una oportunidad para escapar y largarme de esta ciudad de mierda. Tengo quince años, una edad para tener ilusiones, pero lo único que me importa es crecer para vengarme. “Aunque tenga que matar”, digo entre dientes, sintiendo un coraje que me da fuerzas para no seguir llorando.
Estos recuerdos me vienen porque hoy cumplo tres años de haber salido de esas cuatro paredes. Allí pasé seis meses que se me hicieron una eternidad. Los primeros tres me sirvieron para olvidar a mis papás, a mis hermanos y la angustia que por las noches se convertía en pesadillas. Los cinco que vivíamos apeñuscados nos pasábamos el día enfurruñados con el mundo, sintiéndonos hermanos por las experiencias que cada uno tenía de la vida y nos daba gusto saber que no estábamos tan solos. Se condolían de mí porque yo era el único al que nadie iba a visitar, situación que por otro lado me convirtió en el principal saco de boxeo de los guardias.
Al final del encierro yo era el más curtido por los golpes, consecuencia de mi orfandad, situación que me obligaba a no esperar nada de nadie, y por el anhelo de salir pronto para largarme a Cancún en busca de mi hermano. Fue por eso que acepté de inmediato la oferta de perdón a mis delitos (aunque nunca supe de qué se me culpaba), para formar parte de un grupo cuyo único trabajo no es otro, ahora lo sé perfectamente, que aporrear a quienes nos ordenan.
Por mi estatura y complexión, junto a otros dos igual de macizos que yo, fuimos escogidos para integrarnos a un batallón de policías uniformados, sin ser nosotros miembros de la corporación. Nos prometieron que conforme a nuestro comportamiento podríamos tener acceso con plenos derechos. Ahora lo que me preocupa es que ya pasaron dos años de hacer méritos y no veo que las cosas cambien. A mí me tocó en un bolado hablar con nuestro jefe, me dijo que no me desespere, que todo llega a su tiempo. Pero tiempo es lo que presiento no tener; ya me harté de andar de revoltoso con autorización de la sacrosanta autoridad. No le veo sentido a seguir en lo mismo, por las noches no tener la libertad ni para ir al cine, mucho menos para tener una noviecita que me haga la vida menos pesada.
Me sigo sintiendo encerrado, aunque no esté entre cuatro paredes sino en un cuartel, supuestamente en libertad. Sin embargo, aunque no se vea, la vigilancia es mayor que en la correccional de menores. Al principio me sentía muy chingón, gozaba dando madrazos a lo loco sin temor a ser castigado. Pero las últimas semanas me he sentido con asco al ver la sangre de los que no me han hecho nada y golpeo con saña. Me disgusta no poder dormir en la noche, y al día siguiente sentir un abatimiento que no me deja disfrutar lo que antes me gustaba tanto: correr, ir al gimnasio, comer con ganas y sentir que la vida no es tan mala como uno se imagina. Siento como un vacío en el estómago que me quita el apetito; con esto no contaba cuando nos sacaron para dizque darnos la oportunidad de reformarnos más pronto. Ahorita ya nomás quedamos tres de los cinco que éramos. Supuestamente quedaríamos en libertad cuando cumpliéramos un año de servicio. Se cumplió ya, según mis cuentas, pero seguimos en las mismas y sin posibilidades de que cambie nuestra suerte. Lo comprobé cuando uno de mis compas intentó hablar con el jefe para recordarle su promesa. Le dieron una golpiza de la que no se recuperó.
Ahora me reconforto pensando en mis años infantiles, cuando iba a la escuela con una alegría que me brotaba por los poros, cuando mi madre me hacía sentir seguro y nada me daba miedo. Pero hace días que tales recuerdos me apachurran más. Por eso tomé la decisión de largarme en la primera oportunidad, aprovechar un mínimo descuido de los jefes para escabullirme entre la bulla; vivir o morir lo dejo en manos de Dios, como decía mi mamá cuando los pesares empezaban a quebrarla. Con dieciocho años a cuestas ya estoy listo para largarme lo más lejos posible, no esperar morir aquí a lo pendejo., sin haber aprendido nada positivo. Prefiero morir por la abstinencia y no por una sobredosis, lo tengo muy claro.

















