Ciudad de México, junio 5, 2026 16:00
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CDMX y el Mundial: Crónica de un fracaso anunciado (fotos)

A unos días de la inauguración, la capital llega entre obras inconclusas, polémicas urbanas, problemas de movilidad y una imagen muy distinta a la ciudad moderna que prometieron las autoridades.

Con apenas 5 partidos en el Estadio Azteca, la CDMX enfrenta críticas por proyectos cuestionados, gastos cosméticos y una capacidad de gestión puesta en duda por bloqueos, retrasos y fallas de infraestructura.

El Metro, la realidad este viernes. Foto: Mario Jasso / Cuartoscuro

STAFF / LIBRE EN EL SUR

FOTOS: CUARTOSCURO

Durante meses —aunque en realidad deberían haber trabajado en ello desde hace años— las autoridades insistieron en que la Ciudad de México se preparaba para recibir al mundo. Que el Mundial 2026 sería la oportunidad de mostrar una metrópoli moderna, eficiente, sustentable y capaz de competir con las grandes capitales globales. La realidad ha terminado siendo bastante más modesta. Porque el Mundial no sorprendió a nadie ni cayó del cielo unas semanas antes de la inauguración. México conocía desde hace años el alcance de su participación en la Copa del Mundo y dispuso de tiempo suficiente para planear, presupuestar y ejecutar obras con visión de largo plazo. Sin embargo, buena parte de los trabajos se aceleró apenas cuando el reloj ya marcaba tiempo de compensación. El resultado es una ciudad que llega a la cita mundialista entre inauguraciones apresuradas, obras incompletas y una narrativa oficial mucho más optimista que la realidad cotidiana.

Filas para tomar un transporte alternativo afuera de estaciones de la Línea 2. Foto: Mario Jasso / Cuartoscuro
Foto: Mario Jasso / Cuartoscuro

Conviene además poner las cosas en perspectiva. Durante meses se habló de México como uno de los países sede del Mundial 2026. Formalmente lo es, pero en los hechos se trata de una participación limitada dentro de un torneo dominado por Estados Unidos. De los 104 partidos programados, apenas 13 se disputan en territorio mexicano: cinco en Ciudad de México, cuatro en Guadalajara-Zapopan y cuatro en Monterrey. La inmensa mayoría de los encuentros, incluidas las fases decisivas, se juegan en suelo estadounidense. Más que anfitrión principal, México participa como una subsede dentro de un evento cuyo centro de gravedad se encuentra claramente al norte del Río Bravo.

Protesta de trabajadoras sexuales, el 19 de mayo. Foto: Andrea Murcia / Cuartoscuro

Incluso dentro de ese papel secundario, las diferencias entre las tres ciudades mexicanas resultan evidentes. Guadalajara, particularmente en la zona de Zapopan donde se encuentra el Estadio Akron, parece ser la única sede nacional que llega al arranque del torneo sin una cadena permanente de controversias urbanas. Monterrey ha enfrentado retos propios, pero es la Ciudad de México la que ha concentrado la mayor parte de las críticas. No necesariamente por la magnitud de las obras ejecutadas, sino por las prioridades que guiaron muchas de ellas y por la sensación de improvisación que ha acompañado los preparativos desde el principio.

Foto: Tomás Pérez / Cuartoscuro

Uno de los ejemplos más visibles ha sido la obsesión gubernamental por convertir el Mundial en una operación cosmética. La ciudad se llenó de ajolotes pintados en banquetas, cruces peatonales, muros, bardas y espacios públicos. La imagen del anfibio endémico del Valle de México se transformó en un emblema oficial reproducido hasta el cansancio. El problema es que la conservación real de la especie continúa enfrentando desafíos severos en Xochimilco, donde la pérdida de hábitat, la contaminación y la presencia de especies invasoras siguen amenazando su supervivencia. La contradicción es difícil de ignorar: mientras el ajolote desaparece de los canales que le dieron origen, su imagen se multiplica en el concreto mediante intervenciones cuyo costo nunca terminó de explicarse con claridad.

A marchas forzadas. Fotos: Camila Ayala / Cuartoscuro

Algo similar ocurrió con el uso masivo del color morado sobre infraestructura y mobiliario urbano. Barandales, puentes peatonales, estructuras metálicas y diversos elementos de señalización fueron intervenidos con criterios que parecieron privilegiar la identidad gráfica de una administración antes que las recomendaciones técnicas. Especialistas en movilidad y seguridad vial han advertido en distintas ocasiones sobre la importancia de conservar la legibilidad y los contrastes visuales de los dispositivos de tránsito. Sin embargo, durante meses la prioridad pareció consistir en que la ciudad luciera uniforme en las fotografías oficiales, aunque ello implicara alterar elementos cuyo diseño originalmente responde a criterios funcionales y no decorativos.

Mientras la pintura avanzaba con rapidez, las obras estratégicas continuaban acumulando retrasos. La rehabilitación de la Línea 2 del Metro y los trabajos en el Tren Ligero, fundamentales para transportar a miles de aficionados hacia el Estadio Azteca, se desarrollaron bajo una presión permanente de tiempo. Las averías registradas durante las pruebas y las interrupciones que acompañaron la puesta en marcha de algunos tramos alimentaron dudas sobre la calidad de los trabajos. En lugar de proyectar certeza, las obras terminaron transmitiendo la sensación de que todo debía quedar listo a cualquier costo, incluso si ello significaba trabajar con márgenes mínimos para corregir errores.

Una imagen tomada el 26 de mayo. Foto: Victoria Valtierra / Cuartoscuro

La situación del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México tampoco contribuye a la imagen de eficiencia que se pretende proyectar. A pocos días del inicio de la justa, continúan observándose áreas en remodelación, trabajos pendientes y adecuaciones ejecutadas a marchas forzadas. El reciente desprendimiento de una techumbre en una estructura peatonal, que provocó lesiones a una automovilista, terminó por simbolizar los riesgos de una estrategia basada en la urgencia. Lo preocupante no fue únicamente el accidente, sino la pregunta que dejó en el aire: ¿por qué tantas obras llegaron a una fase crítica apenas en la víspera del torneo, cuando la fecha era conocida desde hace años?

La llamada Calzada Flotante constituye otro ejemplo de esta lógica. Presentada como una de las grandes obras de legado mundialista, fue habilitada parcialmente en la zona de Calzada de Tlalpan más alejada del estadio. Lo que se anunció como un corredor peatonal integral para mejorar la experiencia de los asistentes corre el riesgo de convertirse en una infraestructura inconclusa cuya principal función será aparecer en informes gubernamentales y material promocional. La promesa original consistía en articular un recorrido seguro y atractivo hacia el inmueble deportivo; la realidad es una obra fragmentada cuyo alcance final permanece incierto.

Calzada flotante. La viga que cayó el 16 de mayo entre las estaciones Chabacano y San Antonio Abada. Foto: Rogelio Morales / Cuartoscuro

La nueva infraestructura ciclista tampoco ha escapado a los cuestionamientos. Numerosos usuarios habituales de la bicicleta han señalado problemas de conectividad, diseño y seguridad. A ello se suma la inconformidad de automovilistas y comerciantes que denuncian una reducción de capacidad vial en corredores ya saturados. El resultado es paradójico: una intervención concebida para promover la movilidad sustentable ha terminado generando críticas tanto entre quienes utilizan la bicicleta como entre quienes dependen de otros medios de transporte. No parece la mejor carta de presentación para una ciudad que aspira a presumir soluciones innovadoras de movilidad ante visitantes de todo el mundo.

Las ocurrencias tampoco han estado ausentes. Ahí está el caso de la estación Hidalgo del Metro, donde aparecieron elementos decorativos inspirados en una estética afrancesada y porfiriana que recuerdan más a una escenografía temática que a una intervención de transporte público. La pregunta sigue siendo la misma: ¿qué problema urbano resolvía exactamente esa inversión? En una red que enfrenta desafíos tan evidentes como filtraciones, escaleras fuera de servicio, saturación en horas pico y necesidades permanentes de mantenimiento, resulta difícil entender por qué una decoración de inspiración decimonónica merecía prioridad presupuestal.

Obras… y ocurrencias. Foto: Mario Jasso / Cuartoscuro

A todo ello se suma una contradicción aún mayor: el Mundial que llega a la Ciudad de México difícilmente puede considerarse una fiesta popular. Durante décadas el futbol fue presentado como el deporte de las mayorías y la Copa del Mundo como una celebración colectiva. Sin embargo, los precios de los boletos para los encuentros disputados en el Estadio Azteca han colocado la experiencia fuera del alcance de una enorme proporción de los aficionados mexicanos. El torneo llega físicamente al país, pero el acceso a los estadios queda reservado para quienes pueden asumir costos que en muchos casos equivalen a varias semanas o incluso meses de ingreso para una familia promedio.

Como si el panorama no fuera suficientemente complejo, las semanas previas a la inauguración estuvieron marcadas por las movilizaciones de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación. Los bloqueos, plantones y afectaciones a la movilidad exhibieron una incapacidad gubernamental particularmente preocupante. Más allá de las razones que motivan las protestas, la imagen proyectada por las autoridades ha sido la de gobiernos incapaces de garantizar la libre circulación en una ciudad que pretende presentarse como escaparate global. Millones de personas han padecido retrasos, pérdidas económicas y alteraciones en su vida cotidiana mientras los distintos niveles de gobierno parecen limitarse a administrar la crisis sin resolverla.

Tras la irrucpión de la CNTE en oficinas de la SEP en Avenida Universidad, 3 de junio. Foto: Rogelio Morales / Cuartoscuro

El contraste entre el discurso oficial y la realidad resulta difícil de ocultar. Por un lado se promociona una ciudad moderna, eficaz, innovadora y preparada para recibir a visitantes de todo el planeta. Por el otro, los ciudadanos observan obras inconclusas, remodelaciones de última hora, infraestructura bajo presión, decisiones urbanísticas cuestionables, conflictos sociales sin resolver y una preocupante dependencia de medidas improvisadas para llegar a tiempo.

Los partidos se jugarán. Las transmisiones mostrarán imágenes espectaculares del Estadio Azteca, del Centro Histórico y de algunos de los rincones más fotogénicos de la capital. Los hoteles recibirán visitantes y los restaurantes aprovecharán la derrama económica. Nadie duda de que la maquinaria del espectáculo terminará funcionando. Lo que sí está en duda es si la Ciudad de México aprovechó realmente esta oportunidad para transformarse o si simplemente se limitó a maquillarse para la fotografía.

Foto: Moisés Pablo / Cuartoscuro

Después de años de preparación y miles de millones de pesos invertidos, la pregunta sigue siendo inevitable. ¿Es ésta la mejor versión de la Ciudad de México que podía presentarse ante el mundo? Porque detrás de los murales de ajolotes, de la pintura morada, de las inauguraciones apresuradas y de los discursos triunfalistas, permanece la sensación de que la capital desaprovechó una oportunidad histórica para resolver problemas estructurales y optó, en cambio, por privilegiar intervenciones cosméticas. A unos días de que se disputen los cinco encuentros programados en el antiguo Estadio Azteca, la conclusión parece inevitable: más que la celebración de una transformación urbana, estamos presenciando la crónica de un fracaso anunciado.

Foto: Carlonia Jiménez / Cuartoscuro
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